Entre el imaginario colectivo que promovió El Padrino, quedó colgando, a modo de volutas de humo suspendidas en el aire, una frase que justifica la violencia desde un punto de vista empresarial.
“No es nada personal, son solo negocios”. En el caso de Tadej Pogacar, el ciclista que se mide a través de la historia, la Milán-San Remo no es un asunto de negocios. Es todo personal. Abrumadoramente personal.
La Classicissima es un asunto personal e íntimo para el esloveno volador, que anhela una carrera que repele su virtuosismo. El superhumano que todo lo puede, más próximo a las cualidades de un dios en bicicleta, no le alcanza para conquistar el Monumento que brota con la primavera.
Para Pogacar, la Milán-San Remo es un misterio que no logra resolver a pesar de su jerarquía, de sus cuatro Tours, de su Giro, de su dos Mundiales, de sus diez Monumentos
Se le resiste con fuerza hercúlea la carrera italiana, la menos exigente en su perfil, pero la más compleja de desentrañar para el esloveno, dos veces tercero en Vía Roma, donde finaliza una competición que ha idolatrado a velocistas, a clasicómanos e incluso a escaladores.
En la 117ª edición, sobre un trazado de 298 kilómetros, a la ascensión a los Tre Capi (Capo Mele, Capo Cervo y Capo Berta), le sigue el doblete Cipressa-Poggio antes de descender hacia Vía Roma, se concentran, además del genio esloveno, Mathieu van der Poel, el gran favorito, Philipsen, Ganna, Del Toro, Pidcock, Pedersen, Magnier o Mohoric, entre otros.
La delegación vasca para la Classicissima estará compuesta por Alex Aranburu, la mejor baza, Jon Barrenetxea y Xabier Mikel Azparren.
Es la Milán-San Remo la complejidad de lo sencillo. Pogacar, que domina todos los registros, que como el mejor escultor posee la fuerza para golpear con la maza y el martillo y la destreza quirúrgica de desempeñarse con enorme talento y maestría con el cincel, no es capaz de tallar el Monumento que se asoma a la balconada de la primavera a través de la Vía Aurelia que emulsiona con las vistas al Mediterráneo.
¿Cipressa o Poggio?
Existe en la Milán-San Remo un acertijo que Pogacar no ha desentrañado a pesar de que ha empleado varios enfoques para dar con la combinación que descerraje el tesoro de San Remo.
El esloveno volador, el unicornio azul del ciclismo de la fantasía, se ha esforzado acelerando, a modo de un torbellino loco, en el Poggio, y se ha impulsado desde la lanzadera de la Cipressa con furia, rabia y ruido.
Si bien en los dos planteamientos siempre se mostró como el más fuerte, nunca pudo desgarrar del todo a sus rivales.
Eso le penalizó después cuando tuvo que jugarse el ser o no ser al esprint en Vía Roma. Nunca fue el más veloz en esos duelos.
Pogacar busca un modelo en el que no tener que jugársela en un asunto de velocidad ante ciclistas más potentes y chisposos en esos debates acelerados, donde el elemento sorpresa queda arrinconado en buena medida y la inventiva pierde pegada.
A campo abierto en una avenida ancha y llana, la empresa se complica para él. Pogacar escucha y sopesa los consejos que llegan desde la voz autorizada de Eddy Merckx, que le alienta para que insista en el Poggio, o de Óscar Freire, que también opina que ese es el lugar, pero que el viento puede ser una barrera, al igual que otros consideran que el trampolín de la Cipressa, donde el pasado curso se quedó con Van der Poel y Filippo Ganna, –ambos le superaron en la llegada– es el punto ideal para el asalto.
“He reconocido mucho el Poggio y es una subida que conozco muy bien. El equipo estuvo excepcional en la Strade Bianche y si podemos repetir esa actuación, todo es posible para nosotros. La competencia será alta, como siempre, pero estamos acostumbrados y haremos todo lo posible por conseguir un buen resultado”, sustancia Pogacar.
En las dos subidas, el esloveno se empeñó sin fortuna. El arcano del ciclismo, recuerda a Claudio Chiappucci lanzándose a la aventura en el Turchino, la subida más exigente de la carrera. Sucede que la ascensión se sitúa a más de 150 kilómetros de Vía Roma.
Pulso con Van der Poel
El Diablo, empero, en un esfuerzo titánico accedió a la gloria con ese movimiento suicida. Fue sobrepasando a los fugados y llegó en solitario al corazón de San Remo en 1991.
Matej Mohoric sorprendió en su día con un descenso kamikaze y feroz del Poggio. Vincenzo Nibali también se alzó con el triunfo con la misma estrategia, deslizándose con maestría por el Poggio.
En el memorándum de la Classicissima se invocan varios métodos para poder cruzar el arco del triunfo y pasearse victorioso en Vía Roma, pero cualquier estrategia debe tener en cuenta a los rivales y adversarios, además de otras circunstancias.
El ciclismo es un organismo vivo e impredecible, si bien desde la aparición de fenómenos como Pogacar, la incertidumbre se reduce varios grados.
Aunque Pogacar ha completado exhibiciones que atentan contra la lógica y el sentido común, que se adentran en el territorio de lo onírico y la ciencia-ficción, no es menor el colosal desafío que supone batir a Van der Poel, otro coloso del ciclismo, un ultraespecialista en clásicas que requieren potencia.
La Milán-San Remo, que conquistó en 2023 y 2025, es un carrera que se adapta a su fisionomía y arsenal ciclista. Además del neerlandés, un brutalista, los velocistas con empuje suficiente para no demorarse en el Poggio, una subida a la que le falta dureza para descartarlos del todo, también entran en escena.
En su búsqueda por la Classicissima, la carrera que no cae rendida a sus encantos, Pogacar se desafía a sí mismo, a sus límites, porque no solo son negocios. Es un asunto personal. Pasión por la primavera.