Con el fin de la mascarilla se distinguirá peor a los gilipollas y a los jetas

Estamos faltos de buenas noticias y tan acostumbradas a las malas que acaban por no influirnos. Librarnos de la mascarilla al aire libre y siempre que las distancias lo permitan es un alivio colectivo que debemos usar para ser más felices y no para amargarnos todavía más

26.06.2021 | 09:18
Varias personas lanzan al aire sus mascarillas.

Nos vemos las caras


La mascarilla, el símbolo de esta pandemia, va a dejar de ser parte del paisaje exterior (y siempre que la distancia respecto a otras personas lo permita). Esta es una gran noticia que nos invita a dar un paso más en el camino de la normalidad, que no es el mismo que en el de la relajación, ojo. El fin de la mascarilla también es un factor que nos igualará: ahora se distinguirá peor a los gilipollas y a los jetas, y ahora las personas que fuman mientras caminan no nos mirarán por encima del hombro a los que, fumemos o no, simplemente respetamos las normas. Solo espero que el alivio nos mejore y no sirva para amargarnos más.



Ahora a nadie le parecía bien


El gobierno español relajó las medidas, las empresas vendieron los viajes; los aviones hicieron el trayecto; los hoteles y discotecas, los recibieron; el gobierno balear, también; ellas y ellos se comportaron con la sensación de imbatibilidad que regala la juventud; y ahora a nadie le parece bien que la chavalada se haya contagiado en los viajes de fin de estudios a las islas, y portavoces de casitodos los colectivos antes mencionados creen que no tenían que haberse hecho. Ya, claro. ¿La culpa es de ellas y ellos, o de sus amas y aitas? ¿O e de la presión de sectores y sindicatos, y las urgencias de algunas instituciones?

Me parece bien



En Japón y otros países orientales contagiar una gripe, un resfriado o un virus estomacal se considera de mala educación. Por eso en aquellos espacios la mascarilla no les era extraña antes de la pandemia. En Magnet elucubran sobre el futuro de este recurso sanitario en nuestro entorno, y creen que ha llegado para quedarse, por lo menos, un tiempo más. Y cuando por fin la pandemia pase (y pasará), seguirá siendo útil para prevenir otros contagios, como lo ha sido siempre, solo que en el futuro será algo mucho más familiar. Lo que no sé (y ahora elucubro yo) es si la reminiscencia al coronavirus retraerá su uso.

¿Cuántos Erliks hay?


Erlik es un usuario de Twitter fachilla y bravucón (tanto como el anonimato permite) que apostó una cena en un restaurante con estrellas Michelín a otra tuitera, convencido de que en España no habría 15 millones de vacunados antes de julio. Con la apuesta perdida, Erlik se ha convertido en el icono de aquellas personas que querían que todo fuera mal. También en Euskadi: las que se quejaban del ritmo de vacunación, las que han pretendido que cada error fuera una irregularidad manifiesta, las que han dudado de todos los datos oficiales (y abrazaban cualquiera extraoficial) porque necesitan para su bien que las cosas vayan mal.



Sí, llegan a tiempo


Sí, la ley antipandemia llega a tiempo porque no ha podido llegar antes y el coronavirus sigue entre nosotros, con la amenaza de nuevas variantes, añadida. Y sí, el anuncio de que nadie podrá usar mascarillas de rejilla llega a tiempo porque hoy no se prohíbe el uso de esta medida, sino que se regula de otra manera. En los gimnasios, en los cines y teatros, en los conciertos, en el autobús o el trabajo, no puede haber mascarillas de rejilla porque estamos en una pandemia. Puede que tocando su final, pero seguimos inmersas e inmersos en ella, para nuestra desgracia. Así que, chistes y chorradas, las justas.



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