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No acaba la guerra del pinganillo

UCI y equipos se reúnen hoy en Suiza para hablar sobre las nuevas restricciones

No acaba la guerra del pinganilloFoto: efe

bilbao. Es muy probable que Armstrong tenga razón cuando dice -lo dijo ayer en un periódico australiano- que la anarquía, el caos, el sinsentido es la losa que arrastra el ciclismo como una penitencia eterna. También está inspirado cuando habla de la desunión, la insolidaridad de un gremio tan unipersonal e íntimo como la propia identidad de un deporte que en esencia se define como la agonía silenciosa y personal de un hombre contra sí mismo, contra los elementos, contra la naturaleza. O atina el texano cuando reflexiona sin necesidad de profundizar pero con cierta envidia de otros deportes, de otro tipo de gestión, del orden, de la agilidad, la capacidad de autodefensa que en muchos casos consiste simplemente en no agredirse a uno mismo, en atisbar un problema, atraparlo y con celeridad solucionarlo y archivarlo con sigilo, sin hacer ruido. Así funciona en todos los deportes: lavan sus trapos en casa. Luego está el ciclismo, donde los problemas, cualquiera, se convierten en batallas inmisericordes que no tienen fin y que son tan públicas y vergonzosas como las peleas callejeras. No acaba, por ejemplo, la del pinganillo, que enfrenta a la UCI, partidaria de su prohibición, y los equipos, inmóviles en la defensa del aparato que une por radio a ciclistas y a directores. Hoy se enfrentan de nuevo. En Suiza. Territorio neutral.

Discuten sobre las nuevas restricciones que el ente que dirige Pat McQuaid ha previsto para esta temporada y que recoge el artículo 2.2.024 de la normativa de la UCI, que es una modificación que ahonda en la creencia de que el pinganillo neutraliza la capacidad de improvisación, genialidad y visión de los ciclistas y, por tanto, es el padre del ciclismo calculado, milimetrado, matemático, gris, decadente. El chisme ya fue desterrado de los Mundiales de ciclismo en 2010, de las carreras junior y sub"23 o las pruebas de carácter nacional. Y en el Tour de Francia de 2009 la organización probó durante dos jornadas a liberar de esa atadura a los ciclistas, sin diferencias aparentes.

Ahora, la prohibición se extiende a todas las carreras ciclistas que conforman el calendario de la UCI salvo a las 27 que integran el nuevo World Tour, donde convergen las carreras del Pro Tour y las que organizan las tres grandes. Estaría vetado su uso, por ejemplo, en el Criterium Internacional, Milán-Turín, París-Tours o Giro del Trentino. Por ahí es por donde no pasan los equipos.

En octubre, un día después de la presentación del Tour, 20 equipos pertenecientes a la AIGCP, la asociación que los aglutina, se reunieron en París y además de ratificar a Jonathan Vaughters, manager del Garmin-Cervélo, como su presidente, decidieron por mayoría aplastante -18 votos a favor, dos en contra- luchar por mantener el pinganillo en todas las carreras profesionales. Lo que dicho de otra manera es negar a la UCI, discutir su ley como ya hizo el Tour.

Hay quien ve en esa rebeldía una fortaleza y cohesión desconocida en un organismo hasta ahora desmembrado, caótico e ineficaz.

"Cuando la UCI tomó la decisión de empezar a eliminar el pinganillo la asociación estaba muy dispersa", reconoció Vaughters a Velonews. "Ahora somos un grupo fuerte y funcional. Y el asunto de la radio es el primer test de la nueva AIGCP".

Otros, más escépticos, más realistas, definen la guerra por el pinganillo como una iniciativa concreta y lo desligan de una política de acción más global y transgresora. "Es, simplemente, luchar por defender algo que nos interesa", niegan mayor trascendencia. Es un paso.

Vaughters, que en la reunión estará acompañado por Johan Bruyneel y Serge Parsani, no habla de las medidas que podrían adoptar en caso de que la postura de la UCI sea inamovible. "Esperaremos a ver qué ocurre y luego estudiaremos las opciones que tenemos".