El banderín de Apoyo Dravet corona el Cervino

José Manuel Iñarrea culmina su reto solidario al ascender la icónica cumbre alpina y el monte Rosa

05.09.2021 | 12:21
Iñarrea, en la cima suiza del Cervino (al fondo la italiana) muestra orgulloso el banderín de Apoyo Dravet.

La trilogía está completa. El montañero laukiztarra José Manuel Iñarrea ha logrado cerrar el círculo de Los Alpes al coronar sus tres cumbres más emblemáticas: Monte Rosa (4.634 metros), Cervino (4.478 metros) y el Mont Blanc (4.810 metros). Iñarrea, cuyo empeño por dar visibilidad al síndrome de Dravet -una forma rara y catastrófica de epilepsia- le acompaña en cada expedición dentro del proyecto Apoyo Dravet. En 2019 se marcó como objetivo ascender las montañas más altas de cada continente para recaudar fondos para potenciar la investigación de la enfermedad. Después de tener que postergar su asalto al Kilimanjaro por la pandemia, decidió regresar a Los Alpes en busca de la trilogía tras haber completado anteriormente su cumbre más alta, el Mont Blanc.

Ahora se ha enfrentado a la segunda cumbre más alta y al emblemático Cervino, una montaña perfecta de cuatro aristas bien definidas que convergen en su cima. Precisamente, esta última, posiblemente la montaña más fotografiada del mundo, responde con creces a su icónica imagen, según Iñarrea. Desde Zermatt (Suiza), la vista es impresionante, casi mágica, pero desde el refugio Hörnli, paso previo a atacar la cumbre salvando 1.200 metros de desnivel, se comprende el peligro que entraña este coloso con alrededor de 500 muertos a sus espaldas. "El Cervino impresiona y allí arriba te das cuenta de por qué está entre las diez montañas donde se registran más accidentes", apunta.

Como paso previo a la montaña de los Toblerone, Iñarrea añadió una muesca más a su revólver con el monte Rosa. Su travesía partió desde el refugio, situado a 2.883 metros de altitud, a las tres de la mañana. Por el camino atravesó algunos de los glaciares más impresionantes de Europa, como el Grenz y el Gorner, y cinco horas después hizo cima en solitario. "Los últimos 400 metros son muy expuestos, con pendientes heladas", señala. Sin embargo, todavía le quedaba bajar.

Dos días después, se lanzó a por el Cervino. "La travesía del Zermatt al refugio la hice en cuatro horas, es una subida muy bonita", describe. Al refugio Hörnli (3.260 metros) llegó a media tarde, a las 18.00 horas, una hora antes de que se sirviera la cena. Allí empezó a comprender la leyenda de esta montaña. "El Cervino es la personificación de la industria de la montaña", sostiene. Y es que hay unas reglas muy claras establecidas por los suizos, que regulan el tráfico a la cima. "Antes de las cinco de la mañana no te dejan salir del refugio. Luego hay un orden establecido: primero los guías suizos y sus clientes, después el resto de guías internacionales y, finalmente, los llaneros solitarios como yo", bromea. El peligro de desprendimiento de rocas está latente desde que sales del refugio y los suizos no quieren que nadie escale por encima de ellos.

Nada más partir, enseguida se dio de bruces con la dureza de la montaña. "Lo primero que te encuentras es una pared vertical de diez metros. Hay cuerda fija, pero tuve que hacer cola para subir. No obstante, aunque había gente no había aglomeraciones", señala. El resto del camino es "complicado" porque "no hay una senda marcada y es fácil perderse", añade. Cuando se alcanzan los 4.000 metros, se llega al refugio de Solvay, una cabaña de madera suspendida sobre el vacío y construida en 1.915 con unas impresionantes vistas y una peligrosa estampa del abismo.

A cien metros de la cima, se encontró con su momento más crítico, una pared de dos metros que superó con la colaboración de otros alpinistas franceses. Allí contempló realmente el peligro del reto. "Vi a uno de los clientes de un guía volar y estamparse contra la pared. Quedó inconsciente y tuvo que venir el helicóptero a rescatarle. Al guía se le escapó el piolet y me pasó cerca de la cabeza. En ese momento me quedé bloqueado", rememora. Finalmente hizo cima, pero la bajada se prolongó más de la cuenta. "Me equivoqué en uno de los pasos y tarde más tiempo", agrega. Una aventura de la que se lleva la satisfacción de seguir visibilizando la enfermedad de Dravet y siete kilos menos de peso. "Ha sido duro, sobre todo el Cervino, una montaña que haces con mucha tensión", resume.

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