El compositor, músico y cantante andaluz Pablo López regresa este sábado a Bilbao, a Euskalduna Jauregia, en el marco de su gira El niño del espacio 2026, que adelanta el futuro disco que se publicará en el mes de septiembre. “Cada vez soy más niño”, explica el músico en conversación con este periódico, que colabora en el concierto bilbaino. “Tengo la adicción de compartir en el escenario, más que del aplauso”, confiesa el músico, que dice protegerse tras el piano y nos confirma su continuidad en el concurso televisivo La Voz.
¿Cómo va la gira?
-Llevamos 22 conciertos, son muchísimos. Es como una venganza que me hago porque el año pasado solo canté cinco veces, en formato 360, una de ellas en Miribilla. El experimento de casi no tocar en un año… una y no más, ya que esto tiene sentido para salir al escenario y el directo. Esa es la puerta final de la música, salir y compartir. Por eso, ahora me estoy dando un atracón.
Un músico me dijo una vez que el artista es un yonqui del aplauso.
-(Risas). La sensación de estar en el escenario cuando subes con cinco tíos más y suena el metrónomo, da sentido a todo lo que hago en la vida. Sí, tengo esa adicción extraña, pero es más por compartir que por el aplauso.
¿Quién da y recibe más, el público o usted?
-(Risas). Esta es una pregunta trampa, no tengo salida. Creo que el éxito reside en el empate. Si lo llevamos a lo deportivo, el partido puede ser aburrido, pero el empate en una relación es maravilloso, lo ideal. En la música, si un día flojeo por lo que sea, el público tiene una capacidad extraña de llevarme para arriba.
Usted prefiere espacios cerrados con el público cercano y cómplice para cantar ¿no?
-Soy un fanático de los sitios construidos para hacer música porque soy amante del detalle. Hay algo fundamental en lugares como Euskalduna, que se puede conseguir tanto el silencio como la oscuridad total al contar con tal caja escénica.
Y no existen los móviles, las conversaciones, el alcohol…
-La cerveza o el kalimotxo no me importan tanto, pero lo de los videos y las fotos sí pasa, pero hay que comprenderlo. Vivimos en una era en la que es imposible poner puertas al campo. He de decir que en Miribilla, por ejemplo, digo con orgullo que ante unas 7.000 personas se lograron grandes momentos de intimidad y diálogo con el público. Lugares como Euskalduna son maravillosos porque se puede pasar del aplauso máximo al silencio total.
¿Sale con media carrera ganada cuando se tira a la carretera? Lo digo por esta gira que ha emprendido antes de publicar el disco.
-Gracias por recordarme que soy un caradura (risas). Lo soy, total. Lo hablé con mi amigo mánager cuando toqué en el Kursaal. Le puse cara rara porque quedaban unas 20 entradas para vender y él me dijo que lo había vendido todo gracias al recuerdo (risas).
El futuro disco tiene ya fecha, saldrá en septiembre.
-Sí, te estoy hablando desde mi estudio casero, donde no paro de abrir y cerrar las canciones aunque está casi todo concluido. Será el día 17 de ese mes. Me gusta que me exijan, pero también que me pasen la mano por el lomo y vengan a verme aunque no haya canciones nuevas. Por eso tengo que darlo todo.
¿Qué incluirá el disco? Se habla de alguna sorpresa.
-Pues sí, la habrá. Soy muy reservado para mis discos, ya que nunca he introducido a otros artistas aunque sí haya colaborado con mucha gente en los de ellos. En mis cinco discos, si cuento como medio mío el de Raphael, apenas ha habido. Ahora sí la habrá y es muy especial. Creo que será muy impactante por el choque frontal de estilos y será una mujer.
Hablando de estilos...
-No voy a revelar mucho, pero seré yo. Lo bueno es que el público me sigue y me deja hacer lo que quiero. A mi favor queda la sensación de que ninguna canción mía es cortoplacista. Puedo ser inseguro a veces, pero tengo la seguridad de que la gente quiere que sea honesto, que no mienta; y se verá en cada canción el momento en el que estoy de mi vida. No tanto en la letra, pero sí musicalmente.
¿Escucha músicas muy diversas?
-Te sorprendería. Como sabes, empecé con The Beatles y la música del Reino Unido, combinándolo con el folk y la música de cantautores, latinoamericanos y de España. La mezcla, el abanico es enorme y va de Bach a Rocío Jurado, de John Coltrane a Camarón.
