CUANDO en julio de 2018 escribí Morir en el estadio, pensé que poco más me quedaba por decir. Sin embargo, la cercanía del 20 de noviembre, fecha de inicio de la Copa del Mundo, ha reavivado las denuncias de Amnistía Internacional y de los sindicatos internacionales, al observar que las autoridades cataríes lejos de asumir responsabilidades por la muerte de miles de trabajadores en las faraónicas obras de ocho nuevos campos de fútbol y residencias, a temperaturas extremas, han aumentado las violaciones de los derechos de los migrantes.

Catar, un gol a los derechos humanos

El cinismo del gobierno catarí llega al punto de afirmar que muchas de las muertes (6.500 en total, según el diario The Guardian) se han producido por insuficiencia cardiaca o insuficiencia respiratoria aguda, lo que es denunciado por doctores de la OMS al afirmar que estas frases no deberían incluirse en los certificados de defunción sin precisar más la causa fundamental que no es otra que trabajar a muchos grados de temperatura en largas jornadas. Es cierto. Básicamente, al final todo el mundo muere por insuficiencia respiratoria o cardiaca, pero sin una explicación de qué causó la insuficiencia esa frase no tiene sentido.

Además, es así que mientras la dictadura de Catar atribuye muchas muertes a causas naturales, otras muchas muertes se han producido por inseguridad en las condiciones de trabajo. Las denuncias llueven sobre el régimen y sobre la propia FIFA como responsable de jugarse un mundial en un país que viola los derechos humanos y desafiando a un clima que atenta contra el derecho a la salud. Es todo un gol a los derechos humanos.

Hay que destacar que el gobierno de los jeques no ha permitido en ningún caso exámenes post mortem para determinar la relación entre fallecimiento y condiciones laborales. Los migrantes que harán posible el mundial de fútbol son esclavos con escasa o ninguna protección. Amnistía Internacional ha estado en contacto con numerosas familias de migrantes, la mayoría de entre 30 y 40 años y ha reportado que gozaban de buena salud cuando viajaron a Catar.

Es significativo señalar que la mayoría de migrantes ocupaban la mayor parte de los salarios en reembolsar los gastos de migración. Desde Nepal o Bangladesh viajaban ya con una deuda solo por el hecho de llegar a Catar y son muchos los casos en los que habían pagado una tarifa de contratación para lograr un empleo, de unos 350.000 takas bangladeshíes (aproximadamente 4.130 dólares americanos), conseguidos con la venta de tierras y préstamos.

Estando las obras ya en su recta final, desde 2020 el régimen de los jeques ha comenzado una limpieza de migrantes, mediante su expulsión. No interesa que durante la Copa del Mundo el emirato esté poblado de migrantes, gentes pobres que pueden contar su experiencia como esclavos a prensa de todo el mundo. Para ello las autoridades han utilizado la pandemia, como coartada para nuevos abusos. La policía realiza detenciones en varias zonas de Doha y, mediante el engaño de que se les va a realizar la prueba del covid-19, se les lleva a centros de detención. Al cabo de los días se los expulsa a su país.

Relata Amnistía Internacional: A algunos les dieron solo unos minutos para empaquetar sus pertenencias, mientras que otros no tuvieron oportunidad de recoger nada. Un hombre ha explicado: “Me esposaron y me trataron como a un delincuente. Me llevaron a mi campo para que recogiera mis cosas, pero ¿cómo iba a recoger nada y hacer el equipaje si tenía las manos encadenadas?”.

Los expulsados salieron de Catar sin haber recibido el salario que les debían, ni las prestaciones por fin de servicio, lo cual es motivo de especial preocupación para los sindicatos internacionales, ya que muchos habrán pagado mucho dinero por conseguir un empleo en Catar y es probable que ya en su país de origen ahora tengan que devolver préstamos con intereses muy elevados.

Bueno, ¿qué les parece? Esta es la otra cara del mundial. Puedo pensar que los miles de migrantes tendrían en su pensamiento la esperanza de un buen salario por contribuir a un deporte que es una industria de dinero. Pero no. Muchos han muerto y todos los que están regresando lo hacen con deudas sin el consuelo de mejorar la vida de sus familias.

“Todos nuestros sueño se desvanecieron” confiesan muchos de los migrantes. Las familias de los fallecidos no han recibido ninguna indemnización ni del régimen ni de otras instancias. Todo el mundo se lava las manos. Una vez más los dirigentes deportivos muestran su cinismo, como el presidente de la Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, que, para defender este mundial que también va contra la salud de los futbolistas, ha llegado a afirmar que con ello se ayudará a una mayor igualdad entre hombres y mujeres. Al parecer estas últimas dispondrán de baños específicos en los estadios. Un gran paso señor Rubiales. l

* Politólogo especialista en Relaciones Internacionales y Cooperación al Desarrollo