En el momento que usted lee esta noticia, Ibane Azpiritxaga habrá tomado tierra en Barcelona. El presidente de la denominada textualmente Caracas’ko Euskal Etxea lamentaba ayer dejar atrás su ciudad de nacimiento mientras Venezuela sigue temblando en todas sus acepciones. En Catalunya se va a casar su hermana en los próximos días e informa a este periódico de que está agendando una reunión con el Gobierno vasco para cuando pise Euskadi. También visitará el pueblo de sus mayores: Durango.
Este contable de la Universidad Católica Andrés Bello suma 30 años de edad, y una semana durmiendo solo “entre cuatro y seis horas diarias” para tratar de auxiliar en la zona más castigada por el doble seísmo, hace justo una semana, La Guaira, y en San Bernardino de Caracas siendo, como otros, rescatista sin serlo. Con ayudas llegadas de Euskadi han comprado lo básico para socorrer a personas atrapadas bajo los escombros y han llevado a donde acudían con sus vehículos 4x4 una antena Starlink para ofrecer a la población señal de internet. Han vivido momentos de verdadero desgaste psicológico al tener en sus manos la muerte. “Hemos rescatado seis personas, ninguno vivo. Por ejemplo, a un padre y un hijo, pero que su familia no les reconocía porque siendo blancos estaban morados por todo lo que les había caído encima. Con vida solo algún perro”, lamenta quien se muestra “cansado, pero seguimos al pie del cañón”, aunque en la noche del lunes regresaron los mayores temores. “Hubo una tormenta muy fuerte que nos despertó y ya parecía que venía otro terremoto. De hecho, con mi novia nos quedamos donde mi amuna –abuela de Pasaia–, porque nuestra vivienda está en un piso 14 y era mejor en una baja. Además, ayer –por el lunes– hubo una réplica fuerte”.
La colectividad vasca cuenta con 400 familias asociadas al centro caraqueño. En ella, Azpiritxaga lamenta la pérdida de Alazne Solabarrieta, Jon Sustacha y la no localización aún de Miren Koro Barriola. Koldo Olalde, pareja de Alazne, se salvó. “Koldo es el txistulari del centro y estaba en el balcón de un segundo piso, por ello pudo salvarse. Cuando comenzaron los primeros temblores, Alazne se acercó a él y llegó a darle la mano, pero cayó todo sobre ella”. El golpe resulta aún más difícil de asumir porque apenas una semana antes ambos habían compartido en la Euskal Etxea el cumpleaños de un compañero del club de frontón. Aquel mismo día del terremoto estaban invitados a regresar al centro para celebrar una parrillada con motivo de San Juan, pero decidieron quedarse en casa porque estaban cansados. “Nos despedimos como cualquier otro día, sin imaginar que no la volveríamos a ver”, recuerda Azpiritxaga. Koldo apenas sufrió contusiones y algunos rasguños, pero emocionalmente está destrozado. “Para quienes le conocemos, Alazne era su tercera muleta”, resume el presidente de la Euskal Etxea, aludiendo a la poliomielitis que padece el txistulari y al apoyo constante que ella le brindaba.
Desde que comenzaron las labores de auxilio, los voluntarios de la Euskal Etxea han recorrido tanto Caracas como La Guaira atendiendo cada petición que les llegaba. Bastaba con que alguien les señalara un edificio o les enviara una geolocalización para dirigirse hasta allí y comprobar si todavía era posible encontrar supervivientes. En ese recorrido no solo han retirado escombros. También han repartido agua, alimentos y material de primera necesidad a quienes permanecen junto a los edificios derruidos esperando noticias de familiares desaparecidos.
La antena Starlink que trasladan en sus vehículos se ha convertido, además, en una herramienta casi tan necesaria como las palas o las cuerdas. En muchas zonas de La Guaira las comunicaciones siguen interrumpidas y decenas de personas hacen cola únicamente para enviar un mensaje a familiares que viven fuera del área devastada y confirmar que continúan con vida. El dispositivo también ha servido para orientar a quienes buscaban desesperadamente a sus seres queridos y responder a las continuas peticiones de auxilio que llegaban desde distintos puntos de la ciudad.
