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Los cabellos blancos de la posguerra

LA experiencia que nos ofrece el pasado nos revela que ningún juicio certero es posible desde la cercanía inmediata del presente. Más aún si ese presente está influenciado por un contexto tiránico, fruto de la violencia, como fue el caso de la Guerra Civil del 36 y su correspondiente posguerra, donde solo se oía, y obedecía, el discurso de los vencedores. Hace 76 años que Franco firmó el parte donde se daba por cautivo y desarmado -podía haber dicho aniquilado, también- al “ejército rojo”, por lo tanto, terminada la guerra. Desde entonces, el testigo del tiempo debería haber corrido a favor de la reparación moral que, directa o indirectamente, sufrieron los perjudicados por ser y pensar de forma diferente. Es cierto que, durante este espacio de tiempo transcurrido, con más o menos libertad, más o menos acierto y más o menos interés, se ha escrito, representado y musicalizado abundantemente sobre esta tragedia en la que la democracia fue derrotada, convirtiendo a la cultura, de nuevo, en el refugio inexpugnable que ha preservado vivo el recuerdo del ayer, cuya voz un pueblo no puede desoír. Pero también es cierto que todavía quedan muchas lagunas por resolver, muchas responsabilidades que aclarar y muchos cuerpos por localizar.

Reconociendo el valor incalculable de esa correa de transmisión cultural que ha conseguido que los recuerdos más frágiles de la memoria no se separen de nosotros, hoy todavía paseamos por plazas y calles con nombres de asesinos en sus cabeceras; todavía vemos levantados templos del terror construidos por las manos de los presos políticos, donde además se aclama a los que mataron; todavía leemos los nombres de aquellos voluntarios que mataron, violaron y humillaron en nombre de Dios, en las tapias de muchos recintos religiosos; todavía buscamos los cadáveres que descubren su continua mentira, por las cunetas y los montes; todavía hay ceremonias y sermones que ensalzan al caudillo, buscando entre el lodo de las cloacas franquistas tiempos en que les iba un poco mejor; todavía hay archivos oficiales ocultos al público, testigos mudos que encierran la responsabilidad heredada de muchos gobernantes, políticos, banqueros y empresas que se enriquecieron durante la guerra, la posguerra y la Inmaculada transición.

Responsable, el Estado Por todo esto, y algo más, hasta que el Estado actual no se comprometa y comprometa a los demás poderes para que se repare esa memoria de muerte, ese tiempo de miedo y robo de personalidad, podemos manifestar que él, el Estado, es el máximo responsable del olvido a que se ha sometido a los derrotados en esa cruenta guerra.

Sea del color político que haya sido el que ha manejado los hilos de las legislaturas desde el final de la Guerra del 36,, siempre ha acabado obviando las circunstancias concretas respecto a la sensibilidad que requiere el tema, sobre todo, en lo que incumbe a las reparaciones morales de las familias que todavía tienen entre sus integrantes desaparecidos sin registrar como víctimas de la brutal represión que se llevó a cabo durante la guerra y la posguerra. De la misma forma que los presos y presas que perdieron parte de su vida entre las rejas del nacionalcatolicismo impuesto nunca han recuperado ese tiempo, ni se les ha resarcido moralmente de las vejaciones a las que fueron sometidos y sometidas. Por mucho que los poderes legislativos hayan elaborado leyes para proteger esa memoria de la historia, nunca ha sido suficiente.

Es cierto que hay que otorgar a cada civilización la necesidad de tomarse su tiempo para digerir la responsabilidad de sus acciones, de la misma forma que cualquier individuo necesita su propio tiempo para asumir el compromiso de sus acciones, sean o no constructivas. Pero, como hemos señalado, ya ha pasado tiempo suficiente como para que podamos sacar conclusiones diferentes sobre esta tragedia. Si analizamos el presente, vemos que el Partido Popular, permanentemente acompañado por Unión del Pueblo Navarro, y en numerosas ocasiones por el Partido Socialista, -otros partidos, por lo menos, han sido más coherentes con esta trágica situación, aunque alguno de ellos haya querido sacar rédito político de todo esto en alguna ocasión- se niegan o abstienen sobre la posibilidad de concluir que el exterminio llevado a cabo por el franquismo se reconozca como crímenes de lesa humanidad; se niegan a cualquier posibilidad real sobre la extradición de los supervivientes del genocidio solicitada por la jueza argentina Servini de Cubría; imponen sus condiciones para que no se cambien las nomenclaturas de los asesinos y sus simpatizantes en las ciudades y pueblos; impiden que el Estado derive fondos para la exhumación de los cadáveres esparcidos por toda la geografía de país y su posible identificación por medio de las pruebas de ADN; no incluyen en los libros de texto de educación básica la realidad de los hechos que ocurrieron, por qué ocurrieron, cómo se desarrollaron y qué consecuencias han tenido en el presente actual del país; no quitan los privilegios educativos a la Iglesia católica que tanto hizo porque la sublevación tuviese éxito, y no se hace caso a las continuas advertencias que desde Bruselas se les hace para que revisen la oscuridad de esos años, cuando se le hace tanto caso para otras cosas.

Una deuda ingente Mientras no se consiga un congreso oficial donde se reconozcan culpas y responsabilidades, y no se otorgue la personalidad jurídica a cada uno de los represaliados durante la guerra y la posguerra, este Estado centralista nunca estará completo, porque estará en deuda, una deuda ingente, con muchos ciudadanos que fueron aniquilados en su nombre, por lo tanto, como cabeza jerárquica de la política es el máximo responsable para aliviar su propia conciencia, y por consiguiente la de su ciudadanía.

Muchos de los que sufrieron esa atmósfera de terror han muerto sin saber y sin reparación ninguna. Por eso, los que viven, abuelas y abuelos, madres y padres, hijas e hijos, nietas y nietos saben que los cabellos blancos de la posguerra tienen todavía mucho que contarnos. Porque otros han muerto sin saber, ellos saben que los responsables han callado mucho y se han aprovechado exageradamente de la derrota de sus propios hermanos.

Por todo esto, es evidente que todavía tenemos mucha tarea por delante. Quieren que olvidemos, que no investiguemos, que no reclamemos el nombre de los nuestros. Pero no lo consiguen. Desde nuestra parte, junto con la cultura antes mencionada, seguiremos traduciendo el discurso oficial que nos dejó aquel ambiente irrespirable de inseguridad, de muerte y de asesinatos, de hambre y de miedo. Ya lo avisó el dictador y tirano en el discurso de las navidades de 1969: “Lo dejo todo atado y bien atado”. Y desde luego que el presente, en lo que respecta al Estado y su política de reparación a los derrotados, no lo desmiente.

Efectivamente, pasa el tiempo y muchos de los familiares perjudicados van falleciendo sin verse reparados moralmente. Que los cabellos blancos de la posguerra nos descifren la realidad a los que todavía quedamos, a pesar de todas las trabas que hemos mencionado. Por suerte, y por mucho que quieran, no pueden encarcelar nuestros recuerdos, ni tapar la voz del pueblo.