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EL edificio de Zabala 16 no es uno más en la trama urbana de Bilbao. Tiene de excepcional que alberga un importante número de talleres artísticos que este fin de semana se abren al público. Dieciséis autores cuyos trabajos se disponen de modo especial. No se trata de un evento expositivo al uso, sino de relacionar las obras con los lugares donde han sido hechas. Es además una magnífica oportunidad para hablar con los creadores y conocer las ideas que les preocupan y quieren transmitir.
En el piso más alto se encuentra el espacio de Ana Ester Fernández Calle (1970) y Luis Candaudap (1964). La artista presenta una serie de esculturas, nueva línea artística en la que convergen el volumen y el color, la ambivalencia entre lo amable y lo grotesco, lo simpático y lo monstruoso. El pintor que también expone individualmente en Imatra, ofrece un itinerario entre piezas de gran formato y pequeñas obras sobre papel junto a unos apuntes figurativos que remiten a la modelo con la que está haciendo una serie nueva. En cualquier caso, siempre el aliento de lo diferente, la permeabilidad de lo intenso y complejo.
limpieza espacial A una y otra mano de la tercera planta, un importante número de estudios. Ismael Iglesias (1974) y Fermín Moreno (1970) trabajan puerta con puerta. El del primero reúne gran cantidad de obra, mucho menos hay en el del segundo, cuya proposición force se está constituyendo en Trayecto de Vitoria. El color y el énfasis estructural presiden ambas propuestas pictóricas. También imperan el orden y la limpieza espacial. Un constructivismo de llamativos colores planos que constituyen penetrantes imposiciones lingüísticas.
Documentación y apuntes de pequeño formato junto a la presentación de sólidos trabajos pictóricos, es la aportación de Jorge Rubio (1972). Una excelente comprobación de cómo ha ido adquiriendo una gran maestría en la representación del espacio. La constitución de una narrativa que fuerza la capacidad del espectador para penetrar en la misteriosa trama de cada lienzo.
El espacio que comparte Juana García Pozuelo (1978) con Alberto Albor (1977) propone un diálogo entre sus trabajos. Tras una estancia en Nueva York prosiguen en el debate entre lo reconocible y lo fabulado. Aunando lo popular y lo culto, el imaginario de la primera es fértil e intenso. Texto e imagen confluyen en las piezas del segundo. Un mundo escurridizo donde los devenires quedan congelados mediante un ordenado conglomerado de colores saturados y elementos ornamentales.
La acumulación preside el taller que comparten otros tres autores. Mientras que Ángel Sierra propone unas pinturas de impronta desigual, Juan Kotis sorprende con obras de técnica mixta e impresión fotográfica. El apartado de Marta Larrañaga (1959) compatibiliza paraguas pintados a mano junto a obras sobre papel y lienzos de mayor tamaño. En todos los casos prima el interés por el color. Unas composiciones donde orden y caos se encuentran en frágil equilibrio.
En el primer piso se presentan los trabajos de los artistas más jóvenes. Todos comparten un amplio local en el que cada uno tiene su propio habitáculo. La mayoría ha estado representado en Ertibil 2010, muestra itinerante de la Diputación Foral que revisa el arte emergente.
El bermeano Lander Telletxea (1979) es un sensible diseñador cuyo vídeo solicita la protesta y hace una alusión metalingüística a uno de uno de los Truisms de Jenny Holzer. En otro espacio, un escrito de Jean Genet, No hay más autoridad moral que la de otro artista. A la entrada comparte la realización de un dibujo mural repleto de perros salvajes que parecen ladrar al recién llegado. Su colaboradora es Silvia Ocejo (1981) cuyos dibujos coloreados no esconden preocupaciones y alientan un espíritu poético. Algo a lo que predispone la propia pequeñez de sus figuras. Un latido minúsculo que sitúa junto a grandes espacios vacíos.
Ilustraciones digitales Las esculturas del guipuzcoano Ohier Iruretagoyena (1988) acumulan materiales muy diversos e insisten en los planteamientos conceptuales de la deconstrucción. Un síntoma de retorno que pone en relación con la instalación del propio lugar, ordenando lo vital, lo sensible y lo plástico. Vienen después las pinturas y los collages digitales de Juan de la Rica (1979). Especial relectura de lo vivencial que permite penetrar en una figuración llamativa no exenta de dificultades, cuyo sentido llega a tener implicaciones sociales.
Las ilustraciones digitales montadas en cajas de luz de Ibai León (1980) son interesantes y apuestan por una visión ácida y humorística de políticos y personajes del mundo del corazón. Sara Campillo (1984) firma sus camisetas como Ätakontu, marca con la que se ha presentado en la pasarela Cibeles. Aunando función y sentido plástico, la pluralidad de un viaje por la estampación de hiperreales moscas o expresivos árboles. El proyecto de espacios abiertos de Zabala Zabalik permite la percepción de pautas creativas muy diversas. La cartografía de distintos modos de operar y de idear el sentido del arte.