DESDE el 11 de marzo, tras el terremoto de Japón, la tele es un puro debate a favor y en contra de las plantas atómicas. El último, frívolo y tardío, se ofició el pasado miércoles en Consumidores. Los pronucleares, a la defensiva, tratan de relativizar las noticias apocalípticas que llegan de Fukushima, mientras que los antinucleares se esfuerzan en evitar que la gente minusvalore la catástrofe. El balance es muy desigual, porque cualquier argumento teórico se desvanece ante la brutalidad de los datos que la televisión nos revela sobre la central batida por el tsunami: radiación hasta 10.000 veces superior a la normal, ciudades enteras evacuadas, alimentos contaminados... Frente a tan poderosos testimonios sería más fácil defender a Adolf Hitler -valga la hipérbole- que a la energía nuclear, cuya condena pública es total e inapelable.

Antes de esta crisis ya se habían infiltrado en la tele unos divertidos agitadores antinucleares: Los Simpson, la mejor serie de animación de las últimas décadas y nacida, precisamente, poco después del desastre de Chernobil. Homer, operario de una factoría nuclear, no es más que el trasunto de Matt Groening, su creador, que ha proyectado en sus insolentes personajes su utopía hippie. Como la energía, el espíritu rebelde del peace, love and flowers es indestructible. Conscientes del discurso antinuclear implícito, en Suiza, Alemania y Austria -tan gentiles- han censurado los episodios en los que aparece la central o el viejo Burns, su avaro propietario. Y por supuesto, se ha escamoteado la escena inicial de Homer manipulando una barra radiactiva. "Por respeto a lo que está ocurriendo en Japón", se han justificado los censores. Hagan lo que hagan tienen la batalla perdida: la seducción antinuclear ha calado en millones de niños en todo el mundo. Frente a la verdad cultural de la televisión, a los atómicos no les queda más que el falaz y feliz negacionismo y a nosotros la certeza de que Springfield se ha transfigurado en Fukushima, toda amarilla bajo el síndrome de China.