Teatro Arriaga. 04-XI-2012. Joaquín Achúcarro, piano. Obras de Bach-Busoni, Schumann, Mompou, Debussy y Chopin.
se cumple hoy una semana del concierto que ofreció Joaquín Achúcarro en el Arriaga y, pasada la euforia del momento, podemos ahora intentar ver las cosas con perspectiva e incluso con un poco de frialdad. Adelantamos que esto no quiere decir que vayamos a subrayar los puntos débiles del recital, que los hubo, sino que estas líneas serán resultado de un análisis totalmente honesto y no de un mero instante de emoción.
Para empezar, una evidencia: Joaquín Achúcarro sigue siendo, a sus ochenta años, un pianista enorme. Se pueden leer por ahí voces que creen que no, que la edad va pesando demasiado y que no hay nada peor en este mundo que no saber retirarse a tiempo. Así lo creímos, hay que decirlo, tras escuchar los Estudios sinfónicos op. 13 de Schumann, muy limpios y apolíneos, aunque seco y de dinámicas un tanto laxas. Seguía ahí el sonido, que en Achúcarro ha sido y es siempre de una tersura única, pero no la intensidad expresiva y la fuerza interior de otras veces.
Pero tras la pausa llegó Mompou, y con él apareció un nuevo lirismo, una poética envolvente, un toque aún más suave y acariciante. Se sentía en su música esa ausencia de aire y de luz de la que solía hablar el compositor, ese "débil latir del corazón". De ahí a un Debussy delicado, evocador, mágico, el paso fue del todo natural.
Y Chopin, ¿qué decir? Vemos últimamente muchos virtuosos capaces de tocar muy fuerte y muy rápido, de hacer mucho teatro y de levantar grandes pasiones, pero le basta a Achúcarro con un breve vals para demostrarnos que Chopin se puede tocar sin golpes, sin prisas, sin furores, atendiendo simplemente a su poesía. Después, en la Polonesa op. 53 nos dejó claro que ahí está él también para enfrentarse a obras brillantes con peligrosísimas escalas, raudos arpegios y endiabladas octavas. Y es entonces cuando vimos el amplio registro expresivo de nuestro músico, cuando entendimos que es artista de una estirpe hoy injustamente subestimada, cuando comprendimos por qué, después de más de cincuenta años de carrera al más alto nivel, sigue siendo un artista tan querido y tan admirado, especialmente aquí, en Bilbao, pues después de todo, más allá de ser uno de nuestros mejores embajadores en el mundo, Achúcarro lleva tanto tiempo ahí que forma parte de la vida musical de casi todos nosotros.