HACE justo un año, veíamos aún incrédulos cómo el Ejército ruso exhibía su poderío militar en unas maniobras conjuntas con su vecino y aliado Bielorrusia. Mientras, en contraste, nos llegaban imágenes de ciudadanos ucranianos que, fusiles de madera en ristre, eran instruidos para la defensa de su país ante una aún posible invasión. Tanques relucientes, misiles hipersónicos Kin-zhal, Tsirkon y Calibr, armas capaces de albergar cabezas nucleares, frente a escopetas de mentira. No se puede decir que David haya ganado a Goliat, pero tampoco lo contrario. Putin es ya un gran fracasado.
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