La prisa es imperiosa en las urgencias y la respuesta a estas coyunturas pueden acabar dando lugar a medidas estructurales. Pero no suele convenir dilatar esas urgencias para forzar esas fórmulas estructurales para las que no existe consenso suficiente o no se han testado sus consecuencias suficientemente. En las pelis de acción se ha puesto de moda mostrar que una herida abierta del héroe se puede cerrar con pegamento, pero no recomendaría sustituir el hilo de sutura de los hospitales por un tubo de cola.

Todo este rollo para situar el pulso sobre las medidas para proteger a la ciudadanía y la actividad económica de la escalada energética causada por los ataques a Irán y su vuelta. La tentación de aprovechar la tirada para introducir medidas definitivas de escudo social es loable, pero ahora mismo hace falta que el enfermo deje de sangrar.

Esto es: trabájense todas las facetas del escudo para hacerlas sostenibles -más estructurales, no una mera prórroga de fórmulas para tapar agujeros con un dedo porque no hay manos para todas las fugas del submarino del bienestar-. Pero no se impida parar la hemorragia de los precios de la energía, inflación, etc porque no se alcance en esta tirada a asegurar vivienda para todos o a cambiar el parque de vehículos por eléctricos. Eso contraviene el juramento hipocrático.

Quizá un poco de eso hubo este viernes en el retraso del Consejo de Ministros, que pendía de los flecos de la negociación entre socios de Gobierno -PSOE y Sumar-. Eso, sin tener asegurada la mayoría parlamentaria, como el propio Pedro Sánchez admitía. Al presidente del Gobierno le salían 5.000 millones de plan. Que sea suficiente lo determinará la duración de la crisis. De momento, Donald Trump anda pidiendo dinero para seguir tirando bombas porque nunca ha tenido plan del día después a la caída del régimen de Irán y no te digo ya pensar en qué hacer a la vista de que no cae. Por ahí, por el bolsillo, puede frenarse lo que el sentido común parece no saber parar