De pequeño yo era un tirillas. Sigo siéndolo, en realidad, pero ahora he hiperdesarrollado mis abdominales. Y lo mío me ha costado, repitiendo cada noche varias series cortas pero intensas de sprints entre el sofá y el frigorífico.
-¡Este niño tiene la solitaria! -recuerdo que solían decirme mis tías, pues a pesar de mi delgadez comía como una lima.
Me lo repetían tan a menudo que acabé por creérmelo. Dentro de mí tenía una tenia voraz, a la cual yo imaginaba como una especie de anaconda que se había acomodado a lo largo de mi tracto intestinal y que tan pronto como cualquier bocado caía en mi estómago sacaba la cabeza por el píloro y, ¡zas!, me lo arrebataba. Aquello, lógicamente, me preocupaba.
Me acomplejaba, además, mi cuerpo. Me daba pudor mostrarlo en la piscina o en las duchas, después de los entrenamientos. Todavía sigue avergonzándome desnudarme. Y me da pena, porque nunca seré uno de esos abuelos a los que ya se la suda todo y salen a andar sin camiseta, luciendo barriga y una mata de pelo escarchada en las tetas. Tendré que conformarme con colgarme el mango del paraguas a la espalda.
¿Qué podía hacer? Por entonces se decía que había un remedio casero para exorcizar al parásito. Tenías que colocar un vaso de leche debajo de la boca, abrir esta mucho, y la solitaria, tentada por el alimenticio olor, no tardaría en asomarse. Había que estar muy atento porque ese era el momento en que atrapar la cabeza del bicho y extraerlo tirando de ella, como esos magos que vomitan ristras interminables de pañuelos de colores.
Yo estaba dispuesto a pasar por el trance. Me pegaba ratos muertos delante del espejo, con el vaso de leche pegado a la barbilla. A veces le ponía colacao, por si mi tenia era sibarita. Pero nada, me había tocado una solitaria tímida. Una solitaria solitaria.
Aquello del vaso de leche era, por supuesto, una leyenda urbana, un bulo, igual que las vitaminas que se evaporaban del zumo de naranja si no te lo bebías ipso-facto o la muda de piel que teníamos que hacer para curtirla, dejando que el primer sol del verano nos despellejara a tiras los hombros. Me extraña que en estos tiempos de terraplanismo mental no haya todavía ningún tarado que promulgue el consumo de carne de cerdo podrida o de tierra de los parques infantiles como eficaz método de adelgazamiento.
Igual hasta lo llevaban a la televisión, a un programa de esos de prime time, como el de las hormigas, o a ese otro de cocineros, Ultrachef, o como se llame, en el que recientemente fue invitada una exconcursante que días antes había animado desde Dubai a los contribuyentes a no pagar impuestos, los mismos impuestos con los que se sufraga el susodicho programa de la televisión pública que, como si también alojara dentro de sí misma una tenia, supongo que retribuye las gansadas de esta inconsciente.