Una opinión es una interpretación personal sobre un tema. Es el contrapunto perfecto a los hechos verificables objetivamente. Pero a la vez, los hechos son interpretables. Que estos sean demostrables, no quiere decir que se libren de las interpretaciones a la hora de sacar conclusiones; lo que es capaz un buen abogado o un hábil político con sus argumentos.

Tan importante es saber de una materia como tener criterio que aporte luz a los hechos. A esto se le llama experiencia. Ambos, los hechos y las opiniones, se defienden mejor siendo complementarios que desde el antagonismo. Cualquier cifra, por muy rigurosa que esta sea, inevitablemente depende de una metodología interpretativa que no puede evitar las valoraciones.

Por supuesto que las cifras nos acercan a la realidad, de la misma manera que son manipulables cuando llevamos los argumentos al extremo. En la política tenemos ejemplos claros de datos exactos cuya interpretación abre un campo de posibilidades incluso antagónicas, que demasiadas veces hay quien transforma las posturas ajenas en ilegitimas, cerrando la puerta a la autocrítica. Por si fuera poco, mucho de lo que llamamos hechos, en realidad no lo son por la falta del rigor suficiente. Esto abre otra peligrosa puerta al engaño para distorsionar la realidad.

Hago balance a fin de año, y veo con preocupación el deterioro al que se ha llegado, sobre todo en la política, maquinando hechos y opiniones. La política actual está marcada por la manipulación de la verdad, gracias a la rápida difusión a través de las redes sociales. Me llama la atención la habilidad para desinformar creando noticias falsas (fake news) que parecen verdaderas y legítimas, llegando a un amplio público en poco tiempo. A lo que hay que sumar los algoritmos que amplifican el contenido sensacionalista como medio para una rápida difusión de información falsa. Así es como se logra desacreditar a un rival creándole un rechazo social.

Vemos todos los días afirmaciones que desacreditan al enemigo político aprovechando los escándalos de la corrupción. La repetición y la amplia difusión de estas afirmaciones de parte, logra su efecto pernicioso incluso si son desmentidas posteriormente. Sus autores se sirven de la técnica basada en destacar hechos reales de manera parcial, omitiendo información relevante o interpretando los datos de forma que favorezcan una determinada opinión. La información presentada es técnicamente cierta, pero se utiliza de manera engañosa para manipular la interpretación del público contra otras personas.

Es la táctica de manipulación de la verdad mediante la atribución de culpas a otros para desviar la responsabilidad de los propios errores y miserias. Esta estrategia permite a ciertos políticos mantener una apariencia de competencia y liderazgo de cartón piedra mientras culpan a enemigos externos de los problemas.

El paso siguiente es exponencial: ocurre cuando la manipulación de la verdad y la justificación de la agresividad aparecen interconectadas. Estamos en ello cuando la confianza en las instituciones y en la integridad del sistema político se erosiona sin parar mediante los insultos directos y las medias verdades. De esta manera, la sociedad se vuelve incapaz de discernir la realidad de la posverdad. Y en este clima de desconfianza y confusión nada ético, es más fácil aceptar soluciones simplistas y autoritarias a problemas complejos. El trumpismo de Vox hace tiempo que persigue este objetivo.

Buena parte de lo anterior va unido a la insaciabilidad del poder, que es una característica común entre los políticos que manipulan la verdad mientras socavan los principios democráticos creando un ambiente de autoritarismo. Es una tentación permanente que vemos cada vez con menos disimulo. Y se explicita del todo cuando el desprecio por las consecuencias es evidente. Quien manipula datos y opiniones, miente y se vuelve autoritario, está dispuesto a ignorar los daños sociales, económicos y medioambientales que sus políticas puedan causar, siempre que le beneficie a corto plazo. La consecuencia evidente es no reconocer y desviar la atención de sus errores mientras que a la vez provoca ataques continuos, algo tan característico, sobre todo del actual Partido Popular.

La consecuencia directa es que nos resignamos a que no se hable de política, de religión, de inmigrantes… en reuniones familiares o de amigos ante el temor de ser incapaces de conversar sobre hechos con opiniones diferentes de manera civilizada. En conclusión, estemos alerta ante la información que consumimos para no caer en la manipulación con luz y taquígrafos. Que no logren convertirnos en incapaces de escucharnos y de compartir aspectos esenciales para la convivencia, y sin desconfiar en nuestras instituciones democráticas.

Analista