Estos días he terminado un poco harto del bombardeo noticioso por letra, sonido e imagen del viaje astronáutico alrededor de la Luna. Sobre todo me ha parecido una exageración cada vez que decían algo parecido a “la primera vez”, cuando casi todas las maniobras las pude vivir hace 60 años de una manera intensa. Mi aita, que era un loco de cohetes y Apolos, nos transmitió su pasión durante el primer viaje a la Luna y aquellos días nos llevó a sus hijos a compartir el entusiasmo por aprender, tanto la desconexión de un rato por el lado oscuro de la Luna como que al entrar en la atmósfera aquella cápsula era un infierno. Incluso nos despertó a todos a las 2 de la madrugada para ver en directo los primeros pasos lunares de Armstrong. Es decir, era lo mismo que ha ocurrido estos días pero aquello con más aventuras, con aparatos más chatarreros y en blanco y negro. Es probable que siendo la mayoría de periodistas, así como las generaciones lectoras, nuevos en este acontecimiento, les haya parecido a todos algo novedoso para contar, lo que me ha llevado a pensar si en otros ámbitos también se produce una repetición desapercibida. En Euskadi hace 60 años unos mataban a quienes no pensaban lo que ellos querían que se pensara y otros reprimían, torturaban, encarcelaban y fusilaban a quienes querían pensar y decir lo que no gustaba que se pensara ni dijera. La diferencia respecto a Armstrong, que fue el que pisó la Luna, y Hermida, que fue quien lo contó, es que ya están desaparecidos y nadie les ha dedicado un minuto para recordarlos, mientras que parte de aquellos que hacían sufrir por aquí y por allá a las gentes de Euskadi siguen por ahí recauchutados en gentes tranquilas jubiladas o disimulados en el paisaje, y cada uno intentando hacernos recordar el pasado del otro.