Diez años de una experiencia deslegitimadora de la violencia

Los encuentros restaurativos sirvieron a las personas que participaron en ellos y ya solo eso, por sí mismo, justifica la experiencia. Pero, además, socialmente hemos aprendido que la mejor deslegitimación de la violencia terrorista es la que realizan sus propios perpetradores

25.05.2021 | 09:01
Diez años de una experiencia deslegitimadora de la violencia

EL 25 de mayo de 2011 dos personas mantuvieron una reunión absolutamente libre y voluntaria para charlar cada una de su pasado y, sobre todo, del futuro y de la convivencia. Una de ellas era una víctima del terrorismo, cuyo padre había sido asesinado en 1980 por una organización terrorista de la órbita de ETA y cuyos asesinos no han sido aún ni detenidos ni juzgados. La otra era un victimario, un exmiembro de ETA que llevaba 22 años preso, que se había apartado de la organización, que había hecho una autocrítica profunda de su pasado y que asumía su culpa y su responsabilidad por la injusticia del daño irreparable que ese mundo había causado a la familia de su interlocutor. La reunión, preparada por la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo del Gobierno vasco, fue el primer encuentro restaurativo formalmente organizado para delitos de terrorismo que se celebró en este país. Tuvo lugar en Vitoria, en una sede del Gobierno vasco, y duró cerca de cuatro horas, sin intermediarios ni interferencias.

Ambos participantes no querían borrar las asimetrías de partida existentes entre ellos, ni establecer un empate entre víctimas y verdugos. En el plano personal, eran muy conscientes de que una persona había hecho el daño y la otra lo había recibido. Pese a esa posición de superioridad moral de partida por parte de la víctima, el desarrollo y contenido del encuentro fue un ejercicio de reconocimiento personal mutuo, de libertad y enriquecimiento personal para ambos y, en este sentido, debe ser respetado.

Para la víctima existía un componente de conocer, directamente y cara a cara, las respuestas a preguntas a las que nadie había sabido (ni podido) contestar antes con tanta determinación: ¿por qué?; ¿por qué matásteis?; qué proceso lleva a una persona a asumir que asesinar a otra es necesario; qué pasa por la cabeza de quien dispara para cosificar a su víctima y despojarla de cualquier vestigio humano€

Además, para la víctima, el hecho de que por primera vez en más de 30 años alguien de ese mundo pidiera perdón por el asesinato de su padre y por todo el daño causado a su familia no debe pasar desapercibido. Ante la ausencia de una justicia penal, la justicia restaurativa ha permitido a la víctima incidir sanadoramente en aspectos personales de los daños causados por el delito y posibilitar una reparación moral en lo personal. La concesión del perdón quedará exclusivamente en la esfera privada e íntima. Es un poder y un privilegio de la víctima. En esa dimensión ni puede ni debe llegar la justicia formal, ausente -recordémoslo- en el caso de este asesinato.

Para el victimario, estos encuentros restaurativos han permitido comprobar que la reinserción social, su recuperación para la vida en sociedad, es posible. Podemos hablar del efecto reparador que la pena supone para las víctimas y la sociedad. Pero la reinserción va más allá de haber cumplido su condena, su deuda con la sociedad y reclamar una segunda oportunidad. Porque hay presos de ETA que han cumplido su condena y salen a la calle, pero no están reinsertados.

Cuando un victimario se convierte en ejemplo vivo y público de deslegitimación sincera de la violencia que ha ejercido, ganamos todos. Ojalá todos los presos y expresos de ETA tuvieran la valentía de recorrer esta misma senda personal: reflexionar y hacer una autocrítica de su pasado, reconocer la injusticia radical del daño causado, asumir sus responsabilidades en lo sucedido, decir que todo aquello no tuvo justificación alguna y que sencillamente estuvo mal, arrepentirse de ello y pedir perdón.

Han pasado ya diez años de los encuentros restaurativos asociados a la denominada vía Nanclares, que no se produjeron por casualidad: salieron adelante porque hubo gente valiente y con iniciativa en la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo del Gobierno vasco, en la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, entre los profesionales de la mediación, en el mundo de los victimarios apartados de ETA y entre las víctimas del terrorismo.

Los encuentros restaurativos murieron porque deliberadamente los dejaron abandonados en tierra de nadie. Nunca gustaron al mundo de la izquierda abertzale, porque le suponía una contradicción moral gigantesca, "nacida en casa" y plantada delante de las narices de su ortodoxia. No gustaron tampoco al nuevo gobierno del PP de 2011, con otros intereses respecto a los presos de ETA, y rehén de algunas asociaciones de víctimas del terrorismo. Y quienes podían tener interés en que los encuentros restaurativos siguieran adelante, tampoco pusieron mucho entusiasmo para impulsar la iniciativa.

Se cumplen diez años de aquella primera experiencia. Después llegaron varias más, hasta alcanzar, aproximadamente, una quincena de encuentros. Sirvieron a las personas que participaron en ellos y ya solo eso, por sí mismo, justifica la experiencia. Pero es que, además, hay un mensaje educativo muy claro. Socialmente hemos aprendido que la mejor deslegitimación de la violencia terrorista es la que realizan sus propios perpetradores. Como bien dijo Maixabel Lasa, "los encuentros restaurativos fueron un mensaje de convivencia y de futuro, un mensaje que nos interpela a todos para que lo que pasó nunca más vuelva a suceder".
* Iñaki García Arrizabalaga es víctima de los Comandos Autónomos Anticapitalistas y Fernando de Luis Astarloa es exmiembro de ETA

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