A Jon Paredes, Txiki

27.09.2020 | 01:19

TXIKI: He decidido por cuestiones personales varias dirigirme a ti de esta manera, por carta, por última vez. Léela, por favor, con la máxima atención y cariño posibles. Ciertamente sucede, es obvio, que van cayendo uno tras otro calendarios en la historia de esta nuestra Euskadi de amores y desamores y paralelamente en las nuestras propias y particulares vivencias; nos estamos haciendo mayores poco a poco (mira, Txiki, pronto nacerá Eki, mi tercer nieto, después de dos preciosas nietas, Noa y Natale), pero a pesar de ello créeme, Txiki, que nunca jamás olvidaré que hubo un momento, hace ya casi medio siglo, en que nuestras vidas mucho más jóvenes se cruzaron intensa, inexorablemente y para siempre en los cruces de la historia. Permíteme Txiki, permíteme Jon Paredes Manot, que te escriba estas líneas con un punto de emoción a ratos muy difícilmente contenida. Txiki, observo que lejanía temporal y cercanía personal se me enzarzan en un intrincado nudo de nostalgia; nostalgia que se agudiza al límite al mirar el movimiento continuo, periódico y eterno de las olas del mar cuando a la altura del Kursaal donostiarra pugnan incansables e inasequibles, con mayor o menos fragor, por entrar y abordar por las bravas el cauce del río Urumea. Reflexiono sobre la certeza que supone que ciertamente es del mismo primer latido del corazón que asoma a la vida, desde el propio alba de su existencia, que todo ser humano marcha, lucha, conquista, progresa y trabaja, ríe, se ilusiona, sufre y llora. Y así cae y levanta, pelea, vive y muere, convive con contradicciones superables e insuperables, virtudes y defectos, fortalezas y debilidades. El ser humano (aunque es cierto también que es a veces el menos humano de los seres) tiene, es su mejor secreto, la capacidad de conocer y conocerse, puede asumir en sí lo que haya y trasladarlo a esa forma de posesión que llamamos saber, puede interiorizar lo sabido mediante el sentimiento y la vida, y avanzar hasta lo que llamamos comprensión, donde se aclara la esencia de la cosa, se abre su sentido y el espíritu percibe la capacidad significativa de lo que es. Incluso es capaz de tomar posición, enjuiciar lo pasado y lo presente, distinguir entre razón y sinrazón, libertad y tiranía, valor y cobardía, importancia y vanalidad. El ser humano, mujer y hombre, niño, joven, adulto o mayor, habla, se comunica, posee la palabra, la capacidad de lo esencial que es la percepción por el conjunto, es dueño de la experiencia del sentido y del sentido de la experiencia; es más, tiene la capacidad de abarcar el todo con la mirada, establecer órdenes, volverse hacia sí mismo, estar en sí, penetrarse de sí mismo, dominar su mundo interior con lo que ha captado fuera y, dándose cuenta de ello, apropiárselo. Tiene memoria, lo recrea y lo transmite, es dueño de su silencio, de su quietud interior, de su viveza desprendida, de la profundidad de un compromiso, de lo indeleble de una imagen y de su propia confusión. Dueño de su capacidad de reposar y de la frescura pasada, de su seguridad a veces aparente, de su creatividad tan intensa como la acción al límite. Dueño de una felicidad que lejos de alcanzarse satisfaciéndola de inmediato la requiere aplazada, porque no es posible disfrutar lo que se ve si no se tiene ni siente lo que se está viendo y viviendo. Todo lo has perdido, Txiki, te arrebataron el poder ser y la vida entera. Y, Txiki, cuando inevitablemente cambia la percepción del transcurrir del tiempo, cuando éste ni vuelve ni tropieza y ya no se siente como algo interminable, sino escaso, y por eso se ensalza el vincularse al ritmo preciso de las cosas y a su latido natural, me acuerdo de ti, Jon Paredes Manot. No te olvido, no quiero, ni debo, ni puedo Txiki, fusilado en los estertores del franquismo después de un juicio de caricatura, hace ya cuarenta y cinco largos, muy largos, cuarenta y cinco años, al alba de un 27 de septiembre de 1975. Y con el viento del norte, la lluvia mojando y el olor penetrante a salitre viejo deseo más que nunca que la condición de ser humano se anteponga de una vez por todas y para siempre en Euskadi a cualquier otra consideración.

