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Cuidad de los “Nicos”

Los “Nicos”, para mí, no son solo los Serrano y Williams, sino todos esos chicos y chicas cuyos padres creen que tienen en casa un Julen Guerrero y apuestan por un hijo internacional, dejando su desarrollo humano y personal en manos de profesionales, profundos conocedores de las técnicas y tácticas deportivas, pero, acaso, menos duchos en el acompañamiento humano y educativo. Es posible que estos profesionales no tuvieran oportunidades de estudios y capacitación humana y que sus vidas se hayan encerrado entre las paredes de un mundo pequeño cuyas máximas son “va bien de cabeza, le da con los dos pies y lee bien el fútbol”. Están convencidos de que el tema formativo y educativo es de los padres; éstos, en muchas ocasiones se desviven por estos chicos y chicas pero, en otras, piensan que ellos bastante hacen con estar al día con su representante. ¡Estos chavales tienen, a sus doce o trece años, su representante! Es el principio del recorrido por la idiotez social.

Hace ya varias décadas, me reunía semanalmente, en la residencia donde vivía en Valladolid, con un nutrido grupo de jugadores de la primera plantilla del Real Valladolid. Allí descubrí su mundo de intereses y mi preocupación primordial pasó a ser su futuro. Como en casi todos los clubes de primera y segunda división, estos chavales entrenaban por la mañana y, por la tarde, tras una larga siesta, vagueaban por la ciudad. Hubo algunas excepciones: en aquel Valladolid estaba Rodilla, internacional, un chaval sensato que fue traspasado al Español de Barcelona, donde regentó un bufete de abogados. En cuanto al Athletic, recuerdo un buen número de jugadores que vieron la vida de otra manera, estudiaron y se dedicaron a sus profesiones: Imanol Viar, Nando, Uribe, Zorriqueta, Larrauri, Latorre, Azkarate, Orue, Artetxe, Villar, Lander Iraragorri… Era, en este sentido, una triste época: hasta los ochenta perduraría el derecho de retención de los clubes y la gran mayoría de los jugadores de primera división cobraba una miseria.

Hay que advertir que triunfar en el fútbol, cobrar una ficha anual y las correspondientes mensualidades, era un logro que estaba al alcance de muy pocos jóvenes, incluidos los universitarios. El universitario o estudiante de FP iniciaba su carrera profesional a los 22 o 24 años. Era la edad en la que el futbolista se afianzaba como tal. Y, si había tenido suerte con las lesiones, se retiraba a los 32 o 34 años y “disfrutaba” de sus ahorros: un piso, un coche, a veces despampanante, y empezaba a regentar un negocio, para el que nadie le había preparado, acaso un bar, una tienda de deportes o representación de un laboratorio farmacéutico.

Desde los 15 años, edad en la que iniciaban la carrera futbolística, hasta esos 32 o 34 en que lo dejaban, sólo los que habían proseguido su formación y la concluyeron, se encontraban con una realidad laboral tangible. Muchos de ellos habían contado con una familia responsable, exigente y con posibles. Hubo directivos que acompañaron a los chavales en la línea del estímulo y algunos de éstos, pocos, culminaron estos estudios.

Me vienen a la memoria personas con cargos de responsabilidad en Lezama como Iñaki Sáez, José Mari Amorrortu, Koldo Asua, Luis Fradua, etc., sin olvidar a beneméritas personas como Pedro Ondarra, eterno acompañante de los distintos equipos y en el recorrido de los chicos por la vida, y Sabino Rham, abuelo del golfista Jon. La inmensa mayoría de estos chicos, llegaban a la primera plantilla del club y vivían instalados en una burbuja; se prodigaban las palmadas en la espalda, las invitaciones a comidas y cenas en txokos y sociedades y eran objeto de multitud de agasajos, con el riesgo evidente de llegar a creer que les eran debidos. Conocí a alguno que si hubiera sabido quién era Severo Ochoa, no se habría considerado inferior. En esa burbuja les era difícil crecer para situarse en la vida porque, de hecho, no hacían pie en ella. Cuando llegó el fin del recorrido futbolístico y explotó esa burbuja, se encontraron en la calle de un mundo arisco y agresivo que no les regalaba nada.

Hoy, aunque los sueldos de la élite hayan subido exponencialmente, poco ha cambiado en la cuestión fundamental, pocos clubes ponen interés real en la formación de estos jóvenes, en animarles a que continúen sus estudios en orden a ayudarles a que lleguen a ser personas realizadas y no solo millonarios prematuros (Bielsa).

Si queremos que sea verdad todo lo que decimos del Athletic en momentos de idilio deportivo y sentimental, hay que cambiar el chip. En la época de los grandes triunfos de 1983-1984, un importante personaje de Bizkaia llegó a decir que los jugadores del Athletic eran un modelo para la juventud. ¡Cuántas “chirigotadas” se pueden decir en momentos de euforia!

Creo que hoy el Athletic ha de invertir todos los medios para hacer de Lezama una buena escuela de fútbol, porque sabemos que nunca lo será con eficacia si no se contrata también a formadores con un fuerte bagaje de conocimientos psicopedagógicos. Solo de esta manera nuestra escuela se puede convertir en una estancia fructífera de la que salgan chicos y chicas que le den bien con la izquierda y la derecha, pero también que sepan poner ambos pies en la vida real. (Vid. En mi libro Mi Athletic… y el fúbol, Cap. 12, pgs. 223 y ssg.).