¿Pablo López no es ya un estilo propio? Suena a usted desde el primer acorde.
-Eso es un halago que me alegra ya todo el día (risas). Persistir en eso te lleva a una especie de soledad profesional aunque ya no quiero competencia (risas).
Hábleme de ese ‘El niño del espacio’. Es como una confesión porque canta: “quien me quiera conocer...”
-Yo siempre estoy rodeado de gente y suele surgir ese debate trasnochado de quiénes somos. Al final del día, es bonito enfrentarse a esos miedos, especialmente en los momentos bonitos de la vida. Yo sigo mirando al futuro en esta canción, mirando a las estrellas… Tengo esa fantasía y cada vez soy más niño.
¿Se plantea la infancia como un espacio ligado a la autenticidad, a la imaginación y al poder de los sueños?
-Bueno, no hay más que añadir. A veces, me planteo si fui demasiado viejo de niño y ahora me vengo tratando de ser lo más niño que puedo. Sobre todo en estos tiempos tan convulsos.
¿Este adelanto, una balada en crescendo y épica con cuerdas y sintetizadores puede dar pistas del sonido del futuro disco?
-Estamos ya preparando otra canción de adelanto de un disco que tiene cara a y cara b. El niño del espacio representa con su color la primera, y el tema que saldrá pronto, la segunda. Seguro que algunos de estos adelantos cae en el concierto de Bilbao.
El resto serán los éxitos.
-Claro, pero no todos serán singles, todo depende del día que tenga. Llevo un setlist elaborado, ya que es necesario tener orden para poder desordenar, pero empiezo a piano solo y le pido a la gente qué quiere escuchar. A veces, me tiro 20 minutos yo solo al piano y con una luz tenue antes de que entre el grupo.
¿Se siente protegido por el piano?
-Claro, es un mueble bueno para sentirse protegido. Y lo toco a diario. Ahora que me he podido permitir el lujo de hacerme una casa, te reirías si vieras todos los pianos que tengo en casa. Es un sueño cumplido, no un lujo consentido. Estudié la carrera y el primer piano forte que compré fue con 34 años. Ahora tengo dos, uno en mi habitación, varios de pared… Hay teclas en casa por todos los lados.
Siguiendo con los sueños… ¿No le ha llamado McCartney para colaborar?
-(Risas). ¡Qué cabrón! ¿Sabes que fui a verlo a Madrid y debido a mi amistad con el promotor Pino Sagliocco tuve oportunidad de saludar a McCartney y me cagué? No me atreví a ir aunque fuera para saludarlo. Un monstruo así, que ha significado tanto en mi vida como cualquiera de mi familia directa, prefiero no verlo. Igual me decepciona o me enamoro y me tiro encima (risas).
¿Se olvidó de lo de estudiar periodismo?
-Igual cuando me retire lo retomo. Entonces, te haré yo la entrevista. Eso sí, sigo siendo un lector empedernido que lee cuatro cabeceras al día. Ahora que he descubierto eso que llaman deporte, entreno una hora y escucho al uno y al otro en la radio mientras levanto pesas.
¿Seguirá en ‘La Voz’?
-Sí, te lo adelanto, no había hablado de ello todavía. Este año será muy especial. A mí me exige muchísimo y me emociona; creo que por eso tiene tanto éxito. Siento que voy a trabajar y que la gente que se presenta es casi siempre mejor que yo. De ahí la exigencia, será maravilloso volver.
¿Sigue componiendo para otros?
-No lo descarto, pero lo he parado porque me amenazaron de muerte para escribir estas canciones. Lo veo como un bálsamo, pero el desgaste tan bonito que supuso escribir para Raphael durante un año y medio acabé notándolo. Si escucho ese disco en su voz, me oigo yo también. Ahí está la clave de todo, hacer que no se crucen las líneas de los personajes.
¿Se pone a escribir para otros o advierte que lo compuesto iría mejor si lo cantara otra persona, como Malú o Laura Pausini?
-En el caso de Raphael, un tío reservado, hice amistad y le pedí que teníamos que trabajar juntos en mi casa. Él venía, me contaba cosas, veíamos videos de sus actuaciones hace 45 años… De esa relación salieron las palabras de las canciones. Y lo de Malú o Laura es muy fácil. Escuchas la canción compuesta y luego, si te lo piden ellas, con esas voces que tienen solo queda disfrutar. Solo oír por wasap a la italiana ya vale la pena. La motivación es clave y me resulta más fácil ponerme a trabajar para los demás que para mí mismo.