La masacre de Hama fuerza a la comunidad internacional a movilizarse contra Al Assad
Turquía, aliado de Siria, asegura en una dura respuesta que "no podemos mantenernos callados"
Damasco. El Ejército sirio continuó ayer su ofensiva contra las ciudades de Hama, Deir el Zur y Albu Kamal, con un balance de al menos seis muertos y decenas de heridos, que se suman al centenar de fallecidos registrados el fin de semana. Los habitantes de Hama denunciaron ayer que los tanques del presidente Bashar al Assad volvieron a disparar contra la población, mientras que un gran número de tanques y francotiradores avanzaba sobre Deir al Zor. "Están empleando artillería y armas de defensa aérea", señaló un residente a la cadena catarí Al Jazeera. "La situación es muy mala, las medicinas y las provisiones de alimentos se están agotando", añadió.
Esta masacre, la mayor desde que comenzaron las protestas, ha provocado una contundente respuesta de la comunidad internacional, desde Estados Unidos a la Unión Europa e, incluso, Turquía, uno de los aliados de Siria. "No podemos mantenernos callados y aceptar esta sangrienta atmósfera justo cuando empieza el Ramadán", declaró el presidente Abdulá Gül. "Es imposible mantenerse en silencio ante estos acontecimientos que todos hemos podido ver. Urjo a la administración siria a detener la violencia contra el pueblo y a poner en marcha las reformas necesarias para construir el futuro del país a partir de la paz y la estabilidad", añadió. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tenía previsto reunirse ayer de urgencia para analizar el recrudecimiento de la represión y emitir una condena.
Alemania, Francia y Gran Bretaña quieren que el órgano condene finalmente a Damasco tras varios intentos infructuosos en el seno de Naciones Unidas por el rechazo de China, Rusia, India, Sudáfrica, Brasil y Líbano. Asimismo, los países de la Unión Europea congelaron ayer los activos de otras cinco personas vinculadas con la represión de las revueltas que se unen a una lista de 35 nombres. Sin embargo, estas manifestaciones no parecen intimidar al presidente Al Assad, que ayer volvía a elogiar a sus tropas. En una felicitación publicada en la revista del Ejército con motivo del 66 aniversario de su creación, el mandatario sirio destacó que las Fuerzas Armadas ha demostrado "lealtad a su pueblo, a su país y a su credo".
Al Assad señaló que existe una conspiración cuidadosamente preparada para fragmentar Siria y toda la zona, pero, según él, "quienes la han tramado olvidan que Siria tiene características únicas que la hacen inmune a las conspiraciones". El presidente sirio a unido su destino al del Ejército desde el comienzo de las protestas en marzo, que han sido duramente reprimidas por los cuerpos de seguridad y los militares, y ha colocado al frente de las tropas a familiares suyos de la minoría alauí a la que pertenece.
Cuatro meses de pulso Las tropas de Al Assad entraron el domingo a sangre y fuego en Hama, uno de los símbolos de la resistencia al régimen sirio. Cortaron la luz y el agua al amanecer para entrar con tanques y disparar indiscriminadamente sobre la población, provocando casi un centenar de víctimas mortales. La intención del régimen es machacar cualquier intento de protesta durante el Ramadán. Y es que los opositores habían anunciado que cada día del mes de agosto sería una jornada de protesta contra el régimen, intensificando así la presión que se inició hace más de cuatro meses.
Inspirados por las revoluciones de Túnez y Egipto, los opositores se echaron a las calles por primera vez el pasado 14 de marzo en la ciudad sureña de Deraa. La respuesta de Al Assad fue la represión, y la protesta, en un principio minoritaria y focalizada en el sur, se fue extendiendo a otros pueblos y ciudades. El presidente sirio envió tanques y tropas para restaurar el orden y evitar escenas como las de la plaza de Tahrir. Asimismo, culpó a "bandas armadas y terroristas" de los disturbios. Ciudades como Deraa y Homs fueron sitiadas durante días, y cientos de personas murieron cuando francotiradores y tanques dispararon contra manifestantes desarmados en los conocidos como viernes de la ira.
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Decenas de opositores fueron detenidos durante la noche, mientras que la electricidad y las comunicaciones fueron cortadas. A los periodistas internacionales se les impidió la entrada y el régimen desplegó a sus secretas por todo el país. Cualquier movimiento era observado con lupa y motivo de un tortuoso interrogatorio durante horas por parte de las fuerzas del orden. A medida que el malestar se extendió por la zona norte del país, las tropas sitiaron la ciudad siria de Yisr Shughour, cercana a la frontera con Turquía, donde el Gobierno dijo que 120 agentes de seguridad murieron a manos de los manifestantes.
La represión provocó el éxodo de unas 10.000 personas al país vecino, donde aún permaneces miles en campamentos de refugiados. En total, 2.000 personas han muerto en Siria desde que comenzó la revuelta. Pero las protestas aún no han estallado en la capital, Damasco, ni en la segunda ciudad más importante del país, Alepo, que se encuentran fuertemente custodiadas y vigiladas por guardias de seguridad.
Régimen cerrado El régimen de los Al Assad, que gobiernan Siria desde hace 40 años, es uno de los más cerrados de los países árabes. La última respuesta a las protestas es una nueva demostración de ello. Para Bashar Al Assad, al igual que para su padre Hafez, la palabra libertad es una utopía. Bashar llegó al poder en 2000 con la promesa de apertura democrática, sin embargo, tardó muy poco en seguir los pasos de su progenitor: encarceló a activistas, prohibió los foros políticos, los partidos, las organizaciones de derechos humanos y sometió internet a la censura.
Denuncias de corrupción y nepotismo han sido la moneda corriente entre los excluidos, la mayoría suní del país, que representa el 74% de la población, mientras que el poder se sigue concentrando en manos de su familia y los miembros de la comunidad alauí. El régimen todavía puede movilizar apoyo entre estos grupos minoritarios y las clases altas.
Los contrarios a la caída del régimen esgrimen riesgos a una guerra civil, mientras que en el exterior temen que una eventual Siria sin Al Assad provoque inestabilidad en toda la región, principalmente en Palestina y Líbano. De la comunidad internacional no se han escuchado desde el principio las contundentes críticas que sí lanzaron contra Gadafi: ni de la Liga Árabe, que apoyó la campaña de bombardeos de la OTAN en Libia y sobre Siria se mantiene en silencio, ni de Occidente, que ha esperado hasta ahora para pedir la dimisión de Al Assad. Tampoco se verá una intervención militar como la de Libia; como reconoció ayer el ministro de Exteriores británico, William Hague: "No existe ni la más remota posibilidad".
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