Los despiden, sin beso por culpa de las mascarillas, a la puerta del colegio, pero ya no como si fueran a la guerra. Podados los matojos de nervios de los primeros días, consultada una pequeña muestra de los implicados, se podría decir que el retorno a las aulas es ya una prueba superada. Con buena nota, según las familias. Con un esfuerzo titánico y escaso apoyo institucional, según el profesorado. Con cierta preocupación por parte del alumnado, que teme contagiarse y volver a la "costosa" enseñanza on line.

Estrenó primero de Bachillerato "un poco nervioso" porque su aula iba a estar más concurrida y no sabía si iban a poder respetar las distancias de seguridad. Tachado el mes de septiembre en la agenda escolar, el gusanillo sigue en la mochila. "Lo peor es el miedo de contagiarme o contagiar a mis seres queridos. La seguridad siempre se puede mejorar porque el hecho de estar treinta personas en la misma clase añade un miedo más a la lista", confiesa Julen Alonso, alumno del instituto Unamuno de Bilbao. Aunque les adjudicaron un aula "más grande", no lo suficiente, dice, como para cumplir el metro y medio de separación. "Seguimos bastante cerca unos de otros. Estamos todos con las mascarillas, pero muy juntos".

A no ser que sea "para comer o beber algo", sus compañeros y compañeras no suelen retirarse las protecciones faciales y Julen siempre ha visto "a todo el mundo echarse gel". El pero, insiste, está en la proximidad. "Se supone que nadie debería levantarse, pero la gente se acerca a la mesa de los demás. Eso sí que me parece mal", señala. Eso y que en el recreo "se acercan bastante más solo por el hecho de no estar controlados". "Debería de haber más ganas de sobrellevar esto bien", reivindica.

Por lo demás, la mascarilla le incordia lo justo y necesario. "Es muy incómodo hablar con ella y a veces dificulta la comunicación, pero se repiten las cosas y ya está", asume. Lo mismo que ha estado repitiendo el profesorado materia del curso pasado porque "con el confinamiento todos aprendimos bastante menos".

Adentrarse en segundo de Bachillerato sobre las arenas movedizas de una pandemia no es nada tranquilizador. Más que nada porque este curso desemboca en la temida Selectividad. "Me preocupaba y más por la situación que estábamos viviendo", reconoce Untzizu Pereda, que comparte instituto con Julen en Bilbao. A día de hoy, se sincera, aún no se ha relajado, sobre todo por el trasiego de estudiantes. "Se supone que no podíamos salir del aula, pero la gente no lo ha respetado. Cuando cambiamos de clase para ir a las optativas nos cruzamos no solo con gente de Bachiller, sino también de la ESO. En los pasillos sí que se ve un poco más de caos", lamenta. La vigilancia que "se supone" que iba a haber en los espacios comunes, dice, suele brillar por su ausencia. Aun así, el orden se ha mantenido "bastante bien" en los baños y se "ha respetado" el uso de las mascarillas.

Entrada en materia, le inquieta la posibilidad de volver a las clases on line porque "cuesta más entender e interiorizar" el contenido. "Me preocupa que nos confinen y no tener clases presenciales porque es más difícil atender y preguntar. También a los profesores les cuesta más y, a la hora de hacer los exámenes, es un poco más lioso", explica.

Cuando llega el recreo, en el patio, la pandemia también acapara protagonismo. "Lo comentamos porque afecta a nuestra vida normal. Cuando confinaron a una clase de la ESO estuvimos hablando de cómo nos preocupa, sobre todo, que les pueda afectar a nuestros familiares porque nuestros padres tienen que trabajar. Y si tienes aitites o amamas, eso sí que nos preocupa mucho más".