Las esculturas infinitas de alambre de Ruth Asawa cuelgan en el Guggenheim
El museo presenta la primera gran retrospectiva europea con 250 obras creadas por la artista norteamericana de origen japonés
La vida y la obra de la artista Ruth Asawa (1916-2013), una de las renovadoras fundamentales de la escultura moderna, resulta igualmente fascinante. Hija de inmigrantes japoneses, Asawa creció en una granja californiana. La Segunda Guerra Mundial marcó un punto de quiebre en su juventud: tras una orden ejecutiva, su familia fue forzada a ingresar en campos de concentración junto a miles de ciudadanos estadounidenses de origen japonés.Fue en ese contexto donde empezó a dibujar, como forma de resistencia y de esperanza. Sería instruida por quienes habían sido dibujantes para los estudios de Walt Disney.
Tras 16 meses, le permitieron asistir a la universidad en Milwaukee y esperaba convertirse en profesora de arte, pero la discriminación racial se lo impidió. En cambio, su vida dio un giro inesperado cuando sus amigos la animaron a matricularse en Black Mountain College, en Carolina del Norte, una prestigiosa institución progresista y experimental que formó a numerosos artistas de renombre.
Su viaje a México
Fue un viaje a Toluca, México, lo que cambió su forma de trabajar. Mientras trabajaba como voluntaria en una iniciativa educativa, observó a mujeres que tejían cestas de alambre con las manos.De ese gesto cotidiano emergió una técnica que revolucionaría la escultura contemporánea: estructuras tejidas a mano con alambres sin cortes, en bucle.
Sería desde entonces la materia prima fundamental de sus creaciones; lo tejía, retorcía y anudaba dejándose inspirar por las formas que encontraba en el paisaje y por su propio deseo de liviandad. Su técnica de tejido en bucle creó “dibujos tridimensionales” que desafiaron la pesadez tradicional de la escultura, fusionando arte, naturaleza y artesanía.Miren Arzalluz, directora general del Guggenheim Bilbao, recuerda una frase del hijo de Ruth Asawa: Sus esculturas habitan el espacio sin robar el aire. Quizá era su propia forma de existir y, en todo caso, me pareció un lema inspirador y necesario en tiempos inciertos".
Retrospectiva
El Guggenheim Bilbao abre al público este jueves 19 de marzo una retrospectiva de la artista coincidiendo con el centenario de su nacimiento. La exhibición, organizada por el San Francisco Museum of Modern Art y el MOMA de Nueva York, consta de 250 obras y atiende a un orden cronológico, en el que se intercalan secciones temáticas y los métodos de la artista. Está comisariada por Cara Manes y Janet Bishop, con la colaboración de Geannine Gutiérrez-Guimaräes. “Se trata de la primera gran retrospectiva en Europa dedicada a esta artista y es una muestra que, a través de seis décadas de trayectoria, nos hace descubrir un legado exquisito que ha estado siempre marcado por la innovación y por la experimentación”, ha explicado Miren Arzalluz.
Las tres curadoras también destacaron la “profundidad, belleza y complejidad de la obra de una creadora icónica y pionera, cuyo arte está profundamente entrelazado con su vida, a través del uso de materiales normales que convierte en algo muy especial”.
“Para los que la conocen será un reencuentro y para quienes no la conocen será un gran descubrimiento”, en palabras de Gutiérrez-Guimarães sobre una muestra que resume, a lo largo de diez secciones y de manera cronológica, una trayectoria de seis décadas.
La muestra consta de esculturas de alambre, fundiciones de bronce, pinturas y un extenso conjunto de obras sobre papel fechados a lo largo de sus sesenta años de andadura. Se acompañan de numeroso material de archivo enfocado, sobre todo, a sus encargos públicos -entre ellos un monumento a los japoneses internados en la guerra, en San José-, a los lazos comunitarios de su legado (del inicio al fin de su carrera) y su defensa de la creatividad.
En realidad, cualquier cosa podría ser un material válido para el arte de Asawa, asegura Janet Bishop. Tenía una visión muy abierta, experimental y expansiva de lo que el arte podía ser. En la exposición incluso hay una instalación que evoca la sala de estar de la casa de San Francisco donde Asawa trabajó y donde ella y su esposo, Albert Lanier, un arquitecto al que conoció en Black Mountain, criaron a seis hijos.
Superficies ininterrumpidas
La incesante búsqueda de nuevas posibilidades dentro de los procesos que Asawa había elegido dio lugar a su motivo escultórico más característico, la forma continua dentro de otra forma, que la artista describía como una forma que está dentro y fuera al mismo tiempo, una secuencia de esferas que contienen unas a otras, creando una superficie interrumpida. “Se puede mostrar el interior y el exterior y el interior y el exterior están conectados –afirmaba– Todo está conectado, es continuo”.
Asawa abordó también directamente su experiencia en la Segunda Guerra Mundial en un encargo público de 1990 para un monumento conmemorativo del internamiento de japoneses-estadounidenses en San José, mostrando el trabajo agrícola, los arrestos y la vida en los campos.
En 1985, a Ruth Asawa le diagnosticaron lupus, enfermedad que con el tiempo limitó su energía, pero que también reavivó su pasión por la pintura. Las últimas salas de la exposición presentan dibujos y acuarelas de flores y plantas. Continuó trabajando hasta que la inestabilidad en sus manos le impidió dibujar. La artista fallecía en 2013 a los 87 años
Tras el enorme éxito de crítica y público en San Francisco y Nueva York, la exposición se puede ver en el Guggenheim Bilbao hasta el 13 de septiembre de este año. Más tarde, viajará a la Fondation Beyeler, en Suiza.
