la era Putin de la política rusa que entra ahora en una nueva y, posiblemente, última presidencia, se ha caracterizado desde el primer momento por el empeño de rehacer el poderío militar y la importancia política que tuvo la URSS en el siglo XX. A ello hay que unir algo absolutamente nuevo en la historia rusa: la toma de conciencia política de la clase media rusa, una toma de conciencia acompañada de un activismo creciente.
De estos dos fenómenos, el interno tiene todavía por delante un desarrollo imprevisible mientras que los propósitos de la política exterior de Putin son tan claros en sus ambiciones como flexibles -quizá sería más correcto decir titubeantes- en su realización.
Los dirigentes rusos actuales no solo añoran los tiempos de la "guerra fría" en los que la Unión Soviética era la segunda potencia mundial e interlocutor obligado en todos los acontecimientos trascendentales, sino que además se duelen de que tanto los Estados Unidos como la Unión Europea los traten como a una "gran nación cualquiera".
Para el Kremlin el camino de retorno a la preeminencia internacional es claro y no lo ha ocultado en ningún momento: rehacer económicamente el paquete de intereses que administraba y dirigía el siglo pasado la URSS. La movilización militar de las antiguas repúblicas soviéticas bajo la bandera rusa se dará por añadido, según las previsiones de Putin.
Pasos en esta direcciones ha sido la unión aduanera con Bielorrusia y Kazakstán así como la creación de la Unión Euroasiática, una entidad que pretende ser la versión ruso-asiático central de la EU. Hasta ahora, ninguno de estos proyectos pasa de ser un cúmulo de tratados. En primer lugar, porque los dos se han llevado a cabo muy a la trágala por las presiones de Moscú. Y en segundo lugar, porque en la medida -una medida demasiado grande para el gusto del Kremlin- en que las antiguas repúblicas soviéticas del Asia Central y Cáucaso son conscientes de su independencia, no ven ventaja alguna en someter sus respectivos desarrollos económicos a las directivas y conveniencias de Moscú. Esto ya se dio en tiempos de la Unión Soviética con resultados deplorables para el nivel de vida y desarrollo de las mentadas repúblicas.
Militarmente, las ambiciones rusas cuentan con bases mucho más reales que van desde las bases militares en otros países : las navales, en Ucrania (Crimea) y Siria (Tartus) y las militares en Moldavia (o Transnistria, provincia moldava a la que únicamente ha reconocido Moscú)
No hace falta decir que las ambiciones de gran potencia de Putin y los pasos dados por él en esta dirección no han impresionado apenas en occidente. Pero sí que hay que decir que los EE.UU. y la E.U. se equivocan de forma crasa al ignorar en sus relaciones con Rusia los complejos y susceptibilidades que han aquejado desde tiempos del zar Pedro el Grande la política exterior rusa y, en su día, soviética.
Estos complejos generan en el Kremlin fantasmas de ninguneo y agresividad de los occidentales que estos no han tenido ni en sueños. Así, en un reciente congreso ruso-alemán celebrado en Schlangenbad (Alemania), los delegados rusos dijeron muy seriamente que es "inaceptable" que la Comisión bruselense consulte a los 27 Estados miembros acerca de la política a seguir con Rusia antes de dialogar con el Kremlin sobre el tema. Y, en la misma sensibilidad incomprensible para los occidentales, los delegados rusos mentaron como "insultante" la exigencia comunitaria de que a los ciudadanos rusos se les exija un visado para entrar en la Unión.