Jorge Drexler: amor y baile ante tanta incertidumbre
Recupera el folklore latino más rítmico al “reubicarse” con el disco ‘Taracá’, que ha grabado en su país más de dos décadas después y presentará en Euskalduna Bilbao
La música es celebración y catarsis, bien hedonista, placentera o sexual, o, por el contrario, muestra de añoranza o despedida a quien se ha querido o se echa de menos. Esa idea de fiesta en comunidad desprende el último disco de Jorge Drexler, Taracá (Sony Music), que el uruguayo residente en Madrid y ganador de un Oscar ha grabado en su país natal más de dos décadas después. Reubicado con sus raíces, sus canciones, coloreadas con sus textos poéticos, entre el amor y el temor a la tecnología, reivindican el baile ante tanta duda e incertidumbre, así como los ritmos tribales del continente iberoamericano.
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Aquel doctor que llegó a Madrid hace más de tres décadas alentado por la canción de autor de músicos como Joaquín Sabina, es ya, desde hace tiempo, uno de los autores más destacados de la canción en castellano en el mundo. El elegante Drexler, pareja sentimental de la actriz Leonor Watling y padre del músico Pablopablo, posee varios discos sobresalientes; un Oscar a la Mejor Canción Original en 2005 por Al otro lado del río, incluida en la banda sonora de la película Diarios de motocicleta; y hasta es motivo de homenajes, como el de la cantante ibicenca Ángela Cervantes con su espectáculo Drexleriana, con sus canciones revisionadas en clave de jazz.
Drexler gusta de “tender puentes”, como explicó a DEIA en la última edición de Ura Bere Bidean, en la que compartió con Idoia el clásico euskaldun Oi ama Eskual Herri, convertido en himno por Benito Lertxundi. Esa canción habla de “la nostalgia por la tierra perdida”, algo que, según el músico uruguayo, “nos define como especie que se ha movido siempre”. Y esa es la filosofía que mueve su último disco, Taracá, que presentará el 28 de noviembre en Bilbao, en Euskalduna Jauregia, acompañado por siete músicos en el escenario y con una propuesta escénica completamente renovada y un repertorio que incluirá el nuevo álbum y éxitos de su extensa carrera.
Regreso a Uruguay
La nostalgia marcó el regreso de Drexler a grabar a Uruguay, concretamente a Montevideo, 24 años de haber registrado allí uno de sus álbumes clásicos, Eco, que incluía algunas de sus canciones más significativas: Todo se transforma, Guitarra y vos o la autobiográfica Milonga del moro judío. La nostalgia y la muerte de sus padres en un periodo corto de tiempo hicieron que los viajes a su país natal se ampliaran. Dejar de “ser el hijo y pasar a ser el padre” le conectó con su pasado, su país y el folklore de su continente. Él habla de “reubicación” tras una experiencia traumática, de preguntarse quién es uno y dónde habita en este momento. Finalmente, lo que, en la génesis, parecía iba a ser “un disco de duelo”, según explicó a Efe, se ha convertido en una celebración.
Una celebración atravesada por el ritmo, ya que Taracá es un álbum de sonido orgánico, escasa experimentación sintética y con olor a cuero y tambor. Más bien tambores, ya que la percusión domina la mayoría de las 11 canciones del repertorio, que supura raíz latinoamericana. Y, al frente, el candombe, ritmo afro-uruguayo por excelencia que resuena glorioso en El tambor chico -de él proviene el título, juego fonético sobre el “estar acá y ahora”- con un primer golpe de mano acentuado y dos golpes de palo posteriores.
Junto a El tambor chico destacan canciones como ¿Qué será que es?, una lección de vida edificada junto a Rueda de Candombe y que exuda el ambiente, el ritmo y la fogosidad exhuberante de la samba brasileña, y Las palabras, con la participación de la murga gaditana Falta y Resto, que se enriquece armónicamente con una sección de cuerdas. Y entre ese vendaval rítmico destaca, por su riqueza y filosofía, Ante la duda, baila, que narra, entre cantada, recitada y con un fondo de batucada, la represión sufrida por el ser humano a lo largo de los siglos debido a su gusto por el baile y hasta llegar al reguetón actual. Y todo “por mover la cintura y las caderas”, algo considerado procaz y vulgar por los bienpensantes de cada época.
El candombe, actualizado con voces filtradas, suena también en Toco madera, que añade un estribillo pegajoso a su entramado rítmico, y entre aires de son y milonga enamora otra de las cumbres del disco, Cuando cantaba Morente, homenaje al cantaor granadino con la emergente flamenca Ángeles Toledano a la voz y el guitarrista Julio Cobelli. Y no le va a la zaga en emoción Nuestro trabajo/Los puentes, con ecos de Rubén Blades y ligada a la plena, género folclórico de Puerto Rico con el que la clase trabajadora relata noticias y la vida cotidiana.
Amor e IA
En el caso de Drexler, su vida cotidiana es el oficio de músico, el de abrir puertas, tender puentes y facilitar que “entre la luz a lo oscuro” y acabar conectando mentes abiertas, despiertas y viajeras. La incertidumbre y aceleración de estos tiempos -“no vemos adónde vamos, pero vamos acelerando, no importa cuál es la meta, solo ganar la carrera”, canta en Toco madera- también se cuela en ¿Hay alguien A.I.?, tema en el que aboga por “el ser humano” ante la peligrosidad de los “cientos de componentes” de la IA. “¿Será buena idea seguirte enseñando, pensando en la era que tomes el mando?”, se pregunta.
Y como corolario, el amor, siempre presente y capital en su obra, atraviesa Te llevo tatuada, bella balada acústica a dos voces, con Young Mico, y ¿Cómo se ama?, un medio tiempo sexy y juguetón coloreado con recitados rap. En ella reconoce que “me siguen las canciones de amor”. Como nos explicó en una entrevista, “voy a seguir persiguiendo canciones y el amor todo el tiempo; igual me canso, pero mi vida es mejor así”. Una vida bonita -“podría ser mejor”, sueña él- a la que le sigue cantando sin vergüenza de reconocerse un eterno aprendiz. Lo dicho: a mover ese culo.
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