Aunque insiste en que no puede aportar una cifra exacta, Azpiritxaga sostiene que la dimensión de la tragedia es muy superior a la que reflejan los balances oficiales. Mientras las autoridades hablaban de unas 1.900 víctimas, él asegura que basta recorrer La Guaira para comprender el alcance del desastre. Calcula que solo bajo los escombros de las cerca de 150 edificaciones completamente derruidas, algunas de hasta veinte plantas, podrían permanecer más de 30.000 personas, una estimación que basa en lo que ha visto durante la última semana sobre el terreno. “No quiero meterme en temas políticos, pero yo creo que serán alrededor de 30.000”.
A su juicio, parte de la respuesta institucional llegó tarde, aunque distingue claramente entre el trabajo de bomberos, Protección Civil y policías, presentes desde las primeras horas, y la llegada posterior de maquinaria pesada y otros recursos imprescindibles para retirar toneladas de escombros. Él mismo recuerda jornadas interminables que comenzaban por la mañana en La Guaira y terminaban ya de madrugada, después de recorrer un trayecto de apenas media hora que, debido al caos, llegó a prolongarse durante seis.
La tragedia ha reabierto, además, una herida que la diáspora vasca en Venezuela nunca terminó de cerrar. Los mayores del centro recuerdan con nitidez el terremoto del 29 de julio de 1967, cuyo estruendo sacudió Caracas, aunque sin provocar una devastación comparable a la actual. Azpiritxaga explica que quienes lo vivieron insisten en que entonces fue un único seísmo, mientras que ahora el doble terremoto terminó por derribar numerosos edificios que habían resistido el primer envite. Aquel desastre también golpeó de lleno a la comunidad vasca con la muerte del delegado del Gobierno vasco en Venezuela, Lucio Aretxabaleta, y de su esposa, Miren Txintxurreta, una tragedia que permanece muy presente en la memoria colectiva de la Euskal Etxea.
La devastación también tiene una explicación geológica. Las zonas más afectadas de Caracas se encontraban próximas a una falla situada en la ladera del Ávila, mientras que en La Guaira numerosos edificios se levantaban sobre antiguos depósitos de deslaves acumulados durante décadas. Ese terreno, explica, no ofrecía la estabilidad suficiente para soportar un doble terremoto como el vivido hace una semana. “Lo que no cayó con el primer golpe terminó desplomándose con el segundo”, resume.
Mientras tanto, miles de vecinos continúan durmiendo fuera de sus casas por miedo a nuevas réplicas. Algunos lo hacen en refugios organizados, otros en polideportivos y muchos directamente sobre colchonetas extendidas en las aceras o bajo cualquier árbol que les ofrezca algo de sombra. El curso escolar difícilmente se reanudará en los próximos meses y las organizaciones humanitarias mantienen un intenso despliegue para atender a quienes lo han perdido prácticamente todo.
En medio de ese escenario, Azpiritxaga reconoce que abandonar temporalmente Venezuela para asistir a la boda de su hermana le produce una profunda sensación de culpa. Confiesa que siente que todavía puede ser útil sobre el terreno, aunque la familia también reclama su presencia después de mucho tiempo sin reunirse. Desde Euskadi pretende seguir ayudando. Además del encuentro previsto con el Gobierno vasco, con el que la Euskal Etxea mantiene contacto permanente desde que se produjo la catástrofe para trasladar la evolución de la situación y coordinar nuevas vías de colaboración, el presidente del centro vasco quiere seguir movilizando apoyos. Tanto él como la colectividad vasca de Caracas expresan, además, su agradecimiento por la solidaridad recibida y por las ayudas que “nos continúan llegando desde Euskal Herria, así como desde otros muchos lugares”, un respaldo que está permitiendo mantener sobre el terreno las labores de asistencia a los damnificados. “También al Gobierno vasco y partidos políticos, que yo no soy político”. Después retornará a Caracas, convencido de que “esto va a ser un trabajo por delante de meses”, concluye Azpiritxaga, quien considera que su acto de ayudar es debido al “ejemplo jesuita” que ha recibido desde niño.