Acaba de terminar un año y sin solución de continuidad comienza otro, estrenamos año, y como con todo estreno descargamos en él expectativas, aunque confieso que ese mundo de nuevas perspectivas lo fui perdiendo en mi infancia cuando, con poca frecuencia por poco crecer, estrenaba ropa al ser el chico mayor de la casa y no tener de quién heredar. Ama acompañaba a aita frecuentemente a Donosti en sus viajes laborales y a veces compraba ropa según un criterio que, terminé por aprender, no se correspondía con el mío. Un día trajo una gabardina de nylon cuyo txano para el agua era una minúscula txapela azul. Solo dios sabe la vergüenza que pasé con aquel ropaje y cómo me miraba la gente. Otra vez fueron unos pantalones cortos que simulaban ser de cuero negro cuando eran de plasticorro. Aquello fue el descojono de mi cuadrilla, aparte de que se iban rompiendo por desprendimiento a trozos de aquel derivado del petróleo del que estaban hechos.

En un principio esperaba ilusionado su vuelta de Donosti a la espera de ropa estrenable, hasta que viendo lo que empezó a llegar aguardaba con el susto en el cuerpo, no habiendo protesta posible, te lo ibas a poner sí o sí ya que la anterior vestimenta o estaba rota o pasaba a tu hermano pequeño y no había otra cosa que vestir.

Y esto me pasa con las expectativas de la española política. Ante un nuevo año que acabamos de estrenar y que, como la ropa, lo gastaremos sí o sí, tiendo a esperar que las cosas algo cambien y vayan a mejor, que a peor parece difícil, pero viendo lo que viene ocurriendo últimamente, casi preferiría alargar un poco este año y no depositar esperanzas para un año que puede venir con txapela pequeñita, y azul!, que no te tapa de las tormentas, o lleno de txapapote que se cuartea y entorpece el avanzar. Urte berri On!.