“Cuando una mujer ingresa a la política, ella cambia; pero cuando muchas mujeres ingresan a la política, la política cambia”. Una frase de la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet, que no deja dudas sobre la relación entre la calidad democrática de un sistema político y la actividad política de las mujeres. Una cuestión que cobra una gran relevancia en esta época de auge del autoritarismo y de puesta en duda de los principios liberales de las democracias occidentales. Más si cabe, cuando episodios recientes como las denuncias de acoso sexual en ciertos partidos políticos y en ciertas estructuras del Estado o, incluso, el acoso del que fue objeto Claudia Sheinbaum, presidenta de México, en plena calle dejan claro las resistencias machistas que aún existen hacia las mujeres que ejercen algún tipo de poder, hasta cuando es la presidencia de un país.
Varias preguntas nos asaltan en este punto. ¿Estamos ante unos episodios aislados o existe alguna relación entre el auge de los extremismos políticos de ambos signos y los ataques a mujeres que forman parte de instituciones políticas? ¿La actual crisis de la democracia conlleva un intento de expulsión de las mujeres de los ámbitos de poder político? ¿Nos encontramos, por tanto, ante una nueva ola reaccionaria que inunda todo el espectro político y que necesita expulsar a las mujeres para culminar su objetivo de dinamitar las libertades democráticas? La respuesta parece clara, corren malos tiempos para las mujeres en la política y hay una razón oculta detrás de ella.
El intento de apartar a las mujeres del poder comienza desde el mismo inicio de los sistemas políticos que nos gobiernan en occidente. Ya la Revolución francesa, el episodio que dio inicio a la historia política moderna, intentó excluir a las mujeres de sus principios de igualdad, fraternidad y libertad. Como explicaba Amelia Valcárcel, el feminismo fue un hijo ilegítimo de la Ilustración, una consecuencia no deseada, que pronto trató de silenciar. Comenzaba una larga marcha liderada por las sufragistas, para primero poder tener voz, antes de conseguir alcanzar las propias estructuras del poder. Fue Mary Wollstonecraft la que puso, a través de su libro, Vindicación de los derechos de la mujer, los cimientos para la lucha de las siguientes generaciones de mujeres con el fin de lograr la meta de la participación política plena de todos y todas en el sistema político.
Años después, el 20 de julio de 1848, un grupo de mujeres se reunió en una pequeña capilla para firmar una declaración en la que se comprometían en la lucha por la participación política de las mujeres en plena igualdad con los hombres. Aquel manifiesto pasó a la historia como la Declaración de Seneca Falls y, tras ella y multitud de luchas vendrían, primero, las leyes que posibilitaron el sufragio universal. Se consideran las elecciones de Nueva Zelanda de 1893 las primeras en garantizar el derecho al voto a las mujeres, en el Estado español fue en 1933. Sin embargo, hubo que esperar hasta 1960, y ocurrió en Sri Lanka, para ver coronadas décadas de lucha con el ascenso de la primera mujer a la jefatura de un gobierno en época moderna. Sirimavo Bandaranaike inició una lista de mujeres gobernantes en la que se inscribirían nombres ilustras como Indira Gnadhi, Golda Meir, Margaret Thatcher, Mary Robinson o Angela Merkel.
Conciliación laboral
Durante toda esa batalla histórica, las mujeres han luchado claramente en desventaja. La principal, el aunar a su calidad de políticas la necesidad de compaginar su carrera con ser madres. Algo que los hombres con los que han tenido que competir no han tenido que compaginar. Una dificultad que se complica aún más en los cargos de poder debido a la gran exigencia de horas y atención que requiere este tipo de puestos de responsabilidad. Uno de los factores clave a la hora de entender los obstáculos que deben librar las mujeres para alcanzar el poder.
La escritora Nuria Varela comienza su libro El síndrome Borgen relatando estos factores, siguiendo para ello la serie Borgen, que relata la historia de una ficticia primera ministra danesa y las enormes dificultades que sufre por su condición de mujer. En la serie, la protagonista tiene que lidiar con el problema de conciliar la presidencia de un país con el cuidado de su familia. Así, poco a poco, irá apareciendo un amplio abanico de factores que jugarán en su contra para mantener su puesto de poder, obstáculos que van más allá de los problemas de conciliación familiar.
Como dice Angela McRobbie, el momento político actual se caracteriza por una complejización de la reacción respecto a las resistencias del sistema político a compartir el poder con las mujeres. Más allá de las cargas familiares que han lastrado la lucha por el poder político, las mujeres en política suman nuevos frentes a las ya de por sí pesadísimas cargas de conciliar poder y familia: liderazgos hipermasculinizados, violencia política contra los actores políticos, fake news, agresividad en las redes sociales… Factores que también afectan a los políticos masculinos pero que, en el caso de las mujeres, son más claros e intensos. Esto hace que, como explica Varela, “en realidad, las mujeres no abandonan la política, es la política las que las ha abandonado”.
