El viaje exótico de Damon Albarn con Gorillaz a la muerte y la trascendencia
El grupo ya no tan virtual del líder de Blur, publica un arrebatador y cosmopolita ‘The mountain’, que combina ritmos e instrumentos de oriente y occidente
Con Blur en barbecho, Damon Albarn rescata a la que fue su aventura paralela y en su inicio virtual, Gorillaz, en el disco The Mountain (Kong Records) de la mano de su colega Jamie Hewlett. Es ya su noveno disco, lo que confirma su poso y trascendencia artística, y plantea un viaje exótico, ecléctico e intergeneracional que conecta Oriente y Occidente, las raíces hindúes y persas con el pop, el hip hop y lo latino para hablar de la muerte como una etapa más de la vida en la que el ser humano acaba trascendiendo.
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En aquella pelea comercial, social y política –bastante artificial– que enfrentó a Oasis con Blur y hoy mera anécdota tras el paso del tiempo y su reconciliación, defendí que los dos primeros discos de los hermanos Gallagher eran superiores a los del grupo de Albarn. La carrera posterior de ambos proyectos y, sobre todo, el afán experimentador y voraz de Albarn, tanto en solitario como con Gorillaz, en solitario o sus aventuras africanas, me desdigo y reconozco que el británico es uno de los mejores activos de la música popular del último medio siglo.
Resulta curioso que Gorillaz, su banda paralela –inicialmente ni eso, un juego, un divertimento virtual y sin miembros definidos y marcado por el eclecticismo–, se haya comido a Blur en términos de presencia en este siglo. No vamos a minusvalorar el alto estado creativo del grupo madre, como demostró su último The Ballad of Darren (2023), pero su proyecto compartido con Hewlett se ha situado a su altura, ya con los dibujos animados Murdoc, Noodle, Russel y 2D tomando cuerpo y mostrando su rostro en directo entre proyecciones y el apoyo de coristas y músicos adicionales.
En resumen: Albarn se toma a Gorillaz muy en serio tras 25 años de andadura. Y lo prueba The Mountain, un álbum que supera la hora de duración, ofrece 15 canciones, múltiples colaboraciones y un sinfín de ritmos que, en tiempos de dominio virtual, se publica hasta en formato de casete y que “habla sobre la vida, la muerte y la trascendencia”, según su líder. Primer disco publicado por su propio sello, Gong, conecta con la grandeza de aquel Plastic Beach que dejó canciones eternas como On Melancholy Hill y Rhinestone Eyes, sin renegar de los postulados de clásicos como Humanz.
Viajero y arriesgado
Entender y gozar como se merece el disco exige una escucha atenta y entender algunas de las claves que motivaron su creación y grabación en distintas localizaciones de India (Mumbai, Nueva Delhi, Rajastán y Benarés), así como en Ashgabat, Damasco, Los Ángeles, Miami, Nueva York, Londres y Devon. De ahí que no sea extraño que, entre las múltiples colaboraciones de artistas vivos y otros fallecidos, se escuchen hasta cinco idiomas; inglés, árabe, hindú, castellano y yoruba.
Y junto a su carácter global y cosmopolita, con portada e ilustraciones interiores de Hewlett, y un vídeo adicional promocional “sin uso de IA”, resulta vital comprender la génesis filosófica de esta montaña elevada pero que deja al oyente más satisfacciones que cansancio: la muerte de los padres de Albarn y Hewlett, que volvió a conectarlos de manera física y espiritual en una singladura que pasó por diversos puntos de India y Persia.
Fiesta entre Oriente y Occidente
“Es una playlist para una fiesta en la frontera entre este mundo y lo que sea que vaya a suceder después, explorando el viaje de la vida y la emoción de la existencia”, asegura Albarn sobre el disco, producido por el grupo y varios colaboradores entre los que destaca James Ford. Con él se tiende al oyente un puente entre culturas, generaciones y géneros, tal y como ya realizó en su proyecto Africa Express.
Con la montaña como metáfora de la vida, la muerte y lo que nos espera a todos, el álbum se abre con The Mountain, casi un instrumental donde solo se escucha “la montaña, serenidad, todas las buenas almas vienen a descansar… la montaña, oscuridad”. Y lo hace con una melodía envolvente y en crescendo sumergida en el folclore indio entre las flautas de Ajay Prasanna y los sitares de Anoushka, hija de Ravi Shankar, gurú de The Beatles en los 60.
Para entender esta inmersión oriental, que se sirve de múltiples instrumentos exóticos que copan espacio junto a la instrumentación más sintética, caso de cítaras, flautas, sarods, bansuri, tambura y raga, debe entenderse el origen británico de clase media de Albarn. Sus padres oían en casa a Ravi Shankar y ragas tradicionales, así que fue su “banda sonora” antes que The Beatles, según ha declarado a la revista Rolling Stone.
Y en ese viaje casi conceptual que mejora con la escucha íntegra y que cierra el círculo con The Sad God, su ascensión resulta muy placentera entre aportes de amigos fallecidos –Bobby Womack, Dennis Hopper, Dave Jolicoeur de De La Soul y Tony Allen– y otros vivos, como demuestran las cuerdas, el soul y el hip hop de Black Thought, miembro de The Roots en The Moon Cave; la buen rollista The Happy Dictator, con los lunáticos Sparks y sus versos políticos: “mira hacia el Oeste, donde yace el diablo”; la dupla de The Hardest Thing, con trompetas y donde se oye “lo más difícil es decir adiós a alguien que amas”, y Orange Country, con Bizarrap y de lo más irresistible de este 2026...
No le van a la zaga The God of Lying, trip hop con Joe Talbot, cantante de Idles; la mezcla de vocoder y sitar de The Empty Dream Machine; la participación del argentino Trueno, a instancias de la hija de Albarn, en The Manifesto; la llamada a la acción de Delirium, con el fallecido Mark E. Smith (The Fall); cada intervención de la mítica cantante india Asha Puthli y la soulera Jalen Ngonda, o la de Omar Suleyman en la brutal Damascus… Menos lucidas son las apariciones de dos leyendas, el exguitarrista de The Smiths, Johnny Marr, y el bajista de The Clash, Paul Simonon, en un álbum que reconforta y nos convence de que los muertos siguen viviendo en los recuerdos de los vivos.