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El infinito Van der Poel

El neerlandés, imperial, conquista la victoria por aplastamiento en Benidorm, su décimo triunfo del curso, por delante de Nys y Felipe Orts

El infinito Van der PoelBenidorm / Sprint Cycling

Por un instante hubo un chasquido de alegría y sorpresa, de un nunca se sabe, de un imposible en Benidorm. La caída de ojos de la ilusión, el parpadeo de un espejismo.

Del Grosso vivió sobre el suelo informe, inconsistente y frágil de una utopía durante la primera vuelta, en la que comandó el ciclocross de Benidorm, cita valedera para la Copa del Mundo de la especialidad.

El problema de Del Grosso era que a su espalda, la sombra era un forzudo arcoíris que escupe fuego, el dragón invencible, la representación de Van der Poel, el Dios del barro tallado en mármol.

Al séptimo día, el domingo, no descansó tampoco el neerlandés, que fulminó el entusiasmo de su compatriota cuando alcanzaron el asfalto, la rampa de despegue del neerlandés, que no se baja del cielo. Vive allí. A los demás los observa desde un plano cenital.

Descargó Van der Poel una tormenta de vatios sobre el resto. Una sacudida excesiva para cualquiera. Electrocutado por la ignición, por esa explosión ardiente, Del Grosso giró el cuello y metió la cabeza entre los hombros.

Tras Van der Poel solo quedaron los escombros de la expectativa y los sueños quebrados.

Imparable Van der Poel

El martillo de la prosa impactó sin piedad sobre la poesía de la utopía. Cuando acabó la tarea, tras Van der Poel, el aire, la nada, los segundos.

Fespués Thibau Nys, a 28 segundos, por delante del bravo Felipe Orts, entusiasmado con su tercera plaza, a 32 segundos del campeón. Para entonces, Van der Poel posaba con sonrisa de ganador.

Fugado Van der Poel, en la carrera de siempre, el arcoíris pintando el circuito a su antojo, se conformó un grupo de humanos, de iguales, que deberían pujar por el podio.

Lejos de un ciclista en estampida que no responde a las leyes física y que tenía la victoria en propiedad. Los dos cajones que quedaban se alquilaban al mejor postor. Nys y Orts los tomaron.

Era Van der Poel, hermético, un ciclista alado que recorría silbando cada recodo del trazado, que superaba la arena con delicadeza, que no se manchaba en el barro, que saltaba los listones con la técnica de los elegidos y que pateaba con furia cuando lo requería. El espectáculo era él. Pasen y vean. El premio de asistir a un ciclista único. Extraordinario.

Felipe Orts, tercero tras una gran carrera.

Lucha entre Orts y Nys

En el retrovisor, o tal vez en la memoria, al grupo que perseguía a Van der Poel, asomó Felipe Orts, encasquillado hasta el meridiano de la prueba.

El alicantino remontó con furia y velocidad. En cuanto se personó en el quinteto, despegó con elegancia y contundencia.

Pasmado el resto ante la valentía del alicantino, solo abrumado por Van der Poel, que es un gigante en un jardín de infancia.

El neerlandés, siete veces campeón del Mundo de la especialidad, no tenía quien le molestara en su entrenamiento con el público entregado. Era el paseo sobre la alfombra roja de la naturaleza.

Ovacionado de punta a punta, con el tumbao que da el carisma. Orts se desgañitaba para abrir hueco. Nys entendió que tenía que embridar el asalto del alicantino y se fundió con él cuando a la prueba le faltaban dos giros.

Ajeno a las discusiones, en el pedestal de los elegidos para la gloria, Van der Poel tricotaba otra victoria en una campaña impecable. Hambriento, voraz, completó otra exhibición para regalarse el triunfo en Benidorm, su décimo laurel del curso ciclocrossista.

El neerlandés saludó el logro chocando las manos de la afición. Después entró haciendo un caballito. Un acrobata al galope. El infinito Van der Poel.