Las fiestas de Tabira pusieron el broche final a la estancia en Durangaldea del grupo de ocho menores refugiados palestinos –cuatro niñas y cuatro niños– procedentes del campamento de Balata, en Cisjordania. Es un referente en el mundo como campamento de resistencia ante la ocupación israelí, con una demografía hacinada, que se sitúa entre las localidades de Durango y Zornotza.

Tras varias semanas de convivencia, solidaridad y actividades, emprendieron el viaje de regreso a sus hogares, un largo y duro recorrido que les llevará desde Francia, pasando por Niza, Turquía y Jordania, antes de afrontar los numerosos controles militares [check-points] necesarios para acceder al mayor campamento de refugiados de Cisjordania.

Pese a la dureza del trayecto, los propios menores reconocían que, después de tantos días de viaje y de haber recibido un trato "inmejorable" por parte de las personas que les han acogido, tenían muchas ganas de volver a abrazar a sus familias.

Emotiva despedida

La despedida tuvo lugar en el marco de las fiestas de Tabira, donde los niños y niñas participaron en un emotivo acto cultural interpretando la dabke, la danza tradicional palestina, junto a grupos de danzas vascas, en un encuentro que simbolizó el intercambio cultural y los lazos de amistad creados durante su estancia.

Los jóvenes palestinos bailando en Durango. Iban Gorriti

Los menores llegaron a Durangaldea gracias a la iniciativa impulsada por Durango-Palestina, en colaboración con Childhood and Tolerance Center, entidad que trabaja con la infancia y las familias del campamento de Balata ofreciendo apoyo educativo, psicológico y social. El objetivo del proyecto ha sido brindarles unas semanas de tranquilidad lejos de la violencia y las difíciles condiciones que afrontan diariamente.

Durante su estancia disfrutaron de experiencias que para muchos de ellos eran completamente nuevas. Entre los momentos más especiales destacó su primer baño en el mar. También visitaron distintos municipios de Durangaldea y Bizkaia, participaron en actividades culturales y deportivas, conocieron San Mamés y las instalaciones de Lezama, compartieron jornadas con asociaciones locales y estrecharon vínculos con las familias y voluntarios que les acompañaron durante estas semanas.

Más de 23.000 personas

La estancia también estuvo acompañada por diversas iniciativas solidarias, como el festival organizado en el gaztetxe de Durango para recaudar fondos destinados a la plataforma Childhood and Tolerance Center y dar a conocer la realidad que vive la población refugiada de Balata, un campamento donde residen más de 23.000 personas.

Música, danzas, exposiciones y actividades para todos los públicos sirvieron para implicar a la ciudadanía en un proyecto que ha dejado una profunda huella tanto en los menores como en quienes los han acogido. Por su religión, en una casa pernoctaban las chicas y en otra los chicos. Ha estado con ellos un monitor. Se preveía que viniera también una monitora, pero no ha sido posible. De todos modos, mujeres de la dinámica Durangaldea-Palestina han estado con ellas en todo momento.

Ahora, tras unas semanas marcadas por la convivencia, el cariño recibido y experiencias que difícilmente olvidarán, los ocho menores regresan a una realidad muy distinta. Se llevan el recuerdo de Durangaldea y de las personas que les han abierto las puertas de sus casas, mientras aquí queda el deseo compartido de que algún día puedan volver, pero en un contexto de paz.