Histórica militante de EAJ/PNV

Felisa Milikua, una mujer al servicio de Euskadi

03.09.2020 | 01:08
Feli Milikua, en primer plano, junto a su marido, Jokin Inza; el secretario general de ELA, Manu Robles y María Luisa Asteiza.

Bilbao – Hace ya varias navidades, ahora tienen sesgo de eternidad, hablé con Feli. Su voz sonaba briosa como en los tiempos de Caracas y su espíritu se interesó por los sucesos de mi vida porque siempre quería saber si todo iba bien con sus amigos. Tras un rato de cortesías, ambas nos dirigimos al tema fundamental que nos unía: el grupo EGI Caracas y Radio Euzkadi. De los tiempos de la esperanza y del trabajo de esa esperanza, del barrio de La Candelaria, allá en la lejana ciudad que amábamos pero que se nos perdía, no tan solo por la distancia sino en la incomprensión de los sucesos recientes, tan dolorosos.

La recuerdo en la mesa del bar en la que su marido, Jokin Intza, ocupaba la cabecera y enunciaba los planes de una resistencia pacifica por la libertad de Euskadi, tarea que había comenzado de joven en su Bergara natal y que recomenzaba infatigable en su exilio de Caracas. El Gordo, como llamaban a Jokin, era un hombre corpulento y alto, dirigía un grupo de jóvenes congregados a su alrededor y que recibían órdenes precisas para acciones precisas en diferentes ámbitos: los trajines tanto del juego de quinielas o venta de medallas de oro conmemorativas para la urgente entrada de dinero para mantener actividades de publicación de periódicos y la creación de una radio clandestina, que a unos 50 kilómetros de Caracas, pudiera emitir a la Euskadi resistente información relevante y para la convocatoria de acciones para actos como el Aberri Eguna. Había que hacer llegar a la Euskadi interior la voz de sus viejos líderes. Manuel Irujo en el año 70 fue uno de los locutores cotidianos (residió por ese tiempo en Caracas) y entusiasta de la nueva empresa vasca de resistencia radial, frente a un dictador consolidado en su sitial y que seguía con su represión y sentencias de muerte.

Feli estaba ahí. Siempre estaba ahí. No callada pero tampoco estridente. Cuidaba de la alimentación de Jokin con la diligencia amorosa tanto de una esposa como de una madre. No tenían hijos pero un día me dijo que Euzkadi era el hijo que hubieran deseado tener y que en vez de llorar su ausencia, los esfuerzos de ambos estaban dirigidos en una dirección: lograr una patria libre para hombres y mujeres libres, para los que permanecían luchando en la Euskadi interior, para los que desde la Euskadi exterior forjada en el exilio, para lograr la felicidad de la humanidad vasca de una vez por todas. Y por siempre jamás.

Vivaz y tajante

Era vivaz y tajante y en su hablar cabía el mimoso acento guipuzcoana familiar, y el de su andadura por Caracas. Para quienes sabían la historia de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas del siglo XVIII y de la llegada de los barcos de 1940, era la viva la representación de la mujer vasca, alejada de la realidad de la mujer venezolana, porque era contundente y emprendedora, sin trabas debido a su sexo. No era letrada pero el fuero de su pueblo hacía de ella una mujer capacitada para apoyar una empresa de riesgo como lo fue Radio Euzkadi, entre otras que surgieron de aquel grupo que lideraba con tanto acierto su marido. En el barrio de La Candelaria la apodaban La vasca.

Ya de regreso a Bergara coincidimos en un acto de recordatorio de las acciones de EGI Caracas. Entonces me dijo que en el pueblo la llamaban la venezolana porque su hablar estaba influido no tan solo en el acento sino en los decires tan ricos del vocabulario venezolano. Quizá también porque hablaba con nostalgia de las arepas, hallacas y tequeños, comida desconocida entonces en el país, de su afición por los plátanos a los que seguía llamando cambures... hicimos risas bajo los pórtico de la Casa Consistorial y fue ella la que me señaló la inscripción en la piedra de siglos: "O que mucho de allá o que poco de acá".

Nos entró de pronto la nostalgia de los que renunciamos al dejar la próspera Venezuela de entonces con su viento de libertad, por integrarnos en una Euskadi que intentaba un nuevo amanecer, pero Feli renunció a la melancolía que se nos iba entrando como una calima en el alma y palmeándome la espalda, aseguró que éramos dos veces benditas por tener dos patrias. Así el corazón se nos hacía más grande por el espacio que necesitaba el amor. Y se fue preocupada porque era el tiempo de las pastillas de Jokin y del puntual regreso a casa que no era cosa de perder el autobús. Su paso era rápido y firme y su agur resonó bajo los pórticos. Aún resuena en mi corazón dolorido por su marcha. Goian Bego.