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Verdades sobre Gernika

La resistencia de los sucesivos gobiernos españoles a asumir y pedir perdón por el bombardeo de la villa foral es una deuda que al no ser satisfecha impide separar al Estado de su raíz franquista y cuestiona, por tanto, su legitimación democrática

SETENTA y cuatro años después de que cinco escuadrillas de bombarderos alemanes descargaran durante más de tres horas del 26 de abril de 1937 decenas de bombas de 250 y 50 kilogramos y más de tres mil proyectiles incendiarios sobre el casco urbano de Gernika, destruyeran completamente el 70% de sus edificios y causaran la muerte de cientos de personas -Vicente del Palacio y José Ángel Etxaniz (Gernikazarra Historia Taldea) han identificado a 126, aunque Hugh Thomas los llegó a cifrar en mil y Stanley Payne situó el número de víctimas entre 250 y 300- el Estado español sigue sin reconocer la realidad y sin pedir perdón de manera oficial por una masacre que, sin embargo, se asume oficiosamente por el Servicio Histórico Militar del Ejército español en su recopilación sobre la guerra civil editada en 1971. Mientras el Estado alemán, a través de su presidente Roman Herzog, sí se disculpó por su participación en el ataque ya en 1997, hace catorce años, ni la petición al Gobierno español del por entonces alcalde de Gernika, Eduardo Vallejo, -"no queremos que nadie se arrodille, solo que se desmonte la gran mentira de Franco y que la Historia diga la verdad"-, ni la del Gobierno vasco presidido por Juan José Ibarretxe, realizada en 2006 con motivo del 69º aniversario del bombardeo solicitando "un gesto de reconocimiento y una condena de aquellos actos" porque "es algo que se nos debe a Gernika, a Euskadi y al propio Estado español", ni la iniciativa parlamentaria de Iñaki Anasagasti tras hacerse público el reconocimiento por el Gobierno británico de su responsabilidad en el Domingo Sangriento, han tenido una respuesta positiva y, en algún caso, ni siquiera han tenido respuesta. Es como si el Estado español y todos sus representantes -Aralar recordaba ayer que el PSE votó en contra de una iniciativa en el Parlamento Vasco que proponía al Ejecutivo español que pidiera perdón- no fueran capaces de asumir más de siete décadas de vergüenza, mentira por acción y omisión y oprobio histórico y, por el contrario, pretendieran aún perpetuar la mentira franquista que sólo las informaciones de George L. Steer en The Times y The New York Times lograron desenmascarar ya entonces. En algún caso, incluso a costa de borrar esa memoria histórica que dicen defender y que aun permanece, dolorosa, en los supervivientes que, como Mateo Malaxetxebarria, siguen siendo testigos de aquella verdad que contara Steer. La reclamación, reiterada ayer "un año más" por el alcalde de Gernika, José María Gorroño, para que el Congreso español "reconozca la verdad" es la de una deuda política y también moral extensible a la treintena de localidades vizcainas bombardeadas por aviones alemanes e italianos, una deuda que al no ser satisfecha impide separar al Estado de sus raíces franquistas y cuestiona, por tanto, su legitimación democrática.