Bilbao - Cuando los bilbainos escucharon que 100.000 aficionados al rugby llegarían a su ciudad para disfrutar de las finales europeas, se imaginaron hordas de tipos grandes y barbudos capaces de levantar un barril de 60 litros de cerveza, a pulso y con tan solo una mano, antes de bebérselo entero. Pero no fue así. No todos llevaban barba. Lo cierto es que, bromas aparte, los seguidores del deporte del oval dieron ayer a la ciudadanía vizcaina una lección de camaradería y, de paso, acabaron con los estereotipos que les persiguen. Porque ayer en el botxo no todos eran armarios y bisontes, ni fuertes ni gigantes -aunque el cliché de la sed eterna se cumplía bastante-. El botxo se llenó de gente de todos los tipos, lugares y aficiones; y el rugby los mezcló y revolvió hasta hacer las combinaciones más disparatadas.

Ese fue el caso de Jones Sathler y Elisabeth Fernsby, dos ingleses que se acababan de conocer y ya se amaban. Cosas del rugby. O de los ingleses. Él de Oxford y ella del mismo Gloucester, tuvieron que viajar a Bilbao para encontrarse. La camiseta rojiblanca de su equipo les hizo acercarse y las palabras, empapadas de cerveza, gustarse. El caso es que ambos tortolitos acabaron perdidos de sus respectivos amigos y, al sol en una terraza de San Mamés, apuraban sus vasos mientras compartían sus primeras confidencias. “El rugby suele hacer estas cosas. Es lo bueno de este deporte, que te permite conocer a gente muy interesante. Quién sabe, igual contamos este día en nuestra boda”, se atrevió a bromear Sathler. Aunque la cara de Fernsby dejaba claro que eso no iba a pasar nunca. Lo de la boda, claro, porque esta historia es digna de contarla.

“Dos cervezas grandes” Siguiendo la calle, a la salida del metro, se encontraba Donal O’Brien que, junto a su hermano, fotografiaba el mapa del suburbano bilbaino. Quizá porque no querían perderse nada. O quizá porque ya se habían perdido. Sea como fuere, ambos pusieron rumbo al bar de enfrente, donde levantaron la mano hacia el camarero para pedir “dos cervezas grandes”. Su acento y apellido les delataron. Irlandeses. Y su historia vino a confirmar lo que nadie se creía: que a Bilbao también vendrían aficionados extranjeros que no iban a ser aficionados de ninguno de los cuatro finalistas. Porque los O’Brien eran irlandeses sí, pero no del Leinster, sino del modesto Connacht de su natal Galway. Sabían que su equipo no estaría en Bilbao, pero aún así compraron las entradas hace ya más de un año. “Cómo nos vamos a perder la final de Champions, es de locos”, dijo Donal. Y es que estos dos hermanos van a esperar hasta hoy para entrar a San Mamés, mientras que la jornada de ayer la dedicaron a “comer jamón”, turistear por el botxo y “probar el vino con Coca Cola”. Aunque quedó patente que el kalimotxo nunca desbancaría a sus amadas pintas.

Ya en el Casco Viejo, la Plaza Nueva fue testigo de que el rugby es un deporte diferente. Que sus aficionados son familia, aunque acaben de conocerse. Y aunque hoy se jueguen el mayor título europeo. Los Leix, de Leinster, y los Bousquet, de París, se conocieron por la mañana en el tranvía, mientras se dirigían al Guggenheim. Y, desde entonces, ya no se separaron. Ambas familias animarán esta tarde a distintos equipos, pero eso no evitó que ayer descubrieran Bilbao juntos. “Si perdemos, nos alegraremos por ellos. Y, si ganamos, pues ya les invitaremos a algo para que se les pase un poco el disgusto”, rió el mayor de los Bousquet. Con todo, el padre de los Leix también llegó a la capital vizcaina para romper otro estereotipo: no a todos los amantes del rugby les gusta la cerveza. Sí, ver para creer. Pero es así. De hecho, el irlandés apretujaba la botella de agua contra su mano y sonreía rodeado de jóvenes con cañas. Todos necesitaban hidratarse en la primera de las jornadas del deporte del oval en la villa.

Duelo de cánticos Quienes sí disfrutaron, y mucho, de la mezcla de lúpulo y cebada fueron un grupo de galeses y una cuadrilla de gernikarras. De hecho, los vasos parecieron quedárseles pequeños y empinaban directamente de las cubiteras. Ataviado con la falda típica de su región, un pelirrojo tan alto como un pívot consiguió lo que casi nadie ha conseguido en Bilbao. Ni siquiera las mejores verbenas. Poner a bailar a media Plaza Nueva. El joven galés se colocó en medio de ambas cuadrillas, en una esquina de los soportales, y empezó a cantar muy alto en un inglés muy cerrado -quizá por su lugar de origen o quizá porque no era su primera cubitera-: “¿Estáis felices?”. “¿Estáis felices?”, repitió. Y cuando todos los presentes atronaron un “sí” ensordecedor, volvió a chillar: “Pues entonces girad, ¡girad!”. Y el mismo empezó a dar vueltas, eso sí, sin soltar su cerveza. Un auténtico artista. Cuando el recital de Prichard acabó, entre aplausos, fue el turno del repertorio local. Y entonces un representante del Gernika cogió la batuta y deleitó a los presentes. Desde canciones tradicionales hasta míticas de Los Simpsons, el aficionado foral se convirtió en un buen telonero que animó el ambiente antes de emprender el rumbo hacia San Mamés, donde por la noche el Gloucester y el Cardiff Blues ofrecieron un bonito espectáculo. A la espera del plato fuerte de esta tarde, con Leinster y Racing 92 pugnando por la Champions Cup.

Porque, cuando la tarde ya terminaba y la hora del encuentro se acercaba, miles de seguidores se levantaron de sus sillas, dejaron sus vasos en la barra y emprendieron la ya típica peregrinación hacia La Catedral, donde la cerveza tampoco faltó, por cierto. Curioso fue ver varias camisetas del Athletic durante el trayecto, de aficionados sorprendidos por la marabunta rugbier y de seguidores que también entrarían al estadio para disfrutar de la pugna por el título de la Challenge Cup. Y es que entre los miles de foráneos que se divirtieron ayer en la capital vizcaina hubo otros tantos locales que se sumaron a la fiesta. Ayer el botxo, más que el escenario de una final, pareció la sede de un festival. Porque, aunque en San Mamés hubiera un perdedor, fuera del estadio ganaron todos. Porque ayer Bilbao descubrió lo bonito que es el rugby. Un deporte que enamora y que los vizcainos están conociendo en todo su esplendor.