Una aseveración que los datos estadísticos reflejan claramente. En todo el mundo, menos de un ministro de cuatro es mujer. Y, a pesar de que las cifras de participación de mujeres en los puestos más altos del poder político llevaban décadas aumentando, los últimos dos años este ascenso parece haberse detenido. Con estos datos, no sorprende que la propia Naciones Unidas asuma que se tardará más de un siglo en lograr la paridad política en los gobiernos del mundo. Algo que tendrá gran incidencia no solo en los índices de paridad, sino también en cuestiones más profundas para los sistemas democráticos actuales.
Para Nuria Varela, el auge de los nuevos autoritarismos persigue como objetivo principal expulsar a las mujeres de los sistemas de reparto del poder. Ejemplos como el de Jacinta Arden, primera ministra neozelandesa que fue un auténtico ejemplo en la lucha desde las instituciones contra el covid, que terminó dimitiendo de su cargo confesando la extenuación a la que le había llevado la política. Lo mismo manifestó Nicola Sturgeon al dejar la política escocesa en 2023, aduciendo el cansancio físico y mental de la intensa presión de las redes sociales y de los medios de comunicación. Acoso del que otra líder dimitida, Liz Truss, fue un claro objetivo, al sufrir un ensañamiento por los medios de comunicación que la llevó a renunciar ante la presión contra su plan de medidas económicas. Algún periódico de gran tirada asoció a Truss con una lechuga, al tener las estas verduras en el supermercado el mismo período de consumo que los 45 días que duró la primera ministra en el gobierno. Todo un ejemplo de que el ensañamiento contra las mujeres políticas es mucho más intenso y feroz que el de sus pares masculinos.
Muchas son las formas con las que se esconde esa reacción para desplazar a las mujeres de la política. La doble vara de medir de los medios de comunicación es una sola de las formas de atacar a las mujeres que osan tomar el poder político. Las redes sociales se han vuelto un nuevo instrumento de ataque y crítica feroz. Más y cuando los errores de las mujeres políticas son magnificados frente a los de los hombres. Sanna Marin, la primera ministra finlandesa que se convirtió en la jefa de Estado más joven del mundo, fue atacada políticamente por unos vídeos en los que aparecía de fiesta con sus amigos. Incluso tuvo que realizarse una prueba sobre drogas para explicar públicamente que no las consumía. Difícil que un presidente treintañero hubiera sido obligado a explicar por qué salía de fiesta por las noches.
Paridad en la política
Está claro que esta reacción se está intensificando, sobre todo en el momento en el que los principios liberales de las democracias occidentales comienzan a cuestionarse. El momento actual, de crisis de la democracia, juega también su partida en lo que respecta a la paridad de las mujeres en la política. No es que el ascenso de los autoritarismos y la falta de libertades que puede traer una involución política expulse simplemente a las mujeres de la política. La cuestión va más allá. Si el autoritarismo quiere realmente recortar las libertades democráticas tiene que expulsar a las mujeres de la política. Ya que, como explica Varela, las mujeres son el principal factor para que los sistemas políticos continúen siendo democráticos. Es decir, cuantas más mujeres participen en política, y en cargos más altos de poder, más democrático será ese sistema.
Ahí está el quid de la cuestión. El autoritarismo requiere expulsar a las mujeres para culminar el proceso de vaciamiento de libertades de los sistemas democráticos occidentales. Y para lograr esa expulsión utilizará todos aquellos mecanismos que se dan en la lucha política, aumentando su intensidad cuando sean las mujeres las que se encuentran en los lugares más elevados de gestión y decisión. Este intento de expulsión de la mujer del ámbito público, por tanto, va más allá de la usual marginación de esta de los ámbitos del poder. Estamos ante una agenda para introducir el autoritarismo, y la participación de las mujeres en política es el principal antídoto contra la ola reaccionaria que nos acecha.
Pero muchas veces esta reacción se infiltra en discursos que parecen defender la igualdad. Un ejemplo claro, la puesta en duda de las instituciones públicas como principal instrumento para acabar con la desigualdad. Muchos actores y movimientos políticos enarbolan discursos anti-institucionales en la lucha a favor de la igualdad, incluso tildándolos como los principales agentes de la desigualdad. Es verdad que históricamente las estructuras políticas y las instituciones adheridas a ellas no han estado a la altura de la defensa de la igualdad y, sobre todo, de las víctimas de la violencia machista. Pero tenemos que tener claro que las instituciones deben ser la principal herramienta a favor de la igualdad, no solo porque es su deber y porque en sus manos se encuentran los mayores recursos económicos y humanos de la sociedad; también porque esas mismas instituciones deben ser el lugar en el que cada vez más mujeres deben integrarse y participar del poder político.
Si el feminismo es una lucha por la palabra, cuanto más democrática sea la sociedad más fácil será que las mujeres tomen la palabra. Y cuantas más mujeres tomen la palabra mayor será la libertad de la sociedad que escuche esas palabras. En consecuencia, más fuertes y más igualitarias serán las instituciones de las que se dote la sociedad. La lucha por la democracia, por tanto, va más allá de las libertades individuales y colectivas. Es también una lucha por la igualdad. Y esa igualdad irá asociada a la calidad democrática de la sociedad y de las instituciones. La participación política de las mujeres va más allá de la justicia, es una necesidad para que las democracias persistan. Sin mujeres liderando las instituciones no habrá democracia. Mujer y democracia son ideas inseparables. No olvidemos por tanto que democracia es un nombre de mujer…