El Último de la Fila: ‘dulce sueño’ cumplido
El BEC acogió anoche la segunda y última cita con el dúo, tan entregado y feliz como los 16.000 seguidores que corearon todos y cada uno de sus clásicos
Quimi y Manolo, Manolo y Quimi refulgieron cual luciérnagas anoche de nuevo en el BEC de Barakaldo en la segunda y última cita de la gira de regreso y agur definitivo de El Último de la Fila a lo largo de algo más de dos horas preñadas de nostalgia. Parapetados en sus letras poéticas y sus melodías pizpiretas entre el rock, el pop, el deje flamenco y la psicodelia, lideraron un karaoke masivo ante 16.000 personas que se habían acordado muchas veces de ellos en estos últimos 30 años de hiato. Hubo sonrisas infinitas y hasta llantos provocados por la pasión y la alegría infinita de volver a escuchar clásicos de la música popular como Insurrección, Soy un accidente, Aviones plateados, Sara o Como un burro amarrado en la puerta del baile.
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Más de 30 años después de su último concierto, en Granollers, en marzo de 1996, el dúo que mejor ejemplifica la amistad y el genio creativo entre un (casi) payés y un (orgulloso) charnego volvió a arrasar una semana después en Bizkaia. Sin sorpresa alguna en el repertorio, ni en la escenografía, ni en la entrega desaforada, El Último… ejemplificó eso que solo está en manos de unos pocos: el poder de unas canciones –sonaron 25 propias– que han calado a fuego en el imaginario popular, convirtiéndose en himnos y una banda sonora ligados a años y episodios juveniles que ahora su público rememora con tanta alegría como nostalgia de un tiempo vivido que no volverá.
La peña, que diría Manolo, tenía ya cierta edad, claro. Los viejos hippies, ellos, estaban de vuelta ante un BEC entregado de antemano cuando sonó, casi hard rock, la surrealista Huesos, de Los Burros, precuela de El Último, que diría la Generación Z. Retumbaba en el pabellón “cómo te voy a querer” y aquello era ya un hervidero. El grupo, con Manolo con unas gafas negras que le duraron dos minutos y que saludó con un “kaixo, zer moduz?”, siguió mirando por el retrovisor con otro –digamos– rebuzno antiguo y de corte antimilitarista, Conflicto armado, en el que nos pareció que cambiaba el original Iraq por el bien traído Irán. Lo encadenó con Querida Milagros, otro grito pacifista, la carta del soldado Adrián, tan viva y de actualidad, que coloreó con gracejo la guitarra española de Pedro Javier González.
Manolo, quien, cual cebolla, fue aligerando su vestuario quitándose pañuelos, camisas y chalecos, ya había intentado hablar en euskera –malamente, claro, antes de un definitivo “vamos a cantar y bailar”–, desplegado sus primeros melismas vocales y demostrado el buen estado de revista de su garganta cuando sonaron los ecos morunos de Mi patria en mis zapatos, con sus palmas flamencas y la batería del vasco Ángel Celada atronando el BEC.
Ya ahí, justo después de inundar de poesía el pabellón con Sin llaves, demostraron su inteligencia al confirmar que buena parte de su repertorio se centraría en sus primeros discos –con mayor incidencia en el segundo, el insuperable Enemigos de lo ajeno, cumbre del pop en castellano– al sonar entre palmas algo apagadas las incuestionables Aviones plateados, la historia de un voyeur celoso, y El loco de la calle, el del “ansia de vivir” que dejó un duelo inolvidable entre los mástiles de Pedro J. y Quimi.
Felices arriba y debajo
Penaba Manolo su dolor ante el paso a la edad adulta con No me acostumbro, con su riff sucio y eléctrico, cuando quedó claro que el regreso del dúo tiene su razón de ser en la amistad y la felicidad que sienten al recuperar su legado, especialmente el vocalista, siempre entregado, sonriente y buscando el abrazo y el sudor compartido con su gente. Años de inocencia que rescataron con Dios de la lluvia antes de que sonara una de sus cumbres, Soy un accidente, esa crónica de la insignificancia y fragilidad del ser humano que dio relevo a La piedra redonda y a la emotiva balada Mar antiguo.
Ayudados por un sonido con tanta pegada como prístino, sobre todo en la primera parte, y el buen hacer de la banda, que incluyó a miembros originales como el bajista Antonio Fidel, el guitarrista Josep Lluís Pérez y el teclista y segundo batería ocasional Juan Carlos García, fueron picando de todas las épocas de su discografía, de la juvenil Disneylandia, con su letra sobre el fin de la inocencia e interpretada en un sofá y un capirote en la cabeza que acabaron bajo el escenario, a la citada Sin llaves, única de su último disco, cuando parecía que la fórmula mágica daba señales de agotamiento.
Fue entonces cuando, como sucedió la semana pasada, Manolo y Quimi se saltaron el guion prefijado para anunciar Martin Larralde. “Hurrengo kantua Ruper Ordorikaren da”, se le entendió a Quimi. Y cuando ambos se turnaban en el inicio apareció “el guapo de Oñati”, tal y como le presentó el guitarrista. Al euskaldun no le cabía ni la sonrisa ni la felicidad en el rostro mientras daba cuenta de una de sus mejores canciones ante una audiencia desconocida para él por lo multitudinaria.
Canciones, solo canciones
Sin añadidos extra, excepto las postreras lluvias de confeti y globos con forma de peces, algo de humo y fuego y una eficaz propuesta en las pantallas de video, el dúo se sintió siempre libre debido a una escenografía limpia que facilitó el movimiento de la banda. Con Quimi relajado, en un discreto segundo plano y dando juego a sus compañeros, fueron sonando Cuando el mar te tenga, con sus ecos psicodélicos, la juguetona El que canta su mal espanta y Canta por mí, en la que el vocalista se dio un baño de masas recorriendo la pista de arriba a abajo. Como si fuera necesario pedírselo a su gente, que ya se dejaba la garganta, tanto o más que las cumplidoras coristas, Irene Miller y Eva Reina, antes de que el dúo recordara Llanto de pasión y la grada confesara aquello de “me he acordado muchas veces de ti”.
Manolo le hizo un guiño al graderío al compartir Lápiz y tinta con ese verso explícito –“el placer de reencontrar el limbo de un tiempo que se nos va”– y otro a su hija Sara, guitarrista invitada que apareció para interpretar su canción homónima y que tuvo una presencia explícita ya hasta el final del concierto. Llegaba la recta final, entre imágenes de animales de cuatro patas, peces, pájaros raros y lemas surrealistas como Compro oro y Vendo Opel Corsa, cuando la alternancia de arrebato eufórico con el sosiego de las baladas se rompió al sonar Lejos de las leyes de los hombres. La evidencia fue palmaria. Estaban juntos, arriba y debajo, antes “a miles de kilómetros”, ahora casi “entre mis brazos”, como cantó Manolo.
El arreón final fue de órdago. Tras múltiples loas al público vasco y al que venía de otras comunidades, incluidas unas trabajadoras colombianas, Quimi atacó con saña su guitarra para interpretar su canción favorita de esta gira, Dulces sueños, que sonó algo anárquica entre efluvios morunos, con el público palpitando y múltiples solos de guitarra, uno de ellos de la juvenil Sara.
Tras un largo descanso anticlímax de siete minutos, la banda recuperó el escenario con Ya no danzo al son de los tambores –la de “como barca en la mar...”–, y se lanzaron ya, kamikazes y apoteósicos, con Los ángeles no tienen hélices y su armónica, la popular y rumbera Como un burro amarrado en la puerta de baile, y la inevitable Insurrección. La gente abandonó el BEC tras la versión de El rey, una jota navarra a cargo del batería y un mensaje ecologista de Manolo. Y lo hizo cantando aquello de “dónde estabas entonces cuando tanto te necesité”. Feliz y con muchos retales de su vida recuperados y encapsulados para siempre en la memoria. ¡Ah, la nostalgia, tan agradecida como peligrosa!
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