Los 330.000 islandeses han reelegido a su presidente en un acto que tiene mucho más de ratificación de la condena al predecesor -responsable político de la crisis bancaria- que de aprecio de los méritos del titular saliente.
Y esto es concorde con la historia de Islandia (Tierra de hielo) y los islandeses, una historia que se puede contar desde muchos puntos de vista, pero ninguno la definiría políticamente mejor que llamarla la "isla de los individualistas". Porque el elemento dominante de su devenir ha sido el rechazo sistemático y radical de los islandeses a someterse a ninguna autoridad? fuera de la propia.
Idiomática y étnicamente, los islandeses son gente germánica (el islandés es el idioma más próximo al germano antiguo y está muy emparentado con el feroés) que en el siglo IX, en plena ebullición demográfica escandinava, sale de Noruega Occidental en pos de un yantar diario y una distancia lo mayor posible de la autoridad monárquica de su patria.
Lo primero les costó mucho conseguirlo. La dureza del clima en Islandia era peor de lo que se esperaban y los primeros documentos que hablan de un residente permanente en la Isla -un tal Ingolfur Amarson, pastor de ovejas- datan de 874. El clima y la escasa fertilidad de las tierras eran un gran problema; el otro era que los emigrantes eran en su inmensa mayoría sólo varones. Así que este segundo problema lo resolvieron a la manera vikinga: pillaron Irlanda, para llevarse consigo a la nueva patria mujeres y esclavos.
El vivir sin estar sometidos a ninguna autoridad, se fue haciendo más complicado a medida que proliferaban. La colonización primigenia tenía como criterio estar lo más lejos posible de cualquier otro residente. Pero los 103.000 kilómetros cuadrado de la Isla, mayormente cubierta de glaciares, no lo toleró mucho tiempo. Y con el paso de los años, la creciente proximidad y la eterna alergia a un poder superior acabaron por hacer imposible la convivencia pacífica. Tanto, que en 1262 los islandeses se sometieron voluntariamente a la Corona noruega para no acabar exterminándose mutuamente.
Anteriormente, a finales del siglo X, se intentó implantar en la Isla una justicia de los gode, de inspiración sacerdotal y de práctica rabiosamente republicana, que no pasó de eso, de conato; de último intento de evitar la autoridad de un poder superior.
No hace falta decir que la distancia y, sobre todo, el nulo interés que despertaba Islandia a causa de su pobreza hicieron de esa autoridad regia una autonomía de facto. Una autonomía que continuó hasta en los años que Islandia perteneció a Dinamarca -al final, en una unión personal bajo la Corona danesa- para alcanzar definitivamente, y tras consulta plebiscitaria, claro, la independencia, plena en 1943.
Y esa autonomía fáctica se basaba y desarrollaba estimulada por una conciencia igualitaria del poder. Una conciencia que ya en nuestros días no dudó un instante en considerar al presidente culpable de la crisis bancaria que a principios del decenio llevó el país al borde de la bancarrota y en pedirle cuentas ante los tribunales. Es la misma conciencia que ha determinado un referendo de casi unanimidad para rechazar la responsabilidad nacional en la quiebra de los grandes bancos (pese a que eso enfrentaba a Islandia con Gran Bretaña y Holanda, principales acreedores) ? o que le permitió a la República Islandesa tener (1980) a la primera mujer jefa de Estado electa del mundo: Vigdis Finnbogadöttir.