Opinión

Catalina de Nabarra

08.02.2020 | 02:03

mIS primeros juegos fueron en un parque de Montevideo de forma piramidal. Caben en él pinos carrascos, ceibos, jacarandás, macetones de pensamientos lilas y un ombú. Ocupa la parte sur de la pirámide un magnífico monumento de mármol blanco con la estatua de José Pedro Varela, autor de la Ley de Educación Común en 1877, quien alentó la educación laica, gratuita y obligatoria, rodeado de una multitud a tamaño natural. En el vértice norte de la placita se levanta un monumento de hierro negro: la estatua del viejo Viscacha, un personaje del magnífico poema épico Martín Fierro, de José Hernández. Ambos monumentos resultan símbolos de que desde una base cultural esmerada todos pueden acceder a grados superiores del conocimiento: la escritura, la narración histórica, la poesía, la filosofía, la música, la pintura, la escultura? la profesionalidad en las diversas facetas del saber humano. Estimular la curiosidad, promover la imaginación, alentar el entusiasmo. Más aleccionadores resultan estos monumentos para la memoria histórica de un pueblo que los héroes a caballo que dictaminaron guerras, es decir, asesinatos, por la causa que fuera, o los mausoleos faraónicos de quienes procuraron desgracia pública. Para una avenida que hasta hoy hemos llamado "del Ejército", y que no evoca ninguna cosa propia de Iruñea o Nabarra: cuando fue reino no tuvo milicia. Me parece oportuno elegir un nombre que despierte en nosotros una percepción de otra realidad, sea la de 500 años atrás. Tenemos a Carlos El Noble, rey de Nabarra, enseñoreando una avenida principal y me parece significativo que nos acordemos de que hubo una mujer, Catalina de Foix, a la que le tocó ser la última reina de Nabarra. Coronada en Iruñea en 1494, tras diez años de espera ya que Fernando el Católico azuzaba disturbios y provocaba incesantes guerras civiles en su afán de apoderamiento del reino de los nabarros. Catalina, en su retardada coronación, recibe el sorprendente aviso de las Cortes: no era más que ninguno de ellos y todos ellos eran más que ella. A mi ver, algo inaudito en Europa, más si añadimos el lema de los Infanzones de Obanos, del s. XIII, en una de sus versiones: Sed libres para que la patria sea libre. La monarquía era el modo de organizarse un Estado en aquellos tiempos. No nació Catalina para reinar: su hermano Francisco Febo lo hizo, pero al morir tempranamente, tañiendo su flauta de plata, posiblemente envenenada, le toca a ella realizar funciones de gobierno en esos tiempos aciagos y encabezar la defensa del reino ante un formidable enemigo como era Fernando de Aragón, quien contaba con un ejercito poderoso y adiestrado que había invadido, tras diez años de lucha, el reino nazarí, completando la reconquista cristiana peninsular, ocupando, a más, parte del sur de Europa, incluida Catalunya, donde sufrió un atentado, y que le acusaba de hereje con lo que ello comportaba en su momento.

Aconsejada la retirada de Pamplona ante el advenimiento de las formidables fuerzas del duque de Alba, la reina y la corte se retiran hacia el norte, a Donibane Garazi, la llamada Llave del Reino, que fue incendiada poco después. La toma de Nabarra reforzó la unidad peninsular con los Pirineos como barrera para detener el avance francés. Catalina muere en el destierro de Aquitania y encomienda a su hijo y heredero Enrique, nacido en Sangüesa/ Sangoza, la recuperación del reino, cosa que este acometió sin éxito. Nabarra continuó existiendo como ente independiente, la Baja Nabarra, hasta que su descendiente Enrique III, se hace rey de Francia y Nabarra y siglos después, en 1978, lo finiquita la Revolución francesa. Catalina de Foix padeció dolores extremos: la muerte de varios hijos en los avatares del reino y la caída del mismo. Gobernó en condiciones infranqueables: los monarcas nabarros juraban los Fueros, prometían mejorarlos, no empeorarlos, no podían declarar la guerra ni ningún hecho de importancia sin aprobación del Concejo. Era un viejo reino, débil en estructura militar, pero preparado, mil años atrás, para los actuales tiempos europeos. Ensayaba formas de gobierno con mayor flexibilidad en las instituciones, aun en las fronteras, tratando de producir más felicidad pública en tiempos inclementes en los que el clarín de guerras y el tufo de las epidemias, acababa con la esperanza y la alegría de la vida. Me gusta recordar a Catalina en una ocupación social que adopto con interés y que ha quedado grabada en la memoria colectiva. Como ilustrada que era, se empeñó, pese a los revueltos tiempos de su reinado, en la creación de un corral de comedias, diversión social y popular por excelencia de los tiempos nuevos que procuraba la dulce miel de la cultura sobre el amargo sabor de la pólvora y la peste. La gente, el pueblo, el común, acudía a ver las obras de teatro, comía en las gradas, se producían contactos, se repartían rumores, se vivía de lo humano, con sus matices sentimentales, frívolos y escandalosos, de todo había.

Era la contraposición a los horribles actos de fe que luego habría de imponer la Inquisición. Fue de un impacto importante porque aun recordamos en Iruñea la entidad Katatxu, derivada afectuosamente, con sabor populista, del nombre de la reina en euskera: Katalintxu. Tan solo por lo que esto significa, se justifica una calle con su nombre.

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