De todas las cosas que pueden llamarme en medio de una disputa de tráfico confieso que “periodista de mierda” tiene cierto encanto. Ocurrió hace unas semanas en Gasteiz. Un amigo y el que escribe acudíamos al Azkena Rock Festival. Como es habitual, el aparcamiento se vende caro en este tipo de eventos. Dimos con un sitio en una zona residencial, muy cerca del recinto, y un buen hombre nos acusó de que la plaza en cuestión le pertenecía porque, según él, había llegado antes. Mentira cochina. El tipo consideraba que el hecho de llevar un buen rato dando vueltas le hacía poseedor de la codiciada parcela. Tras amenazarnos con publicar la matrícula de nuestro vehículo en redes sociales y advertirme de que era abogado y que tuviera cuidado con meterme con un picapleitos, yo respondí: “Pues tú ten cuidado con meterte con un periodista”. En medio del fragor de la batalla dialéctica en la que nos enfrascamos me soltó: “Eres un periodista de mierda”, por alguna razón que no alcancé a entender. Aunque no soy dado a las discusiones, cuando considero que se está faltando a la educación, y en este caso a la verdad, me lanzo a la yugular. Entendía su frustración –era un vecino del lugar desesperado por encontrar estacionamiento– pero no estaba dispuesto a que me faltara al respeto y se lo hice saber. Finalmente la sangre no llegó al río, se disculpó y nos dio la razón. En ese momento no le di mayor importancia. Pero al día siguiente me pregunté: “¿Y si realmente sí soy un periodista de mierda?”. En casi 30 años de profesión he publicado mucha mierda de la buena, y alguna de la mala, lo admito, aunque creo que más de la primera. Nuestra profesión cada día es un reto. Tenemos que separar la mierda buena de la que no lo es, y no siempre es fácil. Quizá esta columna sea más mala que buena. Ustedes juzguen.