Cuidar el futuro
La labor institucional en la protección de la infancia radica no tanto en la competencia ante situaciones excepcionales, que también, sino en crear condiciones para que la propia sociedad, a través de los núcleos familiares, las minimice y corrija
LAS más de cuatrocientas páginas del informe extraordinario Infancias vulnerables elaborado por el Ararteko sobre la vulnerabilidad de los menores en Euskadi trasladan la necesidad de mantener y actualizar en esta primera parte del siglo XXI y también en las sociedades denominadas avanzadas, como es nuestro caso, el cambio de paradigma respeto a la infancia que en las últimas décadas, en lo que se ha venido a denominar el "siglo del niño" por los avances en la concreción de sus derechos, acabaron por sacar a los menores de espacios de explotación y marginalidad sustituyendo estos por ámbitos de escolarización y protección tanto desde la tutela familiar como desde la de las instituciones. Porque el desarrollo socio-económico y cultural, el respeto a la internacionalmente aceptada Convención de Derechos del Niño y la aplicación social de los derechos de la población infantil ni ha eliminado todos las situaciones de riesgo que se cernían sobre la infancia ni ha impedido la aparición de otras nuevas. Aceptado que entre estas últimas no son las menos importantes el aumento del problema de los menores provenientes de la inmigración irregular que se encuentran en situación de calle o la exclusión social de determinados colectivos, limitar el problema a esa contingencia sería un error en el cuidado de nuestra infancia, de nuestro futuro. Con dos mil niños o adolescentes dentro del sistema de protección institucional y diez mil tratados anualmente por disfunciones de conducta, incluyendo las violentas y las modalidades de acoso en porcentajes nunca desdeñables, la función tutelar de las instituciones se enfrenta también en Euskadi a nuevas situaciones ligadas, cuando no directamente originadas, a la falta de competencia, el fracaso o la incapacidad de la familia para responder a su rol de soporte de la infancia. Y en muchas de ellas debido también a la propia competitividad de una sociedad que, pese a todos los esfuerzos y llamamientos, no logra sacudirse los efectos de sus ambiciones (o simplemente de las necesidades que se ha ido creando), lo que restringe la presencia y la influencia familiar en el desarrollo infantil, creando niños con carencias afectivas o inmaduros o excesivamente independientes y, en definitiva, en situación de vulnerabilidad. La intervención inmediata ante los primeros indicios y la detección de estos, que hoy por hoy aún presenta dificultades y soporta resistencias, la asignación de recursos y la coordinación entre los existentes para paliarlas son, por tanto, labores imprescindibles; pero la verdadera competencia de las instituciones en ese cuidado de nuestro futuro como sociedad radica, no tanto en la protección de las situaciones excepcionales, que también, sino en crear las condiciones para que los núcleos familiares sean capaces de minimizarlas y en su caso corregirlas.