La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross describió cinco etapas del duelo, no necesariamente ordenadas y lineales, pero difícilmente soslayables: negación, depresión, ira, negociación y aceptación. En el panorama político español no asoma quien ayude a superar la negación y la depresión de la tragedia de Adamuz aportando la necesaria negociación de sentimientos hasta ofrecer el resarcimiento, la verdad que permita la aceptación de lo inevitable. Mantener a las víctimas en la fase de ira es más rentable.

En el PP van a la caza del ministro de Transportes, Óscar Puente -especialmente hábil en no hacer amigos con su exceso de locuacidad en redes-, para presentarle su cabeza al pueblo en su particular Plaza de la Discordia como aperitivo de la de Pedro Sánchez.

Isabel Díaz Ayuso -que ha vuelto a anunciar un descuento de medio punto en el IRPF a los madrileños para que no les falte una caña con la que compensar la falta de camas en la sanidad pública- volvía a lanzar ayer anzuelos de victimismo. De la autora de ‘Hacienda persigue a mi pobre novio, defraudador confeso, para atacarme a mí’ llega ahora ‘Si los trenes fueran de Metro Madrid y no de Adif me llamarían asesina’, equiparando la tragedia y las muertes de ancianos en sus residencias en pandemia. Ayuso es la ‘tricoteuse’ del PP; teje su carrera política ante una guillotina.

La gota que colma

La subida de pensiones, colgada

Decreto ómnibus. Los decretos ómnibus han sido práctica habitual, pero colar un porrón de medidas bajo un paraguas social estaba feo cuando lo hacía el PP y también ahora que lo hace el PSOE. El que está en cuestión incluye la revalorización de pensiones, el escudo social (ayudas en energía, vivienda, transporte en casos de vulnerabilidad) y otras medidas fiscales y de gestión necesarias por la prórroga presupuestaria. Se trata de que todas ellas se debatan para crear un consenso suficiente y no un trágala unilateral al amparo de ver quién se atreve a dejar a los pensionistas colgados. Porque acabarán colgados.

Como en China no hay que engañar a la opinión pública, basta aplastarla, Xi Jinping acaba de cargarse a la cúpula militar porque acumulaba demasiado poder y le cuestionaba. En el modelo social chino, nadie acumula poder político: es todo del secretario general del PC y presidente del país. Así se evitan discusiones. Y democracias.

En cambio, en Minnesota, creen que tienen una y por eso se quejan del matonismo homicida de la milicia antiinmigración de Donald Trump (ICE). Ya les convencerán de que, en el fondo, no la quieren. La decapitación está de moda: ¿para qué una cabeza si no vamos a albergar en ella un cerebro?