Un maltratador nunca puede ser un buen padre. Jamás. Quien ejerce la violencia, el control o el miedo dentro de casa no educa: daña. Y ese daño no desaparece porque haya hijos de por medio. No se puede separar al maltratador de su papel como padre, porque los niños no solo escuchan palabras, también ven, sienten y aprenden de los comportamientos. Crecer en un entorno de violencia deja huellas profundas.
Proteger a la infancia pasa también por no normalizar ni justificar estas conductas bajo ninguna circunstancia.