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Utopía

La primera vez que fui consciente de que el mundo no era el mismo para hombres y mujeres sería 1975. El colegio había asignado un balón por aula y, en una tutoría, nosotras reclamamos que, de vez en cuando, preferíamos jugar a algo que no fuera “a barrenazos” como siempre querían los chicos. Entonces fue cuando el profesor, de manera muy calmada, nos soltó la frase: “Ley de vida: habéis nacido mujeres”.

Años después, al buscarme la vida profesionalmente, seguí escuchando ese tipo de sentencias: “Como aquí se trabaja a turnos, no cogen mujeres”, “¿Se ve usted capaz de dirigir a un equipo formado por 20 hombres?”, y un larguísimo etcétera duro de relatar.

Hoy tengo asumido que compartimos un planeta que resulta muy diferente para unos y otras (desgraciadamente no solo en lo laboral, sino en terrenos más básicos y, por ello, más injustos y sangrantes), aunque a veces no consigo evitar irritarme como en 1975. 

Creo que la culpa fue de mis padres por haber creado en nosotros falsas expectativas educándonos en una igualdad que, como tantas otras, sigue siendo una verdadera utopía.

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