Hoy te escribo mirando al cielo de Barcelona, ese mismo cielo que tú decidiste acariciar con la piedra, la luz y la fe. 

Quiero que sepas que aquel templo que iniciaste con tanta humildad y entrega ha vivido un momento cumplo y celestial: la bendición de la gran torre de la Sagrada Familia. Si pudieras verla... se eleva majestuosa como un faro. Pero no te escribo solo para darte las buenas nuevas del templo. Te escribo para hablarte de un ángel, tu mejor traductor: Valentina.

Con una sensibilidad única, una pasión contagiosa y una ternura que emociona, Valentina se ha convertido en la voz de tus planos y en el eco de tus pensamientos. Sus explicaciones no son simples palabras; son un puente directo a tu mente. Gracias a ella, la arquitectura se vuelve poesía y los misterios de tu obra se revelan con la claridad del sol filtrándose por tus vitrales. 

Gracias maestro, gracias Valentina por conservar el respeto, la fuerza y el sentido de la vida.