Colaboración

¿Un futuro sin futuro?

17.08.2020 | 00:16
¿Un futuro sin futuro?

Asomarse cada día a la realidad de nuestro país (ponga aquí cada cual lo que desee) y del mundo, produce cada vez una sensación de depresión mayor. Por eso llegar a ver la serie de la TV francesa ‘El colapso’ casi de improviso, con poca información, hace que la sorpresa producida sea mayor y aumenta esa zozobra

EL colapso es una serie considerada menor pero que está llamada a ser de las mejores del año, con impecables actuaciones, cuidando al máximo los escenarios, episodios de corta duración rodados en plano secuencia, que sirven para reflexionar sobre lo que nos está ocurriendo y también sobre lo que está por ocurrir.

Después de ver los ocho episodios, cada uno diferenciado del resto, uno tiene la amarga sensación de que lo que acaba de presenciar no es algo ficticio, sino que tiene que ver mucho con la realidad actual.

Eso a pesar de que está realizada antes del comienzo de la pandemia, quizás eso sea uno de los motivos por los que te produzca un escalofrío.

¿Las casualidades existen? Puede ser, porque el primer episodio, que trata del desabastecimiento de los supermercados, recuerda bastante a lo que sucedió a principios de marzo.

Los ocho episodios podrían ocurrir en los próximos meses tal y como van las cosas. Puede ser que el colapso de nuestra sociedad, de nuestro mundo, esté a punto de producirse.

También que justo al terminar el capítulo de la explosión de la central nuclear llegue la noticia de lo ocurrido en el puerto de Beirut abre el interrogante: ¿Una nueva casualidad?

Por eso, una vez terminada, te preguntas: ¿Es solo una serie de TV o una premonición sobre lo que estamos viviendo y lo que nos queda por vivir?

Si justo a continuación se visualiza cualquier telediario, se llega a la conclusión de que quizás es más dura la realidad que la ficción.

Un mundo repleto de egoístas insolidarios, de jóvenes irresponsables que les importa un carajo la salud de los demás, incluidos sus seres queridos, que incluso tienen la poca vergüenza de verbalizarlo ante una cámara de televisión, un sistema que se derrumba poco a poco, unos dirigentes que se ven impotentes ante un minúsculo coronavirus, por su intento de conseguir la cuadratura del círculo, entre salud y economía.

Porque los datos actuales en Euskadi, en Navarra y en el Estado deberían dar lugar a un nuevo confinamiento si decidiéramos exclusivamente con criterios sanitarios.

Pero no va a ser así, porque quienes nos dirigen anteponen lo económico a lo puramente sanitario.

Agravado porque las 17 autonomías van cada una por su lado, como un inmenso ejército de Pancho Villa de 46 millones de miembros.

El coronavirus no tiene ideología, afecta igual a derechas e izquierdas y tampoco es centralista, autonomista y mucho menos independentista, porque no tiene nacionalidad, castiga por igual a Euskadi, Navarra, Madrid, Catalunya, a españoles, franceses, senegaleses o brasileños.

Por eso no podemos, no debemos enfrentarnos a él con posiciones partidistas, individualistas o nacionalistas, hay que hacerlo todos a una como una piña.

¿Deberíamos volver de nuevo a un mando único? Si funcionó en el primer confinamiento por qué no aplicarlo de nuevo ahora para poner un poco de orden, para aplicar medidas homogéneas y coherentes.

Incluso podríamos ampliarlo a un mando único europeo, o si fuera posible mundial, aunque estas dos posibilidades se encuentren aún más lejanas.

Por poner un ejemplo, España e Italia iban hace un mes de la mano, además somos países muy parecidos en maneras de ser y en nuestra dependencia del turismo, pero en cambio ahora los gráficos de contagios son muy diferentes con nuestro país disparado.

¿Podría ser una de las razones de esa circunstancia el hecho de que Italia haya mantenido el mando único en la nueva normalidad? Probablemente, pero lo que resulta indudable es que algo diferente debemos hacer ante esta nueva situación incontrolada.

La presión del sector turístico ha hecho quebrar la buena línea que se mantuvo durante el confinamiento, provocando una vuelta a la nueva normalidad demasiado acelerada.

Ahora nos encontramos con que somos el país de la UE con peores índices ante la pandemia y ya se comienzan a detectar presiones para cambiar nuestro rumbo.

¿Toques de queda como apunta el lehendakari Urkullu, o un nuevo confinamiento? No parece probable, pero tampoco sería raro que para contentar a esas voces se hiciera algo parcial. Como por ejemplo, confinamiento de comunidades como Aragón, Catalunya, Nafarroa y Euskadi que salvaran a las joyas de la corona: las islas –Baleares y Canarias–, Andalucía, País Valenciano o Murcia.

Mal panorama para las próximas semanas.

Pero volviendo de nuevo a la serie, en ella no queda claro qué es lo que causa todo lo que vamos viendo, pero perfectamente podría ser algo como lo que nos está ocurriendo en estos momentos.

Una gran serie de recomendable visión, porque aunque te deje un poso amargo, pesimista, de que quizás nuestro futuro no tenga futuro, a alguno le podría servir para quitar la venda de sus ojos.

¿Por qué, dentro de esa campaña de concienciación, no se programa que se vea en las aulas, ahora que estamos a punto de abrirlas? ¿Por qué no obligar a su visión también a esos jóvenes de botellón en lugar de multarles? ¿Incluso por qué no emitirla en todos los canales de televisión en horario de máxima audiencia?

Ahora que ya sabemos que el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, la ha visto y ha salido impresionado de su visión, convendría también que la viera toda nuestra clase política, desde Sánchez, Tardá, Urkullu, Casado, Arrimadas, incluso Abascal.

El colapso puede producir un efecto de revulsivo, de reflexión que sirva para frenar nuestra marcha imparable hacia el precipicio, hacia el colapso.

Eso a pesar de los irresponsables, jóvenes y menos jóvenes, de los buenistas cómplices y de la incompetencia de algunos, demasiados, dirigentes políticos.

Veremos...

* Exparlamentario y concejal de PSN-PSOE

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