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La kiosquera del Puerto Viejo

Antonia Cabeza, vecina del Puerto Viejo, ha regentado durante más de cuatro décadas el kiosco de la plaza Doctor Pedro Bilbao Hace un lustro echó la persiana pero sigue siendo muy reconocida

09.02.2020 | 05:24
Antonia Cabeza, frente a su antiguo kiosco, con el reconocimiento recibido por parte de la asociación cultural algorteña 40 de mayo. Foto: Carlos Zárate

Carlos Zárate

Getxo - Hay personas a las que su lugar de nacimiento les marca para toda la vida. Este es el caso de Antonia Cabeza, vecina del Puerto Viejo de Algorta. Oriunda de este barrio pesquero de Getxo, a sus 89 años es toda una institución. No en vano, mantener una charla con ella requiere pausas obligadas por sus vecinos. "¿Qué tal estás Antonia? Se te ve muy bien", señala uno de sus vecinos. En el Puerto Viejo todo el mundo le conoce y quiere saber de ella. Es el precio de la fama o, más bien, el de haber regentado durante más de cuatro décadas un concurrido kiosco situado en la plaza Doctor Pedro Bilbao, puerta de entrada al Puerto por la calle Aretxondo.

Por su establecimiento han pasado varias generaciones de vecinos, tanto del barrio como de Algorta, en busca de "periódicos, tabaco, chucherías o helados", entre otras muchas cosas, según reconoce Antonia. Un trayectoria laboral dividida en dos establecimientos situados a escasos metros el uno del otro. "He regentado dos kioscos en la plaza. El primero era entero de madera y luego ya pasé a tener el de piedra, que era mucho mejor", recuerda.

En este sentido, de todos sus años al frente de este histórico comercio guarda con especial recuerdo las fiestas del Puerto Viejo, cuando las colas eran "inmensas" y la plaza estaba "abarrotada" de chavales.

Fruto de ello, especialmente por parte de aquellos jóvenes que hoy día peinan canas, es muy querida y reconocida. La gente se le acerca a darle recuerdos y observan que goza de una salud de hierro. "Antxoni le llamaban cariñosamente", detalla su nieta Nahia, convertida ahora en su fiel escudera. "Antes daba muchos paseos pero ahora necesito ayuda", reconoce Antonia. Y es que, después de un traspié en casa en el que se lesionó el hombro, le cuesta más salir a la calle. "Me solía sentar en la plaza del Etxetxu y recorría las calles, pero ahora le ha cogido cierto respeto", indica. Son los gajes de la edad.

A pesar de ello, sigue gozando de una gran energía, quizás, cultivada a base del salitre del mar que riega las casas de este barrio pesquero y que otorga a sus vecinos un carácter especial. "Antes de tener el kiosco vendía verduras y pescado en el puerto. Viajaba hasta Bilbao a por él", revela.

No obstante, hasta hace apenas cinco años se podía ver a Antonia despachando al otro lado de la ventanilla. Sin embargo, ahora el kiosco permanece cerrado mientras su ilustre inquilina disfruta de un merecido descanso. "Nadie de la familia ha seguido con él", explica Antonia, que tiene siete hijos, dieciséis nietos y seis bisnietos.

'Alcaldesa' del puerto Para los ilustres vecinos del Puerto Viejo como Antonia, que crecieron en este singular barrio formando casi como una gran familia entre ellos, ver cómo ha evolucinado es un motivo de orgullo. Especial mención merece el tema de la accesibilidad, que ha mejorado sustancialmente recientemente con la instalación de un flamante ascensor panorámico que salva el desnivel entre el puerto y las casas del barrio. Un avance que Antonia se apunta orgullosa. "Le dije al alcalde que necesitábamos uno, que había mucha gente mayor, inválida o personas con niños que necesitaban un ascensor para poder subir porque aquí son todo escaleras", desvela. Por eso no quiso perderse la inauguración y de la mano del entonces alcalde, Imanol Landa, realizó el primer viaje en el elevador. Y es que Antonia es una de las vecinas con más solera del Puerto Viejo, también conocida por algunos como la alcaldesa del Puerto.

Aunque ya no da tantos paseos como antes, sí que se deja ver desde la privilegiada atalaya de su balcón, desde el que disfruta de unas vistas privilegiadas de la entrada a El Abra y el ambiente de la plaza del Arran-tzale. Le gusta apoyarse sobre la barandilla y otear el horizonte, mientras observa el ambiente. "Cuando hace bueno se pone a tope de gente", señala sobre uno de los puntos neurálgicos del Puerto. También es reconocible la ikurriña que ondea sobre la entrada de su casa. "Cuando la legalizaron mi marido vino con ella desde el trabajo, la puso y ahí se ha quedado", recuerda con cariño.