Los pies de barro de Erdogan
Las piruetas cada vez más radicales de la política turca actual se deben a muchos factores, pero uno de los más importantes es el económico: tras años de crecimiento envidiable, el desarrollo va menguando y los planteamientos financieros del régimen se vuelven cada vez más cuestionables.
La llegada al poder de Erdogan y su partido islamista, AKP, se debió tanto al resurgir de una clase media de la Turquía adormecida del pasado y el correspondiente crecimiento económico (hoy en día el ingreso anual turco es de 15.000 dólares anuales por cabeza). Ha sido un cambio socioeconómico profundo y relativamente rápido, pero no lo suficientemente rápido para los planes y las ambiciones del presidente Erdogan. A este le incomodan la moderación del islamismo inicial del movimiento, la tenacidad nacionalista kurda y le irrita que la coyuntura política del mundo -crisis de los migrantes y desafío del Estado Islámico en el Oriente Medio- no le hayan dado aún a Turquía, pese a su relativa escasa implicación directa, el papel de nación clave en la confluencia meridional de Asia con Europa.
La situación es tanto más irritante para Erdogan por cuanto aparentemente ha jugado bien sus bazas: su buena voluntad es clave para que la Europa rica no se vea invadida por los migrantes asiáticos en tanto que su apoyo logístico y militar es muy importante para la derrota del Estado Islámico. Y es que lo que Erdogan no ha visto, o no ha querido ver, es que en el tablero de la política internacional ni tiene todas las bazas, ni las que tiene son mejores -en el mejor de los casos- que las de los EE.UU. o la Unión Europea. Además, sus finanzas domésticas también se están tambaleando.
Porque, balance en mano, la Turquía de hoy sigue necesitando el comercio y los capitales del mundo industrial, con la UE al frente. El 70% de las exportaciones turcas va a Europa, la mayoría de los turistas proceden de la UE (el turismo es una de las grandes fuentes de ingresos del país), el paro es del 10% y las inversiones extranjeras -imprescindibles para el equilibrio de la balanza de pagos- están reduciéndose mucho y deprisa desde el frustrado golpe de Estado del pasado verano y la enorme represión desencadenada por el Gobierno a raíz del mismo.
Y aquí surge lo más alarmante de la situación. Erdogan parece ver el mundo plagado de molinos de viento contra los que cree que se puede arremeter incluso si se monte en un Rocinante financiero. Amenazar a la UE con un plebiscito para ver si los turcos siguen queriendo entrar en la unión no asusta a nadie en Bruselas. Y amenazar a Washington y a la OTAN con un cambio de alianzas para unirse a la Rusia de Putin no ha inquietado a nadie, como no sea a Putin. Porque Moscú es demasiado pobre para ser una alternativa a Occidente y ha sido, en cambio, a lo largo de la Historia el gran enemigo de Turquía.