La maleta grande con la que viaja el multinstrumentista gallego Abraham Cupeiro es como el baúl de las sorpresas, repleto de instrumentos perdidos en el tiempo, de caracolas marinas, a flautas, huesos, cornus romanos y bombardas a todo tipo de flautas, algunas de ellas casi atávicas, como el legendario corno o el karnyx, una trompeta celta de la Edad de Hierro. Cupeiro, que participó en la banda sonora de Gladiator II, actúa este sábado, día 21, en el Teatro Campos de Bilbao, a las 18.00 horas y con entradas a la venta desde los 18 euros. “Construyo y hago sonar instrumentos antiguos, es como tocar la lámpara de Aladino”, explica en esta entrevista.
Se ha hecho famoso por el rescate de un instrumento como la corna. ¿De dónde procede este interés por los instrumentos antiguos?
Todos los instrumentos que toco son piezas del pasado pero, al final, son como la lámpara de Aladino, los tocas un poco y funcionan; y con el público de todas las edades, ya que nos meten por los ojos el algoritmo pero existen rendijas por las que podemos colar música e historia al mismo tiempo.
Sus instrumentos eran populares en origen, pero usted los ha sacado del museo.
Hay de todo, como el aulos, una flauta griega que se tocaba en los anfiteatros o el cornu romano, en el Senado. Sí, en cierta forma los he rescatado, pero no son míos, sino de todo el mundo, un legado de nuestros ancestros en diferentes lugares del Planeta. Yo me dedico a construirlos y a tocarlos.
¿Con cuántos se mueve? ¿Resulta difícil su traslado?
No mucho, llevo una maleta solo, pero muy grande. Al ser todos desmontables, van por piezas, como en la antigüedad, para poder ser soldados. Y viajo con ellos por todo el mundo; he tocado hasta en Tasmania.
¿Indaga y se preocupa por conocer los instrumentos de cada lugar en el que toca?
Siempre estoy con la antena puesta, pero no me gusta llevarme instrumentos porque sí, como si fuera un souvenir. Tengo una colección de ellos, aproximadamente unos 300 de todos los continentes, pero no los tengo ni en vitrinas ni en cajas. Intento tocarlos siempre que puedo. Ver un instrumento es un 10% para mí; tocarlo el 100%. Y siempre estoy pendiente de cómo hacerlo para poder llevarlo al escenario.
Hablaba antes de su labor como luthier. Creo que tiene un taller.
Sí. Tengo un estudio, donde compongo y grabo, y pegado tengo el taller con mi forja, tornos y otros elementos para construir instrumentos que no encuentras en ningún sitio. Por eso los hago yo mismo. A veces, los museos me han cedido planos y me dejan medirlos.
Además de la corna, ha dado a conocer el karnyx, una trompeta celta de la Edad de Hierro.
La corna es muy especial para mí, es el único instrumento que no es mío. Yo digo que él me encontró a mí. Apareció hace más de 40 años a cinco kilómetros de mi pueblo, encontrado por Carlos Tallón. Tiene los agujeros digitales para tocar con los dedos y conecta con lo que hacía mi abuelo de joven aunque no me transmitiera sus conocimientos porque ese gusto lo sentían entonces como una vergüenza.
Aquí, en Euskadi, se consideraban antes instrumentos menores la trikitixa o la txalaparta, de aldeanos.
Y que vivan muchos años. Ese es el antídoto que frena este mundo que se ha vuelto tan acelerado. Al final de su vida, conecté con mi abuelo, que tocaba muy bien la corna. Y sobre el karnyx, es una trompeta celta de casi dos metros de altura que he construido. Me ha abierto muchas puertas, físicamente es muy impresionante y a nivel acústico hace unas cosas muy bonitas.
¿Es el más extraño que toca?
Uno de ellos. Ahora estoy trabajando con el aulos, que tiene como dos tubos de madera y que te lo metes en la boca y de forma simultánea puedes hacer varias melodías. Como si fuera un órgano de iglesia aunque más simple. Ha sido frustrante sacar música de él, pero lo he logrado. Y toco caracolas, plumas, huesos, instrumentos de catedrales y barrios deprimidos del siglo XIX… De todo, los conciertos son montañas rusas de emociones.
