Rosa Elgezabal nació en Arrieta, en un caserío donde la vida se mide por estaciones y donde el tiempo pasa al ritmo lento del campo.

Su infancia transcurrió entre juegos sencillos, tareas domésticas y ese entorno natural que la envolvería para siempre. Pero la niñez se le hizo adulta demasiado pronto. Tenía solo catorce años cuando su padre falleció.

A esa edad en la que muchas adolescentes sueñan con volar poco a poco del nido y de casa con planes de futuro, Rosa tomó una decisión que marcó toda su vida: quedarse en casa para ayudar a su madre.

Lo hizo sin protesta, sin lamentos y con la convicción de que estaba haciendo lo correcto; además, ella también así lo quiso. Con una madurez poco común, asumió responsabilidades que nunca vivió como un sacrificio, sino como un gesto natural de amor.