Karl Marx acuñó una frase contundente: ‘La religión es el opio del pueblo’. A día de hoy, la palabra religión debería cambiarse por ‘fútbol’.
El globo terráqueo se ha convertido en un gigantesco balón; millones de personas sedadas gracias a un anestésico que las adormece de todo tipo de problemáticas sociales ofreciéndoles una felicidad ficticia que mantienen gracias a su adicción.
Gentes cuya relación social es monotema: Viven en su peculiar burbuja -balón-, exclusivamente por y para el fútbol; los colores de su equipo son su dios y los jugadores que lo defienden, sus apóstoles.
Una grey que no duda en tatuarse con el escudo de su equipo, gritar e insultar al trencilla -qué palabra tan bella caída en el olvido-, cuando su equipo pierde, acusándole de lawfare.
Si en su ciudad o región existe un equipo rival, lo convierten en su más acérrimo enemigo: sufren cuando ganan y levitan de felicidad cuando pierden.
El fútbol llevado al paroxismo, exacerba sus sentimientos. ‘Embrutece al pueblo, pero por favor, no lo aburras’ Cayo Petronio dixit. Panem et circenses, pero, sobre todo, fútbol, solo fútbol y nada más que fútbol. Qué vida tan vacua.