Porque negar que todos los humanos somos iguales nos lleva a la encrucijada, a la brutal y cruel contradicción de arrancar la vida y la conciencia y a la incapacidad de descifrar el enigma de lo que significa negar y arrebatar el ser en un acto de violencia física sin vuelta atrás, no rectificable ni modificable. Definitivo. Escalofrío.

Txiki, matar, asesinar, arrebatar la vida y el ser a otro ser humano por pensar diferente nunca jamás estuvo bien; al contrario, siempre, siempre sí, estuvo mal. Quizás, Txiki, nos equivocamos desde el mismo comienzo. Sí, nos equivocamos, sí. Esa es la percepción que tengo; la sensación y convicción desde la talaia que da el paso de casi medio siglo, la muy triste constatación de que aquello fue un trágico e inmenso error, un error fatal, radical, ético, político, que no debe volver a repetirse nunca jamás, un trágico e inmenso error que derivó, descompuso y pudrió implacable e imparable en una tragedia vergonzante y desastre total, porque bien se suele saber cómo se empieza a utilizar la violencia como un instrumento más en la lid política, pero no cómo se desarrolla y menos cómo y cúando acaba. Y, qué horror Dios mio, qué irreparables e irreversibles consecuencias arrastra y deja por el camino, cúantas víctimas de todo tipo, cúanto desgarro, cúanto dolor injusto causado, cúanto desastre humano. Pero la historia, el pasado, Txiki, está ya escrito; no, no lo podemos cambiar, ni modificar, ni alterar; aunque sí en un acto de necesario valor y dignidad personal valorarla críticamente con la crudeza necesaria. Mirándonos a los ojos.

En estos largos años, en la sin piedad del paso del tiempo, Txiki, muchas cosas han cambiado y muy profundamente en Euskadi, como los tamarindos de la Concha que, sobre todo los más viejos, retorcidos y medio caídos, han sido reemplazados inevitablemente para mantener vivo y permanente el paisaje; pero sí, es cierto, otras cuestiones continúan respetando la historia y así el viento del norte con su olor de siempre a salitre viejo continúa azotándolos y doblándolos hasta a veces quebrarlos del todo. Hoy y aquí, el futuro nos interpela, no hay excusas, y creo que estarías de acuerdo en afirmar que es tarea de todos arrimar el hombro, que es un reto colectivo de toda la sociedad, que sin ira, ni odios y por el futuro de nuestros hijos e hijas, nietos y nietas es hora y obligación de conquistar definitivamente la paz, la reconciliación y la convivencia en esta Euskadi nuestra. Y es hora todavía, porque siempre lo será y porque la paz, la reconciliación, la normalización y la convivencia también debe de ser posible en Euskadi. Y así será. Lo estamos consiguiendo, aunque todavía hay importantes pasos a dar. Lo conseguiremos del todo y definitivamente. Estamos en ello. Te lo haré saber.

Al alba, sí, al alba, que como dice la letra del cantautor Eduardo Aute, es cuando sangra la luna al filo de su guadaña. Te fusilaron tiro a tiro, eran los gatillos del crimen, mientras cantabas el Eusko Gudariak. Eran ya los estertores vengativos de la dictadura franquista. Últimos vómitos de sangre de aquel golpista asesino que vivió y murió matando. No fuiste el único; los verdugos de la luz y de la esperanza, los esbirros de la noche oscura, y también ante el paredón, acabaron con otras cuatro vidas, una de ellas la de otro vasco, Ángel Otaegi. Maldito baile de muertos. Los que venían con hambre atrasada quisieron así, y se lo llegaron a creer, arrancar las raíces de la tierra y congelar el viento del mañana. Me acuerdo y no te olvido, Txiki, por mucho que ha llovido en esta tierras vascas. Y cuando la finitud inspira y provoca a esa vocación de vivir más intensamente lo que tenemos, y de pasar de tener una idea –y aferrarse a ella– a pasar a la imperiosa necesidad de tener que buscar la capacidad de relacionarlas, entonces, en ese momento, con el viento del norte y al alba, te deseo, Txiki, en este bisoño otoño de este ya desflorado tercer milenio, que la tierra vasca donde yaces te siga siendo leve.

Hoy, Txiki, casi medio siglo más tarde, al alba, y en la radical negación ética de la violencia política, te recuerdo. Indarkeriaren ukazioan, beti bihotzean. Agur Txiki, beti arte Jon Paredes Manot. Jamás te olvidaré. Nos vemos. Lurra arin bekizula. Bixar.

* Profesor

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