James Rhodes (Londres, 1975) es uno de los pianistas más influyentes y mediáticos del panorama internacional. Hoy ofrecerá en el Teatro Campos de Bilbao un recital nada convencional, Manía, que narra su recorrido desde “el infierno en el Reino Unido”, donde sufrió una infancia terrible, víctima de abusos de su profesor desde los seis a los once años, hasta el “paraíso que ha encontrado en España”. Y lo hará acompañado de la música de Brahms y Rachmaninov.
Últimamente, no para.
No me voy a quejar, es un lujo. Además, le he pedido a mis promotores que, por favor, me consiguieran una noche extra para llegar un día antes a Bilbao y poder explorar un poquito la ciudad con mi cámara porque estoy enamorado de esta ciudad. He tocado y he visitado bastantes veces Bilbao y hay algo en el ambiente que se siente bastante especial, es como un país diferente.
En esta ocasión va a presentar su octavo disco, ‘Manía’. Lo define como narración y música. ¿A qué se refiere?
En el concierto hay piezas de 20 minutos y con cada una cuento una pequeña historia, como de un par de minutos, para explicar un poquito el contexto sobre la pieza y lo que significa para mí, vincularla con mi propia experiencia.
¿Y por qué ha seleccionado a compositores como Brahms y Rachmaninov?
Estaba intentando pensar en una pieza para representar lo que es para mí Inglaterra, que es un país con un ego tan grande, tan lleno de narcisismo y, a veces, muy hostil, casi violento. Y hay una rapsodia de Brahms que representa esta idea para mí, la de que somos mejores que todos los demás, la superioridad moral, es como la rapsodia del Brexit. Luego interpreto otra de Rachmaninov, que tiene tal nivel de paz que parece que está tocando Dios. Es como la paz que he encontrado aquí. Y la siguiente está llena de rabia, de lucha contra sí mismo. Cuando se apagan las luces y hay una sola luz enfocando el teclado del piano, podemos desaparecer y desconectarnos por completo y escuchar esta música tan inmortal. Es una manera de recargar un poquito las pilas.
Tiene una gran capacidad para conseguir acercar la música clásica a públicos nuevos.
La verdad es que a mis conciertos acude un público de todas las edades, un poco de todo. He tocado en el Festival Sónar, en las Noches del Botánico, que incluyen rock. Y en todo el mundo, desde Australia hasta Hong Kong y Alemania y, obviamente, en Inglaterra, y siempre hay adolescentes, gente de veinte y pico o treinta y pico años para los que es su primera vez en un concierto de música clásica. El mundo de la música clásica suele ser muy cerrado, hay tantas reglas de lo que tienes que llevar, cuándo tienes que aplaudir, qué tienes que entender... Y es todo una patraña. Necesitas dos oídos y nada más. Además, me pongo un poco triste con el estado de educación de la música en este país y, en general, en todo el mundo porque los niños y los jóvenes no tienen acceso. Si tú no perteneces a una familia próspera, no puedes tomar clases de piano. Cuando la gente va a uno de mis conciertos ve a un tipo sencillo. No somos distintos por ser músicos, esto es igual que cualquier otro trabajo. Yo llevo pantalones con los que estoy cómodo, no un smoking, porque no es algo sagrado como si estuviéramos yendo a misa y no a relajarnos y a escuchar música. Lo importante es la música, la necesitamos, mira cómo se comportan en el Congreso, lo que está pasando en el mundo. Y es que necesitamos cosas así. Hay una palabra maravillosa que no existe en inglés, que es duende, tenemos que encontrarlo de cualquier manera, ahora más que nunca, incluso si es solo para una hora u ochenta minutos para escapar un poquito de la realidad.
En sus conciertos despliega una gran energía, son muy físicos. Ha llegado a tocar hasta 80.000 notas en un solo recital.
Sí, de hecho cuando estoy ensayando con mi Apple Watch me saltan muchas alarmas por los latidos de corazón, como si estuviera corriendo un maratón. Pero sí, mis conciertos son bastantes físicos y más de memoria, la verdad. Suelo tocar 80.000 notas, cada una de ellas con un dedo en concreto y cada nota con un peso hasta de medio gramo. Es complicado como cualquier cosa, pero es algo que aprendes y mejoras. Y yo también lo hsho con el piano, tengo la suerte de que la primera cosa que hago por mañana, cuando el reloj me suena a las nueve, voy al piano y empiezo a mirar mi vida con Chopin. Y es un lujo. Y además me pagan. Voy a Bilbao, a un hotelazo, al lado del Guggenheim. Voy a tocar en el Campos, que para mí es uno de los teatros más bellos que he visto en mi vida y en un piano que vale 200.000 euros. Es una pasada. Es increíble la suerte que tengo.
Ha confesado en muchas ocasiones que la música además ha sido para usted como una especie de llave para desbloquear algo muy profundo.
Ha sido como un viaje al interior, vivimos en un mundo donde estamos tan enfocados en lo que está pasando por fuera, las pantallas, las publicidades, las redes... y es todo un espejismo. Hay que mirar hacia el interior. Cuando toco a Chopin es como estar tocando el cielo. Es un momento muy íntimo y muy bonito para mí y ojalá para el público también.
Sufrió abusos sexuales de niño.
Gracias a Dios, descubrí algo que es una manera de escapar y dar esperanza. Y eso fue la música. Para otra gente puede ser el deporte, escribir.... Lo importante, si tienes suerte, es encontrar algo. Mi infancia fue muy complicada, pero tuve la suerte de encontrar en la música una especie de terapia.
Aparte de ser un reconocido músico internacional, también ha luchado impulsando una ley de protección de la infancia. Incluso lleva su nombre, la ley Rhodes.
Cuando me pidieron ayuda desde Save the Children, pensé, obviamente, que iba a intentar ayudar y si se quería conseguir una ley, había que ir a la Moncloa. Entonces, fui ahí y tres años más tarde, Vox intentaba deportarme solo por estar vinculado, creo, con Pedro Sánchez. De repente, no era un pianista genial, era el perro de Sánchez. Pero lo hemos conseguido, es una ley maravillosa, aunque claramente todavía hay mucho más trabajo que hacer. Según las Naciones Unidas, ahora España es el país número uno del mundo en el tema de la protección infantil por esa ley, pero siempre tenemos que seguir luchando por los niños. No pagan impuestos, no votan, pero necesitamos que los políticos estén dispuestos a gastar energía y, lo más importante, dinero en la infancia. Desgraciadamente, siguen ocurriendo casos que conocemos todos los días. Ahora nuestros niños están mucho más protegidos, pero no van a desaparecer las amenazas de los pederastas, de los abusos de poder que se encuentran no sólo en la Iglesia, en familias, en equipos de fútbol, en las escuelas... en todas partes. Hay muchísima gente que está luchando por ellos y eso es algo muy bonito. Hay días en los que pienso que el mundo está totalmente jodido, pero luego recuerdo que hay un montón de gente dispuesta a ayudar.