Síguenos en redes sociales:

"No tenía cuerpo de pelotari"

Mikel Nieve, un tipo tranquilo, es el ciclista de Leitza, el pueblo de pelotaris y harrijasotzailes

"No tenía cuerpo de pelotari"Foto: efe

bilbao. "No lo sé", respondió simple y llanamente Mikel Nieve (Leitza, Nafarroa, 1984) cuando le preguntaron qué era ese algo desconocido y especial al que se refirió Miguel Madariaga cuando habló de él en su primera presentación con el maillot naranja en febrero de 2008 -"Nieve tiene algo, no sé qué es, pero tiene algo", había dicho el lemoiztarra-. "Hay que ser realista", dijo el chico, imperturbable como un amanecer en la montaña, año y medio después, cuando ese algo enigmático emergió, se plasmó en el lienzo de la Vuelta en una capacidad dantesca para la escalada sólo comparable a su sentido gremial, e Igor González de Galdeano, patrón de su equipo, Euskaltel-Euskadi, habló del futuro esplendoroso de un escalador con pedigrí. Tiene esa talla: 1"73 de altura, ligero como una pluma, 62 kilos, una lámina, un chico en dos dimensiones, el rostro acuchillado y las manos estilizadas. Una rareza en Leitza, pueblo de hombres bestiales. De graníticos pelotaris; de rudos harrijasotzailes. "Yo no tenía cuerpo para la pelota". Por eso salió del frontón. "No me echaron, pero casi. Era muy malo".

Eran los tiempos de Indurain, los gloriosos 90 y el boom de la bicicleta. La primera que recorrió la calle Patxi Arrazola para colarse en la casa de los Nieve era una verde de plato único y tres piñones que costó 7.000 pesetas. Un tesoro para Mikel, que se alistó en el club del pueblo junto a otros 30 chavales, chicos que querían ser campeones del Tour y que fueron desistiendo, pie a tierra, con el paso de los años como si cada salto de categoría fuese un puerto. Una tachuela para alcanzar cadetes; un hueso la rampa hacia juveniles; una señora montaña la que llevaba a aficionados; una cuesta eterna y vertical para hollar el sueño profesional. Hasta esa cima Nieve llegó solo. Es el ciclista de Leitza. Único en el pueblo de la pelota. -"Pero ahora, hay un aficionado, Andoitz Azurmendi, que corre en el Caja Rural", matiza-.

Necesitó cinco años de aficionado para explotar. "Me costó, es cierto, pero creo que fue porque los dos primeros años no me los tomé muy en serio. Cuando me cuidé, llegaron los resultados". En 2007 ganó el Memorial Valenciaga, la catapulta al profesionalismo. Lo fichó el Orbea continental. Y un año después, Euskaltel-Euskadi. Tenía algo. En menos de dos años se ha convertido en el abanderado de una generación de corredores talentosos y abnegados. "¿Una evolución rápida? Tengo 26 años. No soy un ciclista precoz".

Ni precipitado. Tiene Nieve el aura serena de los ciclistas navarros. La pose inalterable rayana en la despreocupación, la humildad, la sencillez del hombre que en los inviernos rojos de Leitza, el aliento gélido del Baztan, la bicicleta en barbecho, se recoge gozoso en casa, repasa el periódico, enciende la tele haciéndole un caso disimulado y busca el calor de la familia, sus aitas, su hermano pequeño; o el de los amigos en las tardes sigilosas del pueblo de piedra; o el de la montaña muda, en la que se pierde a pie o en la bicicleta de montaña. "Soy muy casero", dice Nieve, un tipo tranquilo. "Pero eso es la apariencia. Por dentro están los nervios, la rabia... Todas esas cosas que creo que todos los ciclistas, los deportistas en general, tienen que tener para sacarlas en carrera", concede y recuerda entonces la Vuelta, el varapalo tremendo que supuso la caída de Antón en Peña Cabarga, la desolación, el vacío, el desconcierto que presidió la primera cena. Y el primer desayuno en la mañana triste de Hoznayo. Y aquel descenso catártico de los Lagos con Txurruka, la conjura, los ojos iluminados, los puños delicados apretados. "Se cayó Igor y se nos quedó un cuerpo malísimo. Pero al mismo tiempo, porque teníamos la sensación de haber perdido la Vuelta en un golpe de mala suerte, nos salió una rabia de dentro que fue clave en aquella etapa". Fue en la cima de Cotobello -"subía nerviosísimo porque no sabía si llegaría"- donde alcanzó Nieve la cumbre de su carrera, el vergel que empuja siempre al recuerdo: Indurain, la bicicleta verde, la familia, el pueblo, los pelotaris admirados, ese cuerpo delicado, de papel, de escalador, que no servía para jugar a pelota.