Algo tan telúrico y de raíz es un éxito en tiempo de algoritmos y reggaetón.
El éxito radica en aprender y el día que no lo hagas estás muerto. Lo único que me ilusiona en esta vida es conocer, por eso la música se vuelve infinita. Y sí considero un éxito llegar al público joven con estos instrumentos que aúnan historia y música. Sí les interesan, y les damos una segunda oportunidad.
¿Tras el éxito que está logrando sigue trabajando como docente, sigue yendo a los colegios aunque haya dejado el Conservatorio?
El último año tuve que dejar de ir a los colegios debido a una lesión en la espalda, pero sí, tengo esa misión de… (duda) más que de enseñar, de emocionar a los niños. Antes, trabajé 15 años como profesor en el Conservatorio y dejé la plaza porque tenía mucho volumen de conciertos. Ahora estoy en otra etapa que disfruto mucho.
¿Hoy se oye, iba a decir se escucha, más música que nunca, pero falta educación reglada?
La música debería estar en el colegio, igual que la gimnasia. El ser humano aprende del movimiento y la música vive también de él, ya que puede ser danza. Compartimentamos demasiado la vida de los niños, que van de un lado para otro como ministros con los papás oficiando de taxistas. Si se aunase todo y se hiciera un plan de educación bien elaborado y sin pensar en la competitividad, creo que la música sería una de las materias que nos ayudaría llegar a las matemáticas, la gimnasia, la historia… Al final, es la banda sonora de nuestra vida. Lo bueno de las artes que nos hacen ricos por dentro, nos despiertan.
Y desde ese planteamiento tan poco convencional ¿cómo le llega la propuesta para grabar la banda sonora de ‘Gladiator II’?.
Cuando empecé ya de mayor queriendo llevar mi música a los escenarios, no recibí grandes respuestas de las instituciones. Yo ya era feliz, seguí investigando, hice videos, la gente me empezó a conocer… Sin buscar ni vender nada, las cosas fueron llegando, pero el éxito estaba ya desde el inicio. Yo tocaba con 11 años con los viejos por los pueblos y nunca he sido tan feliz como entonces.
¿Sigue participando en bandas sonoras? Su música, al ser instrumental, se presta a ello.
Es que mi música es muy cinematográfica. Pienso en historias para ponerlas música y trabajo con orquestas sinfónicas, y para el trío supersónico que llevo ahora a Bilbao, que es como un caballo más rápido y ágil. Me gusta cambiar, tocar, hacer arreglos, orquestar… Ese el éxito para mí, disfrutar de mi profesión haciéndola también en mi casa, viendo la partitura y sintiendo cómo suena interiormente.
¿Es cierto que su interés por el cine excede de lo musical y quiere hacer guiones y dirigir también?
(Risas). No sé quién te ha dicho eso, pero es cierto que en los conciertos suelo decir que de pequeño quería ser director de cine, pero que me metí a músico porque no me llegaba el dinero. Al menos hago las bandas sonoras de mis películas mentales.
Las reales cuestan mucho esfuerzo y dinero.
Claro, Gladiator II lleva muchos efectos especiales, actores de renombre… Pero el compositor de su banda sonora, Harry Gregson –Williams, me decía que yo llenaba la pantalla con algo tan humilde como los instrumentos que había construido. Fue un piropo que me agradó, porque he vivido de dar una oportunidad a las cosas que nadie quería. Por ejemplo, recuperé un corno de Pompeya, una trompeta de más de tres metros que nunca se había usado en una película así.
No soy Broncano, pero ¿esas colaboraciones internacionales están bien pagadas?
Soy bastante negociante (se carcajea hasta la tos). Yo a un pobre no le cobro y a un rico no le robo, pero lo importante es dar a quien no tiene. Hay mucha gente con proyectos maravillosos que no pueden salir adelante. A esa gente hay que ayudarla. Yo no busco el dinero, pero me ha llegado; no le voy a decir que no.
Alternará varios formatos, alguno orquestal en Sevilla, en los meses próximos.
Alternar es algo que me motiva. Y conciertos como el de Bilbao, con el espectáculo Os sons esquecidos (Los sonidos olvidados), son muy frescos.
Ese disco que acercará a Bilbao resume muy bien su gusto omnívoro, ya que combina su gusto por el folk tradicional con la épica de las bandas sonoras y pasajes clásicos basados en la música popular, tanto en el caso de Bela Bartók como de Astor Piazzola.
No es solo el disco, el concierto es una amalgama de varios proyectos. Voy como trío, junto a Sabela Camaño, al acordeón, y Cibran Seixo, con el violín aunque toca con los pies como un órgano de iglesia. Acaban sonando como una orquesta. El concierto es una montaña rusa de emociones que va de la tristeza a la melancolía y la euforia. En este caso, no haremos lo de Bartók, sí lo de Piazzola. Vamos a unir un instrumento excelso como el corneto con la música del argentino.
Ya actuó con este espectáculo en el Santuario de Arantzazu, rodeado de artistas vascos (Agus de Korrontzi, Eñaut Elorrieta, miembros de Oreka Tx…)
Buahh… Fue maravilloso, allí siempre me tratáis muy bien. Vuestras raíces son muy profundas y se consigue una gran conexión. En Arantzazu viví una experiencia increíble. Hubo un momento que el público cantó una canción de Mikel Laboa, creo que sobre un pájaro…
‘Txoria txori’.
Eso, 1.400 personas cantándola de forma espontánea… Fue algo telúrico porque fuera había tormenta y truenos. No lo olvidaré en mi vida.
Teatros, iglesias, el campo de fútbol del Celta de Vigo… ¿Es el sitio más extraño en el que ha actuado?
Tocar en un campo de fútbol es muy emocionante. El karnyx llenó el espacio y fue muy bonito. Te doy una pequeña primicia: en marzo tocaré en un estadio tres veces más grande que el del Celta, uno de los más increíbles de Europa. Fuera de la emoción y el ego, será bonito sacar a la palestra estos instrumentos… y lo verán millones de personas por televisión también.
El humor y el juego también están presentes en sus conciertos, que la gente que vaya al Campos no piense que va a asistir a una clase didáctica sobre instrumentos extraños.
No, no. Hay humor, es algo que abre el corazón a la gente, sobre todo al final porque el acordeonista es un personaje brutal. Nos sale de manera natural, es como las reuniones caseras de antaño en aquella cocina de leña en las que nos juntábamos para contarnos historias y cantar. Reír abre al ser humano al mundo.
Yo no le veo alejado de la labor divulgativa que realiza James Rodhes, en su caso con el piano, tratando de derribar el muro elitista de la música clásica.
(Duda). Intento trasladar el mundo clásico, que se ha llenado de una pátina encorsetada. Ahí, igual sí me parezco. Yo estoy educado en el amor a todas las músicas. Por mi formación académica, escucho una sinfonía de Mahler y me emociono. Exige poner algo de parte del oyente, pero no todo va a ser tan ligero.
¿Y de Rosalía, qué opina?
Canta muy bien, pero a Bad Bunny, por ejemplo, no lo conozco y no puedo hablar. Sí que me gustaría, y no va a pasar, que la gente no entienda que un éxito comercial es un éxito creativo y artesano bien hecho. Se suele confundir y se opacan grandes obras. Los niños quieren emular y siempre será mejor hacerlo con algo que te va a llenar toda la vida que con algo más superficial. La música funciona así, algunas te acompañan el resto de tu vida y otras las oyes y te las comes, como una hamburguesa.
Por cierto, ¿cuántos conciertos ofrecerá este año y en cuántos continentes?
Haré unos 135, como el año pasado (risas). Pero me moveré poco fuera del Estado, para no acabar tan cansado y porque aquí se come muy bien. Perdona que suene tan vulgar, pero la gastronomía es muy importante para mí. En 2027 volveremos a salir a otros continentes.
¿Con qué sueña, algún deseo, alguna colaboración…?
En el ámbito profesional, no. Mi deseo es levantarme y ver que el sentido común inunda la vida de las personas y nos dejemos de matar. Estamos en un momento muy peligroso y pido a la gente que cuando vea videos recapacite para ver si es real o no. El mensaje del odio nos invade.