Las mil cuestas de Iñigo
DEIA descubre con el Caja Rural la primera etapa de la Vuelta al País Vasco, que arranca mañana en Zumarraga
zumarraga
El viernes a Iñigo Cuesta (Villarcayo, 1969) le sobreviene una fiebre que le deja molido, barre su dorsal del GP Indurain y pone en riesgo su concurso en la Vuelta al País Vasco. Ayer por la tarde, Xabier Artetxe, el joven director del Caja Rural, se le acercó, le preguntó qué tal estaba y, antes de que respondiese, se sinceró. "Iñigo", le dijo, "sé que no estás al cien por cien y que no quieres arrastrarte, pero te pido que corras, disfrutes de tu última Vuelta al País Vasco y me ayudes a mentalizar a la gente".
Cuesta, cuyo valor absoluto es inestimable y es infinitamente superior a cualquier cuantificación numérica -las victorias-, sale mañana en la Vuelta al País Vasco, que ha corrido unas veces, "ni me acuerdo cuantas", y ha ganado una. La de 1998. Ante su jefe Jalabert. "Mi mejor recuerdo". Pero es más conocido por las diecisiete Vueltas a España que ha corrido, todas desde que debutó con el Equipo Euskadi en 1994.
I'm still crazy after all these years -sigo loco después de todos estos años-, le cantaba Paul Simon a su primera novia cuando se cruzaba con ella en las calles de Nueva York. "Sigo aquí", viene a decir Cuesta, que pedalea sintiendo suyo el canto a la resistencia de Simon. Resiste Iñigo en un acto de fe extraordinario. "Este es mi deporte, lo que me gusta y lo que llevo haciendo durante mucho tiempo". Siempre. Empezó en Villarcayo, con una bici de hierro y siguiendo a sus primos calle arriba, pero se hizo ciclista en Bizkaia, en la sociedad de Zalla. Hacia allí sale mañana la Vuelta al País Vasco, que se descubre en Zumarraga con una etapa que es pura incertidumbre. La inspecciona el Caja Rural un día primaveral de marzo.
"Mis niñas me dicen que no lo deje todavía", cuenta Cuesta, que tiene la ilusión de un juvenil y la edad de dos. 41 años. "La edad no es lo importante". Iñigo ha subido mil cuestas, los puertos largos de los Alpes bajo el sol desalmado del Tour, los sobrecogedores Dolomitas, las montañas que vertebran la leyenda de la Vuelta, pero llega resoplando, casi en equilibrio, las piernas temblorosas, a un balcón sobre Zumarraga y exhala un suspiro: "¿Pero qué es esto?".
Lo dice sobre el tejado de La Antigua, un repecho imponente de apenas 900 metros y tramos de hasta el 22%. Una pared. Allí estalla mañana la primera etapa de la Vuelta al País Vasco. Desde esa atalaya a meta quedan tres kilómetros, los primeros en un descenso revirado y bien asfaltado; luego, entre calles. Toda la jornada es así. Se corre por el filo de una sierra. Arriba y abajo. Por carreteras estrechas, retorcidas, de asfalto rugoso; entre caseríos y bosques, por la hermosa y profunda Gipuzkoa.
"Se sufrirá mucho" "Esto antes no era así", reflexiona Iñigo mientras pedalea sufriente, las piernas duras de Murcia, y compara las Vueltas al País Vasco de finales del siglo pasado y las de la era moderna, la última década. Concluye que la peregrinación en busca del espectáculo ciclista ha degenerado y no le encuentra sentido. Antes, cuenta, se corría de punta a punta de Euskadi, etapas largas, 200 kilómetros, Urkiola, La Herrera, Orduña, Sollube, todo lo subible y legendario; ahora, se asfaltan caminos de cabras sin poso histórico para que trepen los ciclistas. "La moda viene del Giro", dice. "No me convence, pero es lo que hay".
Lo que hay es un martirio. "Es pura tensión. No hay descanso. Se sufrirá mucho", dice subido al tobogán de la primera etapa. La cuesta de Barbaris es novedad. Otra emboscada. Se agarra para arriba; cuesta abajo no hay quién se agarre. El asfalto está suelto. Una trampa. El que encalle allí, no sale.
Cuesta es como un padre. "Es el mejor psicólogo para los jóvenes". A Iñigo le gusta lo que ve. "Javi Moreno, por ejemplo, tiene buena pinta", cuenta, y se acerca al chico, que tiene mala cara, que pedalea sufriente, le pide que le mire a los ojos y le hace una seña. Le dice así que toca sufrir, que suba piñones, que gane cadencia y mastique el dolor. "A mí también me enseñaron". En el primer Equipo Euskadi, en el 94, en sus inicios. "Éramos un equipo que empezábamos de cero, inexperto". Como el Caja Rural.
"Vamos mejorando, superando las carencias", reflexiona Cuesta; "pero hay que tener paciencia porque esto lleva su tiempo". Iñigo es la bisagra entre el equipo y la dirección.
"La primera vez que le llamé", rescata Mikel Azparren, manager deportivo del equipo navarro, "supe que era el ciclista que necesitábamos, el que nos iba a aportar todo aquello de lo que carecemos Xabier y yo, que es experiencia".
Xabier es Artetxe, el director joven, 32 años, que revolucionó el pelotón aficionado y que en su primer año en profesionales trata de trasladar al Caja el carácter serio y marcado, la imagen impoluta y brillante, que imprimió siempre a sus equipos en las categorías inferiores. Ocurre que a veces, claro, la inexperiencia le hace patinar. "Pero Iñigo, que lo ve, que sabe lo que ocurre, no me dice nada en el momento. No quiere desautorizarme delante de la gente. Me lo dice luego". La voz serena de Cuesta le pide que se calme, que temple. También lo hace con los ciclistas. En Mallorca, la primera carrera del año, el proyecto aún verde, los jóvenes temblaban como flanes. Iñigo llegó, les habló y les tranquilizó. "Hizo lo que nosotros no éramos capaces de hacer. Es el referente del equipo. Es la humildad, el respeto, la tranquilidad y una capacidad de comunicación increíble", cincela Azparren a Iñigo y sus mil